Llegué a mi pequeño apartamento, el lugar que había llamado hogar mientras jugaba a ser una simple chef.
Cerré la puerta y me apoyé en ella, el eco de la humillación todavía resonando en mis oídos.
Me quité las gafas anticuadas y las tiré sobre la mesa. Luego, me solté el pelo del moño apretado y me quité el uniforme holgado.
Frente al espejo, la mujer que me devolvía la mirada no era la cocinera sencilla que todos veían. Era Sofía Corona.
Mi plan original, la misión que mi abuelo me encomendó, volvió a mi mente con una claridad brutal.
Durante meses, he recopilado cada secreto de "Sabor Capital", cada receta, cada estrategia de negocio, cada contacto de proveedor. Todo estaba en una memoria USB guardada en un lugar seguro.
Mi objetivo era investigar, no destruir, pero Mateo había cruzado una línea.
Recordé el día que nos conocimos, yo estaba vendiendo mis postres en un pequeño mercado de Oaxaca, él se acercó, probó uno de mis polvorones de mezcal y sus ojos se iluminaron.
"Tienes un talento que el mundo debe conocer," me dijo. "No me importa cómo te ves, me importa el alma que pones en tu comida."
Fue el primer hombre que vio más allá de mi cicatriz, que valoró mi talento por encima de todo. Y por eso me enamoré, por eso abandoné mi misión.
Qué ingenua fui.
Ahora, ese amor se había convertido en el arma de mi venganza.
Isabella, la nueva "Directora Culinaria Ejecutiva", era un fraude, y yo lo sabía. Sin mi guía, sin mis recetas, arruinaría el próximo gran evento del restaurante: un banquete para un importante inversor extranjero.
Ese sería el momento.
Planeaba dejar que se estrellara, que su incompetencia quedara expuesta ante todos.
Y cuando el desastre ocurriera, yo expondría no solo su fraude, sino el favoritismo ciego de Mateo.
Reactivé mi plan, pero con un nuevo objetivo: no solo investigar, sino hundir a "Sabor Capital".
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