Ya no te Amaba: El Heredero

La segunda raya en la prueba de embarazo apareció, tenue pero clara. Mi corazón, que llevaba años entumecido, latió con una esperanza frágil. Estaba embarazada de nuevo.

Mateo, mi pareja, me abrazó con fuerza cuando se lo conté. Sus ojos, normalmente perdidos en la melancolía de un artista sin suerte, brillaron por primera vez en mucho tiempo.

"Te lo juro, Sofía," dijo, con la voz rota. "Dejaré las apuestas de fútbol. Esta vez es para siempre. Por nosotros, por este bebé."

Le creí. Quería creerle.

Llevaba años trabajando sin descanso, limpiando casas ajenas a través de una aplicación, aguantando humillaciones, todo para pagar las supuestas deudas de juego de Mateo. El primer bebé lo perdí por una caída, corriendo entre un trabajo y otro para conseguir el dinero que él necesitaba urgentemente. Un sacrificio que él parecía haber olvidado.

Esta vez sería diferente.

"Toma," le dije, poniendo en su mano un fajo de billetes. Eran todos mis ahorros, el dinero que guardaba para una emergencia. "Compra los lienzos, las pinturas, todo lo que necesites. Empieza de nuevo."

Me besó, un beso que sabía a promesa. Lo vi salir por la puerta, un hombre nuevo. O eso pensaba.

Cinco minutos después, vi su móvil sobre la mesita de noche. Se lo había olvidado. Sin pensarlo, lo cogí y salí corriendo tras él. No quería que nada estropeara este nuevo comienzo.

Lo encontré a unas calles de distancia, pero no en la tienda de arte. Estaba sentado en la terraza de una cafetería de lujo, de esas a las que yo solo me acercaba para limpiar los cristales. Y no estaba solo.

Isabel, su amiga de toda la vida, una "pija" de manual, estaba a su lado, riendo. Frente a ellos, un hombre de traje caro, el supuesto "prestamista" al que tanto temíamos.

Me escondí detrás de un pilar, el corazón martilleándome en el pecho.

"Estos años demuestran que te quiere de verdad," oí decir a Mateo, con una voz relajada y segura que yo nunca le había escuchado. "El año pasado hasta perdió al niño por ayudarme a pagar la deuda."

El hombre de traje, que en realidad era su gestor financiero, se rio.

"Es una buena chica, Mateo. Leal."

Pero Isabel puso los ojos en blanco, con una sonrisa cargada de veneno.

"Cariño, no es suficiente," dijo, acariciándole el brazo. "Una mujer puede aguantar la pobreza, pero el verdadero examen viene con un hijo. Espera a que nazca el niño. Ahí es cuando verás si es una interesada que solo quiere atraparte con un heredero."

El rostro de Mateo se ensombreció por un momento, pero luego asintió, convencido.

"Tienes razón. Un año más. Seguiré con la farsa un año más. Solo para estar completamente seguro."

El móvil se me resbaló de los dedos y cayó al suelo con un golpe sordo.

Mi mundo, construido sobre un sacrificio que creía mutuo, se hizo añicos.

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