"He aceptado la cena en Mendoza", le dije a mi padre por teléfono a la mañana siguiente. "Iré el próximo fin de semana".
Colgué y sentí una extraña calma. La decisión estaba tomada.
La puerta de mi departamento se abrió. Era Sofía. Usaba la llave que le había dado. Entró como si nada, ajena a la bomba que había estallado en mi vida la noche anterior.
"Mateo, mi amor", dijo, acercándose para besarme.
Giré la cabeza. "Estoy cansado".
Ella frunció el ceño, confundida. Intentó abrazarme.
"Tengo mucho trabajo", dije, apartándome sutilmente. "No tengo tiempo ahora".
Su celular vibró sobre la mesa. Lo miró y una sonrisa iluminó su rostro. Era una sonrisa que nunca me había dedicado a mí.
"Es Leo", dijo, emocionada. "¡Ha vuelto! Dice que se quedó tirado en La Boca, que es peligroso. Tengo que ir a buscarlo".
No esperó mi respuesta. Cogió su bolso y las llaves de su auto y salió corriendo.
Me dejó solo en medio del salón. La miré irse. Anoche, sus palabras me destrozaron. Hoy, sus acciones lo confirmaban todo.
Recordé todas las veces que me había prometido un futuro juntos, todos sus gestos grandiosos. Todo era falso. Un ensayo para otro hombre.
Un dolor agudo me recorrió el estómago. El estrés, el dolor, la traición. Mi cuerpo no pudo más. Empecé a sentirme mareado y con náuseas. Caí de rodillas, vomitando.
Llamé a Javier. No quería preocupar a mi familia. Javier llegó en minutos y me llevó al hospital.
"Estrés agudo", dijo el médico. Me pusieron un suero.
Estaba tumbado en la camilla cuando Sofía apareció. Me había llamado y Javier le dijo dónde estábamos.
"Mateo, ¿estás bien? Estaba tan preocupada", dijo, tocándome la frente.
Su actuación era impecable. Por un momento, casi le creí.
Entonces, la puerta de la sala de emergencias se abrió de nuevo. Era Leo Acosta. Tenía un pequeño corte en la ceja.
"¡Leo!", gritó Sofía, olvidándose por completo de mí.
Corrió hacia él, examinando su herida como si fuera una bala en el corazón.
"¿Estás bien? ¿Te duele mucho? ¡Dios mío, tenemos que atenderte ahora mismo!".
Dejó mi lado sin una segunda mirada. Lo llevó hacia una enfermera, exigiendo atención inmediata para él.
Me quedé solo en mi camilla, con la aguja del suero en el brazo. Viéndolos a lo lejos. Ella le acariciaba el pelo, le susurraba palabras de consuelo.
El médico vino a quitarme el suero. Tuve que firmar mis propios papeles de alta.
Cuando estaba a punto de irme, Sofía volvió.
"Perdona, Leo estaba muy asustado", dijo, sin mirarme a los ojos. "Ya está mejor".
Asentí en silencio. Ya no había nada que decir. Sus prioridades estaban claras. Yo no era una de ellas.





