Al día siguiente, Sofía entró en las oficinas de Vargas Fashion sintiendo el peso de cada mirada. La noticia de la retirada de los inversores principales, es decir, de su familia, se había extendido como la pólvora. El ambiente, que ayer era de euforia por la salida a bolsa, hoy era un funeral.
Ricardo la interceptó a medio camino de su estudio, su rostro una máscara de pánico mal disimulado.
"¡Sofía! ¡Mi amor! ¿Qué diablos está pasando? ¡El grupo Morales retiró toda la inversión! ¡Mi padre me llamó gritando! ¿Tú sabes algo de esto?"
La llamó "mi amor" con la misma facilidad con que respiraba. La bilis subió por la garganta de Sofía, pero mantuvo su expresión neutral.
"No sé de qué hablas, Ricardo. Quizás mis padres reconsideraron el riesgo."
"¿Riesgo? ¡No hay riesgo! ¡Esto estaba asegurado! Tu padre me dio su palabra," insistió él, agarrándola del brazo.
Sofía se soltó con un gesto brusco.
"No me toques."
Ricardo pareció sorprendido por su frialdad. La estudió por un momento, sus ojos entrecerrados.
"¿Qué te pasa? Estás muy extraña desde anoche."
Justo en ese momento, escuchó el sonido de unos tacones acercándose. Era Isabella, caminando con un contoneo exagerado, una sonrisa triunfante en su rostro. Pasó junto a ellos, rozando deliberadamente el hombro de Ricardo.
"Ricky, te buscan en la sala de juntas. Es urgente."
Ricardo se giró para mirarla y su rostro se suavizó por un instante. Luego volvió a mirar a Sofía, su expresión endureciéndose de nuevo.
"Tenemos que hablar de esto," siseó antes de seguir a Isabella.
Sofía continuó hacia su estudio, un espacio que había sido su refugio y su taller de sueños. Ahora se sentía como una jaula. Mientras se sentaba frente a su mesa de diseño, su teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido.
"¿Viste qué preocupado está? Es porque ahora todo depende de mí. Me dijo anoche que ya estaba harto de tu drama y de tu cara de pobretona sufrida. Dice que tú siempre le recordarás sus inicios humildes, y él quiere olvidar esa etapa. Él quiere volar alto, y tú eres un ancla."
Sofía apretó el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Cara de pobretona sufrida. Un ancla. Las palabras de Isabella, sin duda dictadas por Ricardo, eran crueles y vulgares, pero encajaban perfectamente con lo que había escuchado anoche.
Un torbellino de recuerdos la asaltó. Recordó la primera vez que se encontraron. Él era un joven diseñador con mucho carisma pero sin un peso, y ella, la hija de un empresario que creía en su talento. Recordó cómo ella lo convenció de usar sus diseños, cómo le presentó a su padre, cómo le consiguió el primer préstamo para fundar la empresa.
Recordó una noche, hace unos cinco años, cuando la empresa estuvo al borde de la quiebra. Un inversor clave amenazó con retirarse. Ricardo llegó a su apartamento, desesperado, con los ojos llenos de lágrimas.
"Sofía, mi amor, por favor. Tienes que hablar con él. Eres la única que puede convencerlo. Sé que es un viejo asqueroso, pero por favor, hazlo por nosotros. Por nuestro futuro."
Y ella lo hizo. Soportó una cena entera de insinuaciones y manos resbaladizas, sonriendo, siendo encantadora, todo para salvar la empresa de él. La empresa que él siempre llamó "nuestra", pero que legalmente solo llevaba su nombre.
Ahora, ese sacrificio, esa humillación, era motivo de asco para él. La llamaba repugnante por hacer exactamente lo que él le había rogado que hiciera.
La rabia, pura y ardiente, finalmente derritió el hielo que la había contenido. No era solo una traición amorosa. Era una traición a su vida, a su talento, a su dignidad.
Se levantó, caminó hacia el gran corcho donde estaban clavados los bocetos de la nueva colección, la que iba a lanzarse para la salida a bolsa. Eran sus diseños. Cada línea, cada pliegue, cada elección de tela. Con un movimiento deliberado, empezó a arrancarlos uno por uno, rasgándolos por la mitad antes de tirarlos a la basura.
Ricardo pagaría por cada lágrima que ella no había derramado, por cada humillación, por cada uno de los ocho años que le había robado. La guerra acababa de empezar.





