Quizá todo había empezado en el momento en que Jessica regresó.
El recuerdo de aquella noche seguía nítido: Mateo llegó a casa tambaleándose mucho después de medianoche, oliendo fuertemente a alcohol.
A partir de entonces, sus apariciones en la casa que compartían se hicieron cada vez más escasas.
En el trabajo, sus caminos solo se cruzaban de pasada, y sus intercambios se reducían al más breve de los asentimientos. Incluso una sola palabra entre ellos parecía una extravagancia, como si el vínculo que alguna vez los unió se hubiera desintegrado en silencio.
Una oleada de agotamiento se apoderó de Nora.
¿Qué sentido podía tener un matrimonio así? Seguir juntos solo hacía daño a los tres.
Se incorporó, apretando con fuerza el teléfono mientras marcaba el número de Mateo.
La línea sonó durante un tiempo angustioso antes de que alguien contestara al fin. Pero la voz que surgió no era la de él, sino la de Jessica.
Aún hablaba con su tono bajo y suave de siempre, aunque ahora una corriente gélida se filtraba entre sus palabras.
"¿Nora?", preguntó con un tono mesurado.
Un temblor agudo recorrió los dedos de Nora, que apretó el dispositivo con más fuerza. Contuvo el aliento un instante antes de lograr forzar un "Sí" firme.
"Mateo se está duchando ahora. Le diré que te devuelva la llamada cuando salga".
Nora, no se supo cómo, logró que su voz no se quebrara. Cuando por fin habló, lo hizo con un tono plano, casi indiferente. "No te molestes".
La línea se cortó con un suave clic.
Había descolgado el teléfono para hablar de divorcio, pero en el fondo sabía que él no la llamaría. Ya no.
Tras un latido de silencio, Nora exhaló despacio y marcó el número de su abogado, dándole instrucciones para que redactara los papeles del divorcio.
Dos años de aquel frío dolor la habían vaciado por dentro.
La vuelta de Jessica no hizo más que afilar la verdad. Era hora de poner fin a aquel matrimonio y liberarse de una vez.
***
Nora tomó su medicación para el insomnio y se sumió en un sueño profundo, cargado de ensoñaciones.
En la frontera entre la vigilia y el sueño, percibió vagamente que el colchón cedía, como si alguien se hubiera deslizado bajo las sábanas.
Un momento después, un abrazo fresco pero dolorosamente familiar la envolvió.
Unos labios suaves rozaron su frente, luego se deslizaron por sus mejillas y finalmente reclamaron su boca en un beso lento y tierno.
La sensación le trajo una calidez que hacía tanto tiempo que no sentía, tan distintivamente propia del Mateo que ella solía conocer.
Su mente forcejeó por despertar. Desesperada por comprobar si era real o solo otro sueño cruel, su cuerpo se negó a obedecer. La oscuridad la arrastró de nuevo, dejándola atrapada en aquel letargo brumoso.
Cuando se movió a la mañana siguiente, su mano buscó instintivamente el espacio a su lado.
Las sábanas estaban heladas.
Una sonrisa irónica, fina y amarga, se curvó en sus labios mientras la quietud llenaba la habitación.
Estaba claro que lo que había notado la noche anterior no había sido más que un sueño.
Era domingo, no había oficina, así que permaneció un rato más acurrucada entre las mantas, dejando que la calma se extendiera.
Cuando por fin bajó las escaleras, el reloj se acercaba a las nueve.
Junto a la ventana, Mateo estaba sentado a la mesa del comedor, bañado por una suave luz solar. La luz de la mañana esculpía las líneas limpias de su figura, delineándolo con serena tranquilidad. Llevaba el cuello un poco abierto, dejando al descubierto la elegante línea de su cuello y un pálimo atisbo de sus clavículas.
Tenía la cabeza levemente inclinada, las pestañas proyectando tenues sombras bajo sus ojos. Una mano descansaba con indolencia sobre el borde del mantel blanco níveo, los dedos largos y fuertes, mientras la otra sostenía una delicada taza de porcelana. De ella se elevaban tenues espirales de vapor que se arremolinaban en el aire iluminado por el sol.
Nora no esperaba que apareciera así, de la nada.
La repentina presencia la dejó sin palabras, sin saber cómo salvar la distancia que se había abierto entre ellos.
Mientras luchaba por articular algo que decir, la alegre voz de Elena rompió el silencio. "¡Buenos días, Evans! Por favor, baja a desayunar".
Al oírla, Mateo alzó la cabeza hacia Nora.
Sus miradas chocaron durante un instante breve y frágil, los ojos de él, fríos e impenetrables, antes de que él apartara la vista, como si su presencia careciera de toda importancia.
La luz del sol entraba por la ventana, dorando el borde de su perfil con un suave tono áureo. La luz matinal se posaba en sus pestañas bajas, haciéndolo parecer distante, casi etéreo, como si perteneciera por completo a otro mundo.
Estaba sentado con una elegancia natural, una figura tallada en la quietud, envuelta en una serenidad que a ella ya le resultaba inalcanzable.
Nora bajó las escaleras sin prisa.
Se deslizó en su silla y removió distraídamente las gachas, sin dirigir la palabra a Mateo.
El vapor ascendente se enroscaba en la pálida luz, suavizando los contornos de todo lo que tenía ante los ojos.
El comedor se mantenía en un silencio casi absoluto, solo roto por el leve tintineo de los cubiertos y el tictac constante del reloj de pared.
"¿Te ocurre algo?", la voz de Mateo cortó la quietud, fría y distante.
La mano de Nora se detuvo sobre la cuchara.
Cuando alzó la vista, divisó sus largos dedos hojeando una revista financiera de papel satinado. En la portada aparecía una foto suya en la Torre Perla la noche anterior, alzando una copa en la celebración del cumpleaños de Jessica.
Pero el día anterior también había marcado su tercer aniversario de boda.





