El Range Rover de Máximo Castillo se deslizó entre las hileras de viñedos, el motor un susurro contra el silencio del atardecer en La Rioja. Aparcó en nuestro lugar de siempre, donde el sol se ponía justo detrás de la vieja ermita.
Dentro, el aire era denso, cargado de la pasión que nos consumía. Él, con su camisa de lino impecable, me atrajo hacia sí. Sus manos, que antes solo conocían la oscuridad, ahora recorrían mi piel con una seguridad que me hacía temblar.
"Lina" , murmuró contra mi cuello, "hueles a vendimia, a tierra, a casa" .
Yo me entregué a él, vulnerable, como siempre. Siete años de mi vida se resumían en esos momentos, en ser su refugio, sus ojos, su todo.
Justo entonces, su teléfono vibró sobre el salpicadero de cuero. La pantalla iluminó un nombre: Ívan. Su mejor amigo.
Máximo se apartó, su expresión cambió.
"Un momento, mi amor" , dijo, y contestó.
Al ver que era Ívan, supe que era algo importante. Máximo frunció el ceño.
"Ívan, fala em português, por favor. A Lina está aqui" , dijo Máximo, cambiando a un portugués fluido, creyendo que yo no entendería.
Pero yo sí entendía. Había pasado años estudiando ese idioma en secreto, noches enteras con libros y audios, solo para poder ayudarlo, para entender a los socios brasileños de los que tanto dependía el futuro de su familia, un futuro que yo creía que sería nuestro.
La voz de Ívan estalló al otro lado de la línea, furiosa, sin filtros.
"¿De verdad te has casado con Sasha Bennet? ¿Estás loco? ¿Has olvidado que te abandonó como a un perro cuando te quedaste ciego? ¡Lina te ha dado su vida entera, imbécil!"
Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones. Cada palabra era un golpe directo al estómago.
Máximo respondió con una frialdad que me heló la sangre.
"Su familia iba a obligarla a casarse con un empresario brasileño viejo y corrupto para salvarse de la ruina. No podía permitirlo. Era mi deber" .
Mi deber. No amor, no pasión. Deber.
"¿Y Lina? ¿Qué pasa con Lina?" , insistió Ívan.
"Nadie tiene por qué saberlo. Conseguiré un certificado de matrimonio falso para Lina. No se enterará" , sentenció Máximo.
El mundo se detuvo. Yo, la que le leyó cada libro, la que describió cada amanecer, la que encontró al médico en Lisboa que le devolvió la vista, era un simple obstáculo que se podía solucionar con una mentira, con un papel falso.
Fingí no entender. Mantuve la expresión neutra, mirando por la ventanilla cómo las últimas luces del día morían sobre los viñedos que habían sido mi hogar y mi cárcel.
Máximo colgó y se giró hacia mí, forzando una sonrisa.
"Asuntos de la bodega, nada importante" .
Justo en ese momento, su teléfono volvió a sonar. Un mensaje. Lo leyó y su rostro se tensó.
"Mierda. Es Sasha. Hay una emergencia en la bodega. Tengo que irme" .
Ni siquiera sonaba creíble.
"Te llamo luego, ¿vale?" , dijo, dándome un beso rápido y superficial en la frente.
Salió del coche, lo rodeó y se subió al asiento del conductor. El motor rugió y el Range Rover se alejó, levantando una nube de polvo que me cubrió, dejándome sola en medio del campo, mientras la noche caía sobre mí.
El frío no era solo por la brisa. Venía de dentro, de un lugar que se había roto para siempre.
Sola, con el corazón hecho pedazos, recordé todo. Recordé crecer aquí, siendo la hija del capataz, admirando desde lejos al heredero de las Bodegas Castillo. Recordé el accidente, él con 17 años, tratando de proteger a Sasha, y cómo ella simplemente desapareció cuando los médicos dijeron que la ceguera era irreversible.
Recordé cómo su familia lo apartó, lo escondió en una casa de campo como si fuera una vergüenza. Y recordé cómo yo, con apenas veinte años, rogué que me dejaran cuidarlo. Fui sus ojos, su guía, su amante en la oscuridad. Fui yo quien encontró al especialista en Lisboa, quien lo convenció de someterse a esa operación experimental que le devolvió el mundo.
Y ahora, esto.
Recordé también las palabras de su madre, la matriarca de los Castillo. "Nunca serás suficiente para él, niña. Eres la hija de un empleado" . Recordé su oferta, el dinero que me puso delante para que desapareciera.
Saqué mi teléfono, mis dedos temblaban. Marqué su número.
"Señora Castillo" , dije, con una voz que no reconocí como la mía, vacía de toda emoción. "Soy Lina Salazar" .
Hubo un silencio al otro lado.
"Acepto su oferta. Acepto los 200.000 euros para desaparecer de la vida de Máximo para siempre" .





