Matrimonio por contrato: Mi sangre, Tu Medicina

Mi habitación en la hacienda era grande y fría, pero tenía un santuario.

Un viejo baúl de madera en el rincón.

Dentro, guardaba todo lo que me quedaba de Javier. Fotos, cartas, su anillo de compromiso.

Abrí el baúl. El olor a papel viejo y a su colonia llenó el aire.

Acaricié una foto. Él sonreía, sus ojos llenos de vida.

"Pronto seré libre, mi amor", susurré. "Pronto podré llorar por ti en paz."

La puerta de la habitación se abrió de golpe.

Mateo entró, arrastrando a una mujer del brazo.

Era Sofía.

Hermosa, radiante, con una sonrisa de triunfo.

"Isabela, querida", dijo Sofía, su voz como miel envenenada. "He vuelto para reclamar lo que es mío."

Mateo me miró con irritación.

"¿Qué haces aquí? Esta es la habitación de Sofía ahora."

Sus ojos se posaron en el pequeño relicario de plata que colgaba de mi cuello. Un regalo de Javier.

"Quítate esa baratija", se burló. "No va con el estatus de la esposa del heredero de los Viñedos del Sol."

Apreté el relicario con mi mano.

"No", dije en voz baja.

Sofía se rió suavemente.

"Mateo, déjala. Es obvio que no tiene gusto. Pero ahora que estoy aquí, le enseñaré."

Se paseó por la habitación, tocando mis cosas con desdén.

"Esta noche, dormiremos aquí", le dijo a Mateo, mirándome directamente. "Espero que no te importe encontrar otro lugar, Isabela."

Me levanté, cerré el baúl y me dirigí a la puerta.

No dije nada.

Más tarde, en la pequeña habitación de invitados al final del pasillo, no pude evitar oír los sonidos.

Las risas de Sofía. La voz de Mateo, llena de una pasión que nunca había conocido.

Cada sonido era una tortura.

Me puse los auriculares, pero no sirvió de nada.

En medio de la noche, la puerta de mi habitación se abrió.

Era Mateo. Estaba solo, con una bata de seda.

"Sofía tiene sed", dijo, su voz era una orden. "Tráele un vaso de agua mineral de manantial. Fría."

Era una demanda absurda y degradante.

Lo miré fijamente.

Por primera vez en cinco años, dije que no.

"Estoy cansada. Tráesela tú."

La sorpresa cruzó su rostro, seguida de una furia oscura.

Se acercó a mí en dos zancadas, su rostro a centímetros del mío.

"¿Qué has dicho?" siseó.

Su mirada cayó de nuevo sobre mi relicario.

"¿Es por esta basura? ¿Te da valor?"

Agarró la cadena.

"Dámelo."

"No."

Tiró con fuerza. La plata se clavó en mi piel.

"¡Dámelo o te juro que te arrepentirás!"

Cerré los ojos, esperando el dolor.

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