Un Té Amargo y un Adiós

Javier soltó una risa corta, incrédula.

"¿Divorcio? ¿Estás loca? No voy a darte el divorcio" .

Me miró como si yo fuera una niña haciendo un berrinche. Subestimaba la mujer que su traición había creado.

"Es un pecado, Sofía. Lo sabes. Nuestra fe católica no lo permite. ¿Qué le dirás al padre Miguel?" .

Intentó usar mi fe, la misma que él había pisoteado, como un arma contra mí.

"Hablaré con el párroco, le contaré que la tragedia te ha vuelto loca. Nadie te creerá" .

Se acercó, intentando tomar mi mano, pero yo retrocedí como si su piel quemara.

"Esta casa, la pastelería… todo es nuestro. Bienes conyugales. No te irás a ninguna parte sin darme la mitad" .

La pastelería. El legado de mi abuela. El lugar que construí con mis propias manos mientras él fracasaba en su intento de ser un artista bohemio.

El dolor en mi pecho era una presión constante, pero mis ojos estaban secos. Ya no quedaban lágrimas.

"No entiendes, Javier" , dije, con la voz firme. "Ya no soy tu esposa. Eres un extraño que vive en mi casa" .

Me di la vuelta y fui a mi antiguo cuarto de soltera, cerrando la puerta con llave.

Esa noche, no dormí. Me quedé sentada en la oscuridad, repasando cada momento de nuestra vida juntos. Recordé cómo llegó a mi pueblo, con su aire de artista de Madrid, después de que Isabella lo abandonara por un millonario. Yo le ofrecí consuelo, un amor sincero. Fui su refugio.

Y él me usó.

Recordé la ilusión en los ojos de mis padres cuando les dije que estaba embarazada. Su sueño de ser abuelos. Javier les sonreía, les prometía que cuidaría de mí, de su nieto. Un nieto que él mismo estaba matando en secreto, día a día, con cada taza de té.

La imagen de mi padre sin vida y mi madre conectada a máquinas se superponía a cada recuerdo feliz, borrándolo para siempre. El amor se había podrido dentro de mí, reemplazado por una resolución helada.

A la mañana siguiente, cuando salí de la habitación, él estaba en la cocina, preparando café como si nada hubiera pasado.

"Buenos días, cariño. He pensado que…"

No lo dejé terminar. Puse sobre la mesa los papeles que mi primo, abogado en Sevilla, me había preparado durante la noche.

"Firma el divorcio, Javier" .

Él miró los papeles, luego a mí. Su rostro se descompuso. La incredulidad se transformó en furia.

"¡Nunca!" , gritó.

Agarró los papeles y los rompió en mil pedazos.

"¡Eres mía, Sofía! ¡Esta casa es mía! ¡La pastelería es mía! ¡No te librarás de mí!" .

Yo no me inmuté. Lo miré fijamente.

"Tengo más copias" , dije simplemente, y salí de la casa, dejándolo solo con su rabia y los trozos de nuestro matrimonio esparcidos por el suelo.

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