Volví a casa. El pequeño apartamento de Lavapiés, que siempre me había parecido un refugio, ahora se sentía como una celda.
Me senté en el suelo frío de la cocina. No lloré. Las lágrimas se habían secado hace mucho tiempo.
Cogí mi móvil y busqué el número del hospital público.
"Quisiera pedir cita para una interrupción voluntaria del embarazo," dije, con una voz que no reconocí como la mía.
La operadora me dio una fecha para la semana siguiente. Acepté sin dudar.
Cuando Mateo volvió esa noche, su cara era un poema.
"Sofía, me han timado," dijo, tirando una bolsa vacía sobre la mesa. "Lo he perdido todo. El dinero que me diste... se ha ido."
Lo miré, pero mi rostro era una máscara de indiferencia. Él esperaba lágrimas, reproches. No le di nada.
"No te preocupes," le dije.
Mi calma pareció desconcertarlo más que cualquier grito. Se acercó, intentó abrazarme.
"Sofía, lo siento, yo..."
"No me toques," dije, y mi voz fue tan afilada que él retrocedió.
Al día siguiente, volvió del "trabajo" con un paquete envuelto en papel de delicatessen.
"Mira lo que he traído," dijo, intentando sonar animado.
Lo abrió. Era un paquete de jamón ibérico de bellota, del más caro.
"A Isabel le encanta," explicó, como si fuera lo más normal del mundo. "He pensado en darle una sorpresa."
El olor intenso y graso del jamón me revolvió el estómago. Las náuseas del embarazo, que había aprendido a controlar, volvieron con una fuerza brutal. Corrí al baño y vomité hasta quedarme sin fuerzas.
Él ni se acordaba de que el simple olor a carne me hacía enfermar. Pero sí se acordaba del capricho de Isabel.
Me apoyé en la pared del baño, temblando. Recordé todas las veces que yo había comido arroz blanco para que él pudiera comprar sus "materiales de arte". Recordé cómo vendí la única joya que me quedaba de mi madre para pagar una de sus "deudas urgentes".
Me sentí como una payasa. La más estúpida de todas.
Cuando salí del baño, él estaba en el sofá, enviando mensajes con una sonrisa.
"¿Estás mejor?", preguntó sin levantar la vista del móvil.
"Sí," mentí.
Esa noche, cuando se acercó a mí en la cama, me giré y le di la espalda. Sentí su frustración, su enfado silencioso.
Por primera vez en años, su enfado me dio una extraña sensación de paz. De liberación.
El poder estaba cambiando de manos.





