Sofía Morales ajustó discretamente el tirante de su vestido de seda, un diseño propio que nunca vería una pasarela bajo su nombre. Llevaba ocho años siendo el genio creativo en la sombra de "Vargas Fashion", la empresa de alta costura de Ricardo Vargas, y también su amante oculta. La cena para celebrar la inminente salida a bolsa de la compañía había terminado, y ella esperaba a Ricardo en el lobby del lujoso restaurante, como siempre, un paso detrás de él.
Él se había disculpado para ir al baño, pero tardaba más de lo normal. Un murmullo familiar llegó desde un salón privado contiguo, cuya puerta estaba ligeramente entreabierta. Era la voz de Ricardo, teñida de un fastidio que ella conocía bien.
"Te juro que ya no la soporto. Cada día es más difícil fingir que me interesa."
Sofía se quedó helada. Su corazón empezó a latir con una fuerza descontrolada, un tambor sordo en sus oídos. Se acercó instintivamente a la puerta, ocultándose tras una gran maceta ornamental.
"¿Pero no es ella la que te consigue los inversores? Pensé que era tu amuleto de la suerte," dijo una voz femenina, joven y melosa.
La risa de Ricardo fue corta y despectiva.
"¿Amuleto? Por favor, Isabella. Me da un asco profundo pensar en ella acostándose con esos viejos verdes para conseguir dinero. Es repugnante. Pero era necesario."
Cada palabra era un golpe directo. Sofía se apoyó en la pared para no caer. ¿Repugnante? Él mismo le había suplicado que usara su "encanto" para asegurar las inversiones, le había dicho que era un sacrificio por "su futuro juntos".
"Además," continuó Ricardo, su tono cargado de desprecio, "no olvides de dónde viene. Su familia son unos nuevos ricos, unos rancheros con suerte. ¿Te imaginas presentarla oficialmente? ¿En nuestra familia? Mi madre se moriría del disgusto. Ahora que la empresa va a salir a bolsa, necesito a alguien como tú a mi lado, alguien con clase, no una arribista con talento para coser."
Isabella soltó una risita.
"Entonces, ¿cuándo te desharás de ella?"
"Pronto, mi amor, muy pronto. Una vez que las acciones estén en el mercado, su utilidad habrá terminado. Ya no la necesito."
Sofía sintió una náusea helada recorrerle el cuerpo. Ocho años. Ocho años de amor, de sacrificio, de entregarle cada boceto, cada idea, cada gramo de su talento. Todo basado en una promesa de amor eterno, en un "nosotros contra el mundo". Y todo era una mentira.
Con un temblor en las manos, se asomó por la rendija de la puerta. La escena que vio terminó de romper lo que quedaba de su corazón. Ricardo tenía a Isabella Rojas, una modelo novata que él mismo había contratado, acorralada contra la pared. La besaba con una pasión desenfrenada, una pasión que Sofía no había sentido en años. Sus manos recorrían el cuerpo de la joven con una familiaridad que hablaba de innumerables encuentros secretos.
Sofía no lloró. Una calma gélida se apoderó de ella. Retrocedió lentamente, sacó su teléfono y, con un pulso sorprendentemente firme, activó la cámara. Grabó unos segundos del audio y luego, con cuidado, enfocó la escena a través de la rendija, capturando el beso, los rostros, la traición en alta definición.
Guardó el teléfono en su bolso, se dio la vuelta y caminó hacia la salida del restaurante sin mirar atrás. El aire frío de la noche de la Ciudad de México le golpeó la cara, pero no sintió nada.
Se detuvo en la acera, lejos de la entrada, y marcó un número de memoria.
"¿Sofía? Hija, ¿pasó algo? ¿Ya vienes para la casa?" la voz cálida de su padre sonó al otro lado.
Sofía cerró los ojos por un instante, aspirando profundamente.
"Papá."
Su voz sonó extraña, metálica, pero firme.
"Cancela todas las inversiones en Vargas Fashion. Todas. Mañana a primera hora."
Hubo un silencio en la línea. Su padre, un hombre de negocios astuto que había construido un imperio desde cero, no hizo preguntas innecesarias. Sabía que su hija no tomaría una decisión así a la ligera.
"Entendido," dijo él con seriedad. "¿Estás bien?"
"Lo estaré," respondió Sofía. "Y papá..."
"Dime, mi niña."
"Ese chef que me mencionaste la semana pasada... el que tiene tanto futuro y busca un inversor. Diego Soto."
Hizo una pausa, la decisión final formándose en su mente, sólida como el acero.
"Me gustaría conocerlo."





