Después de cinco años, el aire de la capital seguía siendo el mismo, denso y cargado con el murmullo de miles de vidas que se movían sin parar, un zumbido que había olvidado en la silenciosa y ventosa frontera.
Mi esposa, Elena, apretó mi brazo con suavidad, su calor era un ancla en medio del torbellino de gente y carruajes.
"¿Estás bien, Miguel Ángel?"
Su voz era tranquila, como siempre.
Asentí y le dediqué una pequeña sonrisa.
"Solo son muchos recuerdos."
Nuestra hija, Luna, de cuatro años, miraba todo con los ojos muy abiertos, aferrada a la mano de su madre. Para ella, este lugar era un mundo nuevo y fascinante, lleno de ruidos y colores que nunca había visto en nuestra sencilla casa en el norte. Para mí, era un fantasma. Un lugar que juré no volver a pisar.
Pero el Emperador había ordenado mi regreso, y un soldado no desobedece.
Caminábamos por la plaza principal cuando una voz familiar, untada de arrogancia, cortó el aire.
"Vaya, vaya, pero si es el gran Miguel Ángel."
Me detuve en seco. Ese tono, esa forma de arrastrar las palabras, no había cambiado en nada.
Giré lentamente. Allí estaba él, el Capitán Diego, primo de la Princesa Sofía. Su uniforme era impecable, lleno de medallas que probablemente no había ganado en combate real. Su sonrisa era una mueca de superioridad.
Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, notando mi ropa más sencilla, la cicatriz apenas visible en mi ceja, y luego se posaron en Elena y Luna. Su sorpresa fue evidente, pero rápidamente se transformó en una burla mal disimulada.
"Veo que no perdiste el tiempo en el exilio, ¿eh? ¿Quién es esta… compañía?"
Su desdén hacia Elena fue tan obvio que sentí un viejo calor subir por mi cuello, una ira que creía enterrada. Pero la mano de Elena en mi brazo me recordó quién era yo ahora.
"Capitán Diego", dije, mi voz más fría de lo que esperaba. "Ella es Elena, mi esposa. Y ella es Luna, nuestra hija."
La palabra "esposa" pareció golpearlo. Parpadeó un par de veces, como si no pudiera procesarlo.
"¿Esposa?", repitió con incredulidad y luego soltó una carcajada. "¿Tú? ¿Casado? ¿Y con… ella? Supongo que en la frontera no se puede ser muy exigente."
Elena se tensó a mi lado, pero yo puse mi mano sobre la suya.
"Algunos valoramos la lealtad y la bondad por encima de un título, Capitán. Algo que usted nunca entendería."
La mención de la lealtad borró su sonrisa. Su mirada se endureció.
"Sigues siendo el mismo campesino insolente. Sofía tomó la decisión correcta al dejarte. Ella es una princesa, y tú… bueno, mírate. Sigues siendo un don nadie."
Y con esa palabra, "nadie", el recuerdo que había mantenido a raya durante cinco años se abrió paso con la fuerza de una inundación.
Cinco años antes. El día de la graduación de la Academia Imperial.
El gran salón estaba abarrotado. Nobles, oficiales y eruditos llenaban cada rincón. Yo estaba en el escenario, con el corazón latiéndome en el pecho, no por el diploma que sostenía, sino porque ella estaba allí, entre la multitud, mirándome. La Princesa Sofía. Mi prometida desde la infancia.
Había trabajado sin descanso, había superado a todos los hijos de nobles, me había convertido en el mejor graduado de la historia de la academia, todo para ser digno de ella. Todo para que su padre, el Emperador, finalmente nos diera su bendición sin reservas.
El Director me entregó la medalla de honor. Las luces eran cegadoras, los aplausos resonaban en mis oídos, pero mi mundo entero era ella. Le sonreí, esperando ver en su rostro el orgullo que yo sentía.
Pero su expresión era extraña. Fría. A su lado, Diego le susurraba algo al oído.
Cuando la ceremonia terminó, corrí hacia ella, abriéndome paso entre la gente que me felicitaba.
"¡Sofía! ¿Viste? ¡Lo logré!"
Ella no sonrió. Me miró como si fuera un extraño.
"Miguel Ángel, tenemos que hablar."
Su voz era distante. Me guio a un balcón apartado, lejos de las miradas de todos. Diego nos siguió, quedándose a una distancia prudente, como un depredador esperando su momento.
"¿Qué pasa, Sofía? ¿No estás feliz?"
Ella evitó mi mirada, fijando sus ojos en las luces del jardín.
"Esto no puede seguir. Lo nuestro se acaba aquí."
Sentí como si el suelo desapareciera bajo mis pies.
"¿Qué? ¿De qué hablas? Sofía, hemos esperado años para esto. Hoy es el día en que…"
"¿El día en que qué?", me interrumpió, su voz subiendo de tono. "¡El día en que todos se ríen de mí por estar prometida a un plebeyo! ¿Creíste que una medalla cambiaría lo que eres? Eres hijo de un granjero, Miguel Ángel. Siempre lo serás."
Cada palabra era un golpe.
"Pero… tú me amabas. Dijiste que el origen no importaba."
Ella finalmente me miró, y en sus ojos no había amor, solo una crueldad que nunca había visto.
"Fui una niña tonta. Crecí. Me di cuenta de que necesito a alguien de mi nivel. Alguien como Diego."
Señaló con la cabeza a su primo, que ahora se acercaba con una sonrisa triunfante.
"Miguel Ángel", dijo ella, sacando una bolsa de monedas de su bolso. "Eres talentoso, lo admito. No quiero desperdiciar eso. Toma esto. Sé mi amante. Puedes tener acceso al palacio, a mis aposentos… pero mi esposo, el futuro Príncipe Consorte, será Diego."
La humillación fue tan abrumadora que me dejó sin aire. Me ofreció ser su juguete secreto después de que nos habíamos prometido un futuro.
Miré la bolsa de oro, luego a ella, y después a Diego, que disfrutaba cada segundo de mi agonía.
La rabia, una rabia pura y helada, reemplazó al dolor.
"Quédate con tu dinero, Princesa", escupí las palabras. "Y quédate con tu primo. Espero que sean muy felices."
Me di la vuelta para irme, pero ella me agarró del brazo.
"No te atrevas a darme la espalda, plebeyo. ¡Yo decido cuándo termina esta conversación!"
Su grito atrajo la atención de la gente cercana. El murmullo de la fiesta se apagó. Todos nos miraban.
Diego intervino, poniendo una mano protectora en el hombro de Sofía.
"Déjalo, prima. No vale la pena. No puedes esperar que un campesino entienda de honor."
Esa fue la gota que derramó el vaso. Me zafé del agarre de Sofía y me encaré con Diego.
"Tú cállate. Todo esto es tu culpa."
"¿Mi culpa?", dijo con falsa inocencia. "Yo solo le abrí los ojos a mi prima. Le mostré que merece algo mejor que un arribista."
Y entonces, Sofía hizo lo impensable. Me abofeteó. Con todas sus fuerzas. El sonido resonó en el silencio del balcón.
"No vuelvas a hablarle así a Diego", dijo, con la voz temblando de furia. "Y no vuelvas a dirigirme la palabra. Para mí, estás muerto."
Se aferró al brazo de Diego y se fueron, dejándome allí, solo, con el eco de sus palabras y la mirada de docenas de nobles curiosos y burlones. Mi mundo se había hecho añicos en menos de cinco minutos.
"…nadie", la palabra de Diego en el presente me trajo de vuelta.
Miré sus ojos satisfechos y luego a mi familia. A Elena, cuya mano seguía firme en la mía, dándome fuerza. A Luna, que me miraba con una mezcla de confusión y preocupación.
Tomé una respiración profunda, dejando ir el fantasma del pasado.
"Mi vida ya no es de su incumbencia, Capitán", dije con una calma que lo sorprendió. "He encontrado una felicidad que usted, con toda su riqueza y títulos, jamás conocerá. Ahora, si nos disculpa, mi esposa y mi hija me esperan."
Sin esperar respuesta, me di la vuelta, rodeé a Elena con mi brazo y seguimos nuestro camino, dejando a Diego solo en medio de la plaza, con su veneno sin tener a dónde ir.
Mientras nos alejábamos, no pude evitar recordar cómo empezó todo. La promesa que le hice a Sofía cuando éramos apenas unos niños, sentados bajo el gran roble en los jardines del palacio.
"Algún día, Miguel", me dijo, con su carita seria y sus ojos llenos de sueños. "Tú serás el caballero más valiente y yo seré tu princesa. Y nos casaremos y viviremos aquí para siempre."
"Te lo prometo, Sofía", le respondí, tomando su manita. "Trabajaré tan duro que ni el Emperador podrá decir que no."
Éramos niños. No sabíamos nada de la crueldad del mundo, de la envidia, de las barreras invisibles que separan a las personas. Para mí, esa promesa se convirtió en la única razón de mi existencia.
Hasta que llegó Diego.
Regresó de sus estudios en el extranjero un verano. Era mayor que nosotros, apuesto, seguro de sí mismo y, lo más importante, de sangre real. Desde el primer día, me miró con desprecio. Yo era la mancha en el perfecto cuadro de la corte.
Pronto empecé a oír los susurros en los pasillos del palacio, donde yo trabajaba como paje mientras estudiaba.
"¿La Princesa Sofía y el hijo del granjero? Qué ridículo."
"El Emperador nunca lo permitirá."
"Ese chico es ambicioso. Solo la está usando."
Yo intentaba ignorarlos. Confiaba en Sofía. Confiaba en nuestro amor. Pero poco a poco, esos susurros empezaron a afectarla a ella. Se volvió más distante, más preocupada por lo que decían los demás.
Aun así, teníamos nuestras tradiciones. Cada año, en mi cumpleaños, nos escapábamos al viejo roble y pasábamos la tarde juntos, lejos de todos. Era nuestro día especial.
El año de mi graduación, esperé mi cumpleaños con más ansias que nunca. Sería la prueba final de que nuestro amor podía superar cualquier obstáculo. Tenía diecisiete años y estaba a punto de entrar en la Academia.
Pero ese día, ella no apareció.
Esperé bajo el roble durante horas, desde el mediodía hasta que el sol comenzó a ponerse. El pequeño pastel que había comprado se quedó sin tocar.
Mi corazón se encogió con cada minuto que pasaba. La decepción era un nudo en mi garganta.
Regresé al palacio, sintiéndome vacío. Un guardia, un hombre amable que me conocía desde niño, me vio pasar.
"Joven Miguel Ángel, ¿está todo bien? Pareces triste."
"Estoy bien, gracias. Solo cansado."
Él dudó por un momento, luego se acercó y bajó la voz.
"Escucha, no debería decirte esto, pero… vi a la Princesa Sofía salir hace unas horas. Iba en el carruaje del Capitán Diego. Se dirigían a la casa de campo de la familia de él."
La información me cayó como un balde de agua fría. No solo no había venido a nuestro encuentro, sino que se había ido con él. Con Diego. En mi cumpleaños.
Una sensación de náusea y miedo se apoderó de mí. Algo estaba terriblemente mal.





