Durante cinco largos años, mi trabajo fue limpiar el desorden.
Hoy era la infidelidad número noventa y nueve.
Estaba de pie, fuera de la suite de lujo de un hotel en Polanco, esperando.
El aire acondicionado del pasillo estaba demasiado frío.
Finalmente, la puerta se abrió.
Mateo salió, con la camisa a medio abotonar, arrogante como siempre.
Me miró con desprecio, como si yo fuera una mancha en el suelo de mármol.
"Encárgate de ella", me ordenó, con la voz rasposa. "Sofía vuelve mañana. No quiero que se entere de nada."
Asentí, sin expresión.
Entré en la habitación. La chica, una aspirante a actriz, me miró con una mezcla de miedo y desafío.
Saqué un cheque de mi bolso.
"Esto es de la fundación familiar", dije con voz monótona. "Es suficiente para que olvides esta noche y a Mateo."
La chica tomó el cheque, sus ojos se abrieron al ver la cantidad.
No dijo nada. Se vistió y se fue.
Limpié una copa de vino volcada y enderecé las sábanas. Era una rutina.
Esa noche, en la enorme hacienda de los Viñedos del Sol, me presenté en el despacho de Don Alejandro.
El patriarca, el abuelo de Mateo, me miró por encima de sus gafas.
"Don Alejandro", dije, mi voz firme y clara. "El contrato de cinco años está a punto de terminar."
Hice una pausa.
"Quiero el divorcio."
Don Alejandro dejó su pluma. Sus ojos, viejos y astutos, me estudiaron.
"Isabela, has sido una buena esposa. Paciente."
"He cumplido mi parte del trato", respondí.
"Mateo es... difícil", admitió. "Pero es mi nieto. Necesita un heredero. El viñedo necesita un heredero."
"Esa no era mi única obligación", dije en voz baja. "Mi obligación principal era mantenerlo vivo."
Él suspiró, un sonido pesado, lleno de años.
"No te vayas. Las cosas pueden cambiar."
Negué con la cabeza.
"El contrato termina en una semana. Seré discreta. Nadie sabrá nada."
Mi mente voló cinco años atrás. Mi hermano pequeño, muriendo en una cama de hospital. Un tratamiento experimental carísimo en el extranjero. La única esperanza.
Y luego, la oferta de Don Alejandro.
Su nieto, Mateo, padecía una enfermedad rara. Mi sangre, increíblemente rara, era la única compatible en el mundo para mantenerlo con vida.
El precio: un matrimonio de cinco años.
El mismo día que firmé el contrato, recibí la noticia. Javier, mi prometido, un periodista de investigación, había muerto en un "accidente" mientras investigaba a un cartel.
Mi mundo se derrumbó.
Así que acepté. Me convertí en la esposa de Mateo y en su bolsa de sangre secreta.
Todo por mi hermano.
Ahora, mi hermano estaba bien. El contrato casi terminaba. Mi deuda estaba casi saldada.
Saqué mi teléfono y marqué un número que había memorizado.
"Madre Superiora, soy yo. Isabela. ¿Está todo listo para mi llegada?"
"Sí, hija mía. Las puertas del convento siempre estarán abiertas para ti."
Colgué.
Paz. Eso era todo lo que quería.





