Un Té Amargo y un Adiós

Era nuestro quinto aniversario de bodas, y el aroma a azahar y almendras tostadas llenaba cada rincón de nuestra casa. Yo, con tres meses de embarazo, sentía una felicidad que creía infinita. Mi vida era mi pastelería, las recetas de mi abuela, y Javier, el hombre que me había elegido.

Le preparé su café, como cada mañana, y me serví mi té de hierbas prenatal, el que él mismo me preparaba con tanto cariño últimamente.

"Por nuestro futuro, mi amor" , dijo Javier, levantando su taza.

Sonreí, llevándome la mía a los labios. Pero a mediodía, un dolor agudo me dobló en dos. Un calambre violento, bajo, que me robó el aliento. Corrí al baño. La sangre en mi ropa interior fue una sentencia.

El médico en el pequeño centro de salud del pueblo solo pudo confirmar lo que ya sabía.

"Lo siento, Sofía. Ha sido un aborto espontáneo" .

Pero algo no cuadraba. Mi embarazo era fuerte, sano. De vuelta en casa, con el alma rota, me moví como un autómata. Al ir a tirar la taza de la mañana, vi los restos de las hierbas en el fondo. No eran las que yo compraba. Olían diferente, más amargas.

Subí a nuestro dormitorio. El cajón de la mesita de noche de Javier estaba entreabierto. Dentro, una pequeña bolsa de tela con las mismas hierbas y un papel doblado. Era una impresión de un chat.

La foto de perfil era de Isabella, su exnovia, la glamurosa socialité mexicana.

Leí sus palabras: "Javi, mi amor, un médico me ha dicho que no podré tener hijos. Es una mentira, pero tú no lo sabes. Si de verdad me amas, si nuestro amor es eterno, necesito una prueba. Tu primer hijo debe ser mío. No de ella. Usa estas hierbas, un 'curandero' me las recomendó. Es un remedio natural, nadie sospechará. Luego te divorcias y vienes a México. Seremos una familia" .

El teléfono se me cayó de las manos. Mi té. Mi bebé. Mi marido.

Una náusea helada me subió por la garganta. Él lo había hecho. Él me había quitado a mi hijo.

Llamé a mis padres. Mi voz era un susurro roto. Les conté todo. El silencio al otro lado de la línea fue más aterrador que cualquier grito. Luego, la voz ahogada de mi madre.

"Tu padre… Sofía, tu padre no respira" .

Mi padre, con su corazón débil, no lo soportó. Un infarto. Fulminante.

Corrí a su casa, pero ya era tarde. Mi madre estaba sentada en el balcón, con la mirada perdida en los olivos que mi padre tanto amaba. Me vio llegar, intentó levantarse y sus piernas fallaron. Cayó. Un golpe seco. El mundo se detuvo.

Ahora mi padre estaba muerto y mi madre en una cama de hospital, en estado vegetativo. Todo en un solo día.

Cuando Javier llegó esa noche, lo esperé en la cocina. Puse la bolsa de hierbas y el papel sobre la mesa.

Él no pareció sorprendido. Su cara no mostró ni una pizca de remordimiento.

"Tenía que hacerlo, Sofía" .

Su voz era tranquila, casi piadosa.

"Isabella me necesitaba. Era un sacrificio, un acto de amor noble. Nuestro amor es más grande que todo esto" .

Lo miré. Al hombre con el que había compartido mi cama, mis sueños, mi cuerpo. Ya no lo reconocía. El amor que sentía por él se había convertido en cenizas.

"Quiero el divorcio" , dije, con una frialdad que no sabía que poseía.

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