El departamento de Puerto Madero estaba en silencio, solo se oía el sonido de nuestras respiraciones. Sofía se movió sobre mí, su pelo largo caía sobre mi pecho. Ella siempre tomaba la iniciativa, y a mí me gustaba.
"Te amo, Mateo", susurró, su voz ronca.
La abracé con fuerza. Llevábamos cinco años así, en secreto. Ella era la hermana menor de Javier, mi mejor amigo de la universidad. Nadie lo sabía.
"Sofía", dije, apartando un mechón de su cara. "Mi familia quiere que vuelva a Mendoza. Planean una cena para presentarme a la hija de un socio. Creen que ya es hora de que me case".
Ella se tensó un poco. "¿Y qué vas a hacer?"
"Rechazarlo, por supuesto", respondí sin dudar. "Pero no podemos seguir así para siempre. Quiero que todo el mundo sepa que eres mía. Quiero casarme contigo".
La miré, esperando una respuesta, un sí, algo.
Sofía sonrió, una sonrisa que siempre me desarmaba. "Dame un poco más de tiempo, mi amor. Solo un poco más. Pronto, lo prometo".
Sus palabras eran como un bálsamo. Me tranquilicé. Confiaba en ella. Creía en su promesa.
"Está bien", dije, besando su frente. "Esperaré".
Me levanté y me vestí. Tenía que irme.
El vernissage de Sofía era un éxito. El lugar estaba lleno de gente importante de la escena artística de Buenos Aires. Ella brillaba, moviéndose entre los invitados con una gracia natural. Me sentía orgulloso.
Fui a la barra a buscar dos copas de Malbec, nuestro vino. Al volver, me detuve detrás de una columna para no interrumpir una conversación. Era Sofía, hablando con dos de sus amigas.
"Está comiendo de mi mano", dijo Sofía. Su tono era frío, displicente.
Me quedé helado.
"Es un proyecto casi terminado", continuó ella, y soltó una risa ligera. "Justo a tiempo. Leo vuelve de Europa la semana que viene".
¿Leo? ¿Leo Acosta, el poeta?
Mi corazón empezó a latir con fuerza, un dolor sordo en el pecho.
Una de sus amigas preguntó: "¿Y qué harás con el arquitecto cuando vuelva tu poeta?".
"Nada. El proyecto se termina. Mateo era solo la práctica. Necesitaba saber si podía conquistar a un hombre bueno y serio como él. Ahora estoy lista para Leo".
La copa de vino se resbaló de mi mano y se estrelló contra el suelo. El sonido del cristal roto hizo que se giraran. Sus ojos se encontraron con los míos. El pánico cruzó su rostro por un segundo, pero lo ocultó rápidamente.
Me di la vuelta y salí de allí, abriéndome paso entre la multitud. El aire de la noche me golpeó la cara, pero no sentía nada. Solo un vacío inmenso.
Recordé cómo empezó todo. Ella me persiguió durante meses en la universidad. Yo era reservado, centrado en mis estudios. Ella era magnética, audaz. Me hizo sentir especial. Me hizo creer que su amor era real.
Ahora entendía. Cada beso, cada caricia, cada "te amo", todo era parte de un juego. Una mentira.
No era su amor, era su proyecto. Y yo era el tonto que se lo había creído todo.
Llegué a mi departamento y saqué el celular. Marqué el número de mi padre en Mendoza.
"Papá", dije, con la voz firme. "Acepto la cena. Quiero conocer a Valentina Rossi".





