Venganza Apasionada.

Marcus.

Miraba la película de terror sin ninguna pizca de emoción. Estaba aburrido y tenía ganas de divertirme y olvidarme un poco de mi desgracia. Lo que sufrí en el pasado quedó como una horrible desgracia que jamás podré borrar de mi cabeza. Toda la mierda que viví en esa época fue una pesadilla en carne propia. Río solo al recordar que ahora tengo a todos en mis manos, tal como lo quise desde un principio. Solo falta dar el golpe final y hacerlos pagar uno a uno.

Ha pasado casi un mes desde que le pedí matrimonio a la hija de Roger. Bufando, doy vueltas por mi apartamento. Observo por la ventana y la oscuridad me provoca escalofríos; quedé con un problema de fobia desde entonces.

—Recordar no ayuda —murmuré, negando con la cabeza. Me serví un vaso de whisky y luego le puse un poco de comida a Nala. Me senté tratando de terminar de ver la película.

Al finalizar la película, me levanté del sofá y me dirigí a mi habitación. Estaba harto y quería salir de una vez por todas. Me vestí con un pantalón jean negro, camiseta polo blanca y un chaleco de cuero negro. —Ya no tenía ganas de vestirme formal—. Esta noche decidí ser un hombre sin prejuicios, disfrutaré al máximo el momento, porque luego, casado, solo estaré para hacer sentir a mi amada esposa lo que yo he sentido durante años. Por otro lado, soy un hombre muy importante dentro de la sociedad y mis empresas no pueden estar en boca de todos. Terminé de vestirme, usé una de las colonias más caras de mi closet y me vi en el espejo de pared, sonriendo mientras pensaba en miles de cosas.

Al salir de mi departamento, bajé al parqueadero y decidí ir en motocicleta. Me coloqué el casco y salí a toda prisa. Esta noche solo quiero pasarla bien y olvidarme de que soy un hombre con tantos problemas mentales, porque me arrebataron la posibilidad de vivir una vida feliz en mi juventud.

****

Estacioné mi moto en el parqueo de la disco, que estaba repleto y lleno de bullicio. Al entrar, las luces fosforescentes parpadeaban intensamente, creando una atmósfera sofocante.

La gente gritaba de un lado a otro, y mujeres casi semi desnudas bailaban en la pista. Me senté en la barra y pedí tequila al bartender. Observaba a las chicas bailar con entusiasmo mientras algunas me miraban coquetas, pero las ignoré y seguí bebiendo, disfrutando de la música. Después de más de tres botellas, la cabeza me daba vueltas, pero quería seguir tomando hasta olvidarme de quién soy. La música de Linkin Park resonaba a todo volumen, y aunque intentaba disfrutarla, unas manos comenzaron a acariciar mi espalda, a lo que reaccioné rápidamente quitándolas de encima.

—¿Quién demonios eres? ¿Quién te dio permiso para tocarme con tus sucias manos? —vociferé enojado, pero me sorprendí al ver que se trataba de Katrina. Sin importarme nada, la alejé de mí, notando que estaba borracha.

—¡Cuánto tiempo sin saber de ti, señor Marcus! —replicó arrastrando las palabras—. Jugaste con mis sentimientos, me engañaste de la peor manera y ahora estás aquí, muy alegre, tomando y vete a saber con quién.

—Lamento decirte que unos cuantos revolcones no significan que tú y yo tuviéramos una relación, así que puedes irte y no molestarme —espeté fulminante. Ella negó coqueta y nuevamente se acercó, insinuando que la llevara a la cama.

¿En serio? Esta mujer, ¿qué se ha creído? Unos cuantos revolcones no significan nada, pero al parecer ella se ha enamorado de mí.

—Solo quiero que estemos juntos esta noche, nada más... quiero que vuelvas a jugar conmigo.

La observé bien; estaba provocativa, pero no me apetecía estar con ella, no ahora. Dejé el pago al bartender y salí de la disco. Katrina me siguió, ya hastiado de ella, detuve mis pasos a punto de decirle que no se ilusionara conmigo, pero mi móvil sonó con una llamada entrante. Vi el remitente y bufé más molesto al ver que se trataba de Berenice.

—Es en serio —espeté cansado. Colgué la llamada, miré a Katrina nuevamente y, al ver varios taxis esperando a algún pasajero, le hice señas a uno. Saqué un billete de 50 dólares, y aunque Katrina estaba muy tomada y me tomaba de la mano, la alejé de mí.

—Me llevarás a un hotel a pasarla bien —expresó coquetamente. Negué, encendiendo un cigarro. Estaba sofocado y, antes de decirle sus verdades, mejor la mandé a la Mierda. Le pedí al taxista que se la llevara de una vez por todas. Katrina renegaba quejosa, no quería irse, pero eso ya no era mi problema.

Fui por mi motocicleta al estacionamiento y, de lejos, vi que Katrina seguía peleando con el chofer del taxi. —Vaya que mujercita —comenté para mí mismo. Le pedí la llave de mi moto al vigilante, luego le di una propina y salí de ahí dirigiéndome a mi apartamento. Mi móvil sonaba varias veces; sabía que era Berenice, otra loca sin remedio. Cuando llegué a mi apartamento, busqué a mi gatita, pero no estaba. Le dejé su comida y entré a mi habitación, quitándome la ropa para luego acostarme. Cerré los ojos, cansado y con deseos de dormir, pero mi móvil sonó nuevamente. Al ver que se trataba de Andrea, me levanté de la cama y respondí la llamada.

—Hola, buenas noches, Andrea.

—Hola, disculpa por llamarte a esta hora, pero quería saber cómo estabas —inquirió, pero su voz sonaba diferente.

—Estoy bien, ¿y tú? —escuché que suspiraba antes de hablar.

—Bueno, estoy bien. Tenía ganas de saber de ti. Por otro lado, quería pedirte si podríamos vernos mañana por la tarde.

Su tono suena cansado o quizás es mi imaginación por la borrachera que llevo encima.

—Está bien, mi bella. Te veo mañana después del mediodía, ¿te parece?

—Sí, me parece bien. Bueno, que pases buenas noches —susurra bostezando, probablemente por el cansancio.

—Descansa, cariño.

Cuelga la llamada y sigo mirando el móvil como un tonto. Necesito dormir; estoy mareado. Dejo el móvil a un lado y cierro los ojos, quedándome dormido.

******

La mañana se fue en reuniones con visitantes del extranjero y algunos compradores. Les mostramos los detalles del manual de siembra de tomates y otros cultivos de frutas en los terrenos de los Taylor. Fue una gran inversión tanto para la empresa de mis padres como para mí como propietario exclusivo. Creo que hasta podría comprar una mansión. Al finalizar, me dispongo a ver a mi prometida.

Mientras manejo, pienso en la futura casa que compraré para mi futura esposa y nuestro futuro hijo. Tengo muchos planes, pero de repente mi mente se desvía a cosas que no quiero que sucedan, como la posibilidad de ser feliz...

No quiero ser feliz con ella, ni con nadie. Así como sufrí, ella también deberá sufrir. Andrea no se imagina el infierno que le espera en esa casa.

Aparco el coche frente a la casa de la familia Castillo y marco el número de mi novia. Ella contesta al primer timbre.

—¿Amor, estás lista? —le pregunto al salir del coche.

—Sí, mira —respondió.

Levanto la mirada y la veo en el portón, con la arpía de su madre a su lado. Me acerco y dejo un beso en su sien, viendo de reojo a su madre que me mira con molestia.

—Buenas tardes, señora.

—Buenas tardes —dice seriamente. Luego voltea hacia su hija y le replica con seriedad—: No vengas tarde a la casa, recuerda que aún no te mandas sola —dicho esto, entra a la casa. Observo a Andrea, que se muerde las uñas nerviosa. Si no me equivoco, algo pasa entre esa vieja loca y su hija. Me molesta esta situación; pronto la pondré en su lugar.

—Lamento el comportamiento de mi madre. Ella aún me protege...

Niego, apretando los puños al ver cómo baja la mirada. Qué estúpida eres.

Sin decirle nada, tomo su mano y la guío al coche, saliendo de la residencia. La observo de reojo, esperando que me indique a dónde quiere ir, pero su mirada parece perdida.

—¿Estás molesto? —pregunta sin mirarme.

Vaya, por fin habló. Casi pensé que se había quedado muda.

—Sí, lo estoy. Me molesta ver cómo te trata tu madre. Lo bueno es que pronto te irás de su lado. Andrea, ya no eres una niña para que tus padres quieran gobernar tu vida —expreso, notando que parece tonta.

Ahora me cuestiono por qué estoy preocupado por ella.

—Lo siento, es que ella es así.

Ruedo los ojos sin seguir hablando de esa vieja arrugada.

—A todo esto, ¿a dónde quieres ir?

—Al salón para probarme el vestido de novia.

Detengo el coche y la veo molesto.

—¿El vestido de novia? ¿Por qué no me lo dijiste anoche? Así hubiéramos pedido una cita con la modista.

—Lo siento, Marcus. Solo quería salir de casa y fue lo único que se me ocurrió decirte. Y le dije a mis padres lo mismo. Estoy cansada de mi encierro, de decirle a mi padre a dónde tengo que ir. Nunca hay un espacio para mí, no puedo opinar, no puedo expresar lo que siento ni tampoco tengo derecho a salir a divertirme. ¿Crees que si no fueras uno de los hombres más ricos, mis padres hubieran aceptado que tú y yo nos casáramos? Nunca. Discúlpame por decirte estas cosas, pero mis padres solo me usan como una marioneta. Me ven como una joya para el mejor joyero. No niego que te amo, pero ¿qué hubiera pasado si me hubiera enamorado de un hombre pobre? —baja la cabeza negando. Sin saber por qué, la abrazo con fuerza.

Es la primera vez que la veo devastada de esta manera. No pensé que ella estuviera pasando un mal momento con sus padres. Durante el año que llevo con ella, creí que era de esas chicas delicadas que no podían ni mover un dedo por lo creída que se sentía. A veces, las apariencias engañan.

Llegamos a la modista para que escogiera el diseño del vestido de novia. Realmente, no me importaba qué estilo le quedaría bien; me daba igual. No la amo y no estoy para dar opiniones de vestidos. Al salir, la llevé un rato a la playa. Estacioné el auto y la ayudé a salir. Caminamos por la arena blanca. Ella se notaba más tranquila mientras tomaba fotos y hablaba de lo mucho que tenía ganas de salir.

Por un momento, la miré fijamente y sus ojos verdes me hicieron pensar en esa niña que conocí en mi niñez. Me pregunto qué sucedió con ella, si logró huir.

De repente, en mi cerebro aparece mi jodida realidad, mi sed de venganza. Lo único que deseo de esta chica es usarla como anzuelo. Pronto caerá en mi red. Ella será la Caperucita indefensa y yo el lobo devorador.

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