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Bajo la Piel del Lobo
Bajo la Piel del Lobo

Bajo la Piel del Lobo

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En Bajo la Piel del Lobo, Gabriel Volkov, CEO y Alfa, enfrenta a la periodista Sofía Vega. En esta historia de werewolf romance novels, su deber corporativo choca con el destino de su compañera. Descubre este romance novel lleno de misterio y acción en nuestra plataforma de web novel.

Resumen de Bajo la Piel del Lobo

Gabriel Volkov lidera Apex Capital en Nueva York, ocultando su identidad como Alfa. Su estabilidad peligra cuando la periodista Sofía Vega se infiltra en su imperio para desmantelar sus negocios. Pese a que ella intenta arruinarlo, Gabriel descubre por su aroma que es su pareja destinada. En una atmósfera de tensión y secretos, ambos se enfrentan a una conexión inevitable que obliga al lobo a elegir entre su deber profesional y el instinto salvaje.
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Capítulo 1 de Bajo la Piel del Lobo

La luna se desangraba sobre Central Park. No era un halo plateado y gentil, sino una herida abierta en el terciopelo de la noche neoyorquina, derramando una luz ocre y pesada sobre el laberinto de árboles y sombras que se extendía a los pies de los rascacielos. Gabriel Volkov no era un hombre que soliera mirar el cielo. Sus ojos estaban usualmente fijos en gráficos bursátiles, balances financieros o, con mayor frecuencia, en la garganta de su oponente en la sala de juntas. Pero esta noche, la luna no era una opción; era una orden.

El aire frío de noviembre se agarraba a sus pulmones, un bálsamo helado que apenas lograba templar el fuego que le corría por las venas. La corbata, que unas horas antes había estado impoluta sobre su traje de tres piezas en la cima de Apex Capital, ahora yacía en algún lugar sobre la hierba húmeda cerca de la 72nd Street. La camisa de seda, desabrochada y rasgada en un hombro, apenas cubría los músculos que se tensaban y distendían bajo su piel. Sus manos, las mismas que sellaban tratos multimillonarios con la firmeza de un tirano, ahora temblaban con una anticipación primigenia, las uñas ya no tan limpias y redondeadas, sino ligeramente afiladas, buscando la carne.

Un gemido bajo y ronco vibró en su pecho, una nota discordante para el oído humano, pero una melodía familiar para la bestia que luchaba por liberarse. No era la primera vez. Cada ciclo lunar, la Vieja Sangre lo llamaba, lo arrastraba de su torre de marfil y lo arrojaba a la crudeza de su naturaleza. Había aprendido a gestionarlo, a canalizarlo, incluso a usarlo. Esa furia contenida, esa visión periférica hiperaguda, esa capacidad de oler el miedo a través de una mesa de caoba; eran sus armas secretas en el despiadado mundo de las finanzas. Pero esta noche, el control era una palabra vacía.

Se adentró más en el parque, siguiendo el rastro que solo él podía percibir. El olor a miedo y desesperación, mezclado con la dulzura metálica de la sangre fresca, era un faro para el depredador. El parque por la noche era un santuario para los desamparados, un parque de juegos para los adictos, y un coto de caza para aquellos como él. La policía de Nueva York sabía que algunos rincones eran "zonas oscuras", donde los incidentes eran inexplicables y los cuerpos a veces aparecían de maneras que no tenían sentido para el mundo civilizado.

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral, no de frío, sino de excitación. La transformación era un proceso doloroso, un desgarramiento del yo humano para dar paso a algo más antiguo, más puro. La mandíbula se le tensó, los dientes de atrás empujando hacia adelante, buscando la forma de colmillos. El vello de su cuerpo se erizó, oscureciéndose, endureciéndose. Sus ojos, antes de un azul gélido, ardían ahora con un ámbar dorado, capaces de perforar la oscuridad con una claridad que superaba cualquier visión nocturna humana.

El olor se intensificó. No era un animal. Era un hombre. Un hombre que había lastimado a alguien.

Gabriel aceleró el paso. Sus músculos, ahora más densos y fuertes, le impulsaban con una velocidad inhumana. Saltó sobre un banco de piedra, aterrizando sin un sonido. La chaqueta se le desgarró por completo al expandirse su espalda, sus omóplatos crujiendo bajo la presión de la nueva masa muscular. La metamorfosis no era completa. No era un lobo de cuatro patas, aullando a la luna. Él era un cambiaformas, un licántropo en su forma intermedia: más grande, más rápido, más fuerte, con garras y colmillos, pero aún bípedo, aún con la inteligencia de Gabriel Volkov, solo que teñida de la sed de la bestia.

Llegó a un claro escondido, donde los árboles formaban un círculo protector. Allí estaba. Una figura encorvada sobre otra. Un drogadicto, por el olor a sudor rancio y la química artificial que se aferraba a él. La víctima, una mujer joven, yacía inmóvil, un charco oscuro expandiéndose bajo su cabeza.

"¡Maldito bastardo!"

La voz salió de la garganta de Gabriel como un gruñido. El atacante se giró, con los ojos inyectados en sangre y una navaja brillando en su mano. Su cerebro no registraba lo que veía; solo la sombra alta y amenazante, los ojos incandescentes.

"¿Quién diablos eres tú?", balbuceó el drogadicto, su valentonada teñida de pánico.

Gabriel no respondió. El hambre no era por el hombre, sino por la injusticia. No era por la carne, sino por el castigo. La bestia exigía orden, incluso en la oscuridad. Él era el alfa de esta ciudad, y Central Park, en esta noche, era su territorio. Y este intruso, este parásito, había roto las reglas.

Con un movimiento demasiado rápido para el ojo humano, Gabriel se lanzó. El hombre apenas tuvo tiempo de levantar la navaja. El golpe de Gabriel no fue con el puño. Su mano, ahora una garra afilada, se cerró sobre la muñeca del atacante con una fuerza aplastante. Un grito ahogado. El sonido de huesos crujiendo. La navaja cayó al suelo.

El drogadicto se acobardó, intentando gatear lejos. Pero Gabriel ya lo había agarrado por el cuello de la camisa, levantándolo sin esfuerzo del suelo. El hedor a miedo del hombre era embriagador, casi intoxicante. La bestia en Gabriel se regodeaba. Podía sentir el pulso débil de su víctima, el temblor incontrolable de su cuerpo. Una parte de él, la parte primordial, quería hundir los colmillos, acabar con el sufrimiento y la impureza.

Pero la parte humana, la de Gabriel Volkov, el CEO de Apex Capital, luchaba. No era un asesino sin piedad. Tenía reglas. Tenía una manada a la que proteger, no solo de otros lobos, sino de la exposición. El mundo humano no podía saber lo que él era.

"Vas a ir a la cárcel", gruñó Gabriel, su voz distorsionada por los colmillos que apenas podía contener. "Y si te atreves a volver a pisar este parque, la próxima vez no serás tan afortunado."

Soltó al hombre, que cayó al suelo como un saco de patatas. El drogadicto no necesitó más palabras. Se levantó tambaleándose, con la muñeca rota colgando inútilmente, y corrió hacia la oscuridad, aterrorizado. Su historia, si alguna vez la contaba, sería descartada como un delirio inducido por las drogas, la alucinación de una bestia demoníaca.

Gabriel se acercó a la mujer. Su pulso era débil, pero aún respiraba. El corte en su cabeza no era mortal. Un golpe para robarle, seguramente. Él arrancó un trozo de su camisa rasgada y lo presionó suavemente sobre la herida para contener la hemorragia. Su sentido del olfato le dijo que ella era una turista, joven, quizás de veintitantos, que había cometido el error de aventurarse sola por el parque de noche.

Mientras el aire frío comenzaba a calmar la fiebre de la transformación, la luz de la luna seguía bañando el claro. El peligro había pasado, y con él, el pico más agudo de la sed de sangre. La forma humana de Gabriel comenzaba a reafirmarse, los músculos retrocediendo, los colmillos suavizándose, las garras retraídas. Se sentía agotado, como si hubiera librado una batalla de voluntades.

Se quedó a su lado, esperando las sirenas que ya escuchaba a lo lejos. No se iría hasta asegurarse de que ella estuviera a salvo. Era parte de su deber como Alfa, como protector, incluso de los humanos que ignoraban el mundo oculto bajo sus narices.

De repente, un nuevo aroma llegó a él, sutil pero inconfundible, mezclándose con la sangre y el miedo. Un olor a jazmín y algo más, algo eléctrico y a la vez terroso. Un aroma que su bestia interior reconoció con un sobresalto que hizo que su corazón, aún acelerado, se saltara un latido.

Era un olor que no pertenecía al parque, no a una noche de cacería. Era un olor a promesa. A destino. Un aroma femenino, poderoso, que le golpeó con una fuerza casi física, una resonancia que se clavó en lo más profundo de su ser.

Luna.

La palabra resonó en su mente, profunda y ancestral. Su Luna. Su compañera.

Gabriel miró alrededor, sus ojos todavía con un destello de oro, buscando la fuente de ese aroma que había irrumpido en su mundo de depredador y control. Pero no vio a nadie. Solo las sombras danzando bajo la luna desangrada y la joven turista recuperando lentamente la conciencia.

Se puso de pie, su forma ahora casi completamente humana, aunque el traje estaba hecho jirones. La policía y los paramédicos ya se acercaban. Sabía que debía irse.

Pero el aroma... el aroma se había quedado, aferrado a él, una marca invisible que su bestia había reconocido. Una promesa, o quizás una sentencia, de que su vida, tan meticulosamente controlada, estaba a punto de cambiar para siempre. La mujer de ese aroma estaba cerca. Demasiado cerca para ser una coincidencia.

Mientras se desvanecía entre los árboles, Gabriel se preguntó qué diablos significaría encontrar a su Luna en medio de una noche de cacería, con las garras aún pulsando y la sangre de la justicia fresca en sus manos. Su mundo estaba a punto de colisionar de una forma que ni siquiera el todopoderoso CEO de Apex Capital podía prever.

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