Viaje a la Universidad del Amor

Habían terminado las clases, el típico baile al que Martha no asistió, comprar las cosas necesarias para llevar a la facultad. Leer, leer mucho para no llegar siendo una tonta, aprender, aprender todo, para así aprehender todo al llegar.

Su padre le había regalado un auto, un pequeño fiat 1 color bordó. Realmente era un auto espantoso, pero Martha aceptaba de forma agradecida ya que sus padres no tenían forma de pagar algo más lujoso.

Era el día antes de la partida. Martha hacía las valijas y empacaba todo lo necesario, ropa, zapatos, libros y juguetes sexuales, esos que tenía escondidos en la tablilla suelta al otro lado del placard. Ella tenía más de diez juguetes, y a pesar de solo haber estado sexualmente con un chico alguna vez, su mayor experiencia había sido bajo las mantas de conejitos de su habitación. Y estaba bien así, se decía a si misma. Ya llegará el indicado.

Cuántas cosas por llevar y dejar, estudiar Ciencias Políticas podía ser la puerta al éxito o una horrible caída al fracaso. En ese momento, sentada al borde de la cama, Martha dudó.

¿Estaría haciendo lo correcto? Tal vez no era la carrera para ella, pues no se reconocía como alguien carismático, alguien que hiciera amigos con facilidad, que tuviera un don de oratoria o que por el contrario un día se diera cuenta que la peor de sus desgracias sería no ser tan inteligente como siempre habría creído.

Sin embargo, no era una persona de miedos, había llegado hasta allí y era el momento de arrancar esta nueva carrera, quién sabe si llegaría a diputada o incluso la primera presidenta.

Caía ya la noche y debía levantarse temprano para cargar la valija en le pequeño grillo (así había bautizado su auto nuevo) e irse al nuevo rumbo.

Iba a darse un baño y recordó un juguete succionador que aún no había empacado, porque siempre hay tiempo antes de dormir para un orgasmo más...

Sonaba la alarma, era el día de la partida, sonaba la alarma cinco veces y aquella mañana particularmente se había hecho muy difícil despegar la cara de la almohada. Había una bruma gris en la ventana -Genial, va a llover- se dijo en tono alegre.

Martha era de ese tipo de personas que amaba los días húmedos, lluviosos y grises.

Se levantó, se dió una ducha caliente, y saltó sobre unos jeans azules, un suéter bordó, borcegos del mismo color y una campera color negro. Un colgante de Harry Potter que le obsequió su mejor amiga, sus anteojos de animal print y listo. Ahí estaba, mirándose al espejo, pensando en que salía de ahí una niña a convertirse en mujer, en profesional y a la aventura de la vida.

-Ya baja Martha que si llueve más la carretera es complicada- Le gritó su madre desde el pie de la escalera.

Ella, agarró su valija, la mochila, y salió disparada al auto.

Su corazón se abalanzaba, no entendía del todo pero existía ese presentimiento de que algo muy grande estaba por pasar.

Qué buena suerte, se decía a si misma, tener la oportunidad de tener una beca, un auto propio, una hermosa familia. Pero se lo decía a modo de convencerse a sí misma, porque en el fondo de su corazón algo le faltaba, algo había en ella insatisfecho, esa hambre de vida feroz.

Martha estaba a punto de desatar aquella voracidad resguardada en su alma que ni ella misma conocía, y de la mano de uno de los amores más profundos y pasionales del que nadie haya leído jamás.

Esta aventura acaba de empezar.

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