Ximena se miró en el espejo, su reflejo era el de una extraña, una mujer con la piel pálida pegada a los huesos y unos ojos hundidos que habían perdido todo su brillo, el médico le había dicho que le quedaban, con suerte, tres meses de vida, el cáncer de estómago estaba en su etapa final y ya no había nada que hacer.
Sacó el teléfono y marcó el número de Julián, sabía que no debía, pero una parte de ella todavía anhelaba una pizca de afecto, una última caricia antes de partir.
"¿Qué quieres?" la voz de Julián sonó fría y distante al otro lado de la línea, sin un rastro de preocupación.
"¿Puedes venir a casa? No me siento bien," susurró Ximena, su voz temblaba por la debilidad.
Hubo un silencio, luego un suspiro de fastidio, "Estoy ocupado, Ximena, no tengo tiempo para tus dramas."
Y colgó, el pitido monótono del teléfono fue como un golpe en el pecho, Ximena cerró los ojos, el dolor era tan familiar que ya casi no lo sentía, o tal vez, se había acostumbrado a vivir con él.
Se obligó a levantarse de la cama, necesitaba aire, se dirigió a la sala de estar, pero se detuvo en seco en el umbral, la escena que vio le rompió el corazón en mil pedazos, Julián no estaba ocupado, estaba en el sofá, y no estaba solo.
Una mujer joven y hermosa, con un vestido rojo ajustado, estaba sentada en su regazo, sus brazos rodeaban el cuello de Julián mientras lo besaba con una pasión que Ximena no había visto en años, era Valeria, su prima.
"Veo que no estabas tan ocupado," dijo Ximena, su voz apenas un susurro cargado de dolor, se aferró al marco de la puerta para no caerse.
Julián se apartó de Valeria, pero no parecía arrepentido, más bien molesto por la interrupción, su mirada era fría, cruel.
"Ya que estás aquí, nos ahorras un viaje," dijo con desdén, "Valeria se va a quedar a vivir con nosotros, espero que le hagas sentir bienvenida."
Valeria sonrió, una sonrisa triunfante y maliciosa, "Hola, primita, parece que no te ves muy bien, ¿necesitas que te ayude a llevar tus cosas al cuarto de servicio? Ese será tu nuevo lugar."
La humillación quemó a Ximena por dentro, se sintió como una extraña en su propia casa, la casa que había decorado con tanto amor, la casa que una vez fue su refugio.
En ese momento, un recuerdo la golpeó con fuerza, un recuerdo de un tiempo más feliz, cuando Julián era diferente, fue en la preparatoria, bajo un árbol de jacaranda en plena floración, él le había regalado un collar, una simple cadena de plata con un pequeño dije en forma de sol.
"Esto es para que nunca olvides que eres mi sol, Ximena," le había dicho, sus ojos brillaban con un amor sincero, "prometo que siempre te cuidaré y te haré feliz."
Esa promesa ahora se sentía como una broma cruel, una mentira que ella se había creído ciegamente, ¿dónde estaba ese joven que le había prometido el mundo? ¿En qué momento se había convertido en este monstruo sin corazón?
La respuesta era dolorosamente clara, todo había cambiado hace tres años, cuando Julián, un joven arquitecto con un futuro brillante, fue acusado injustamente de un fraude que no cometió, una poderosa familia, los De la Vega, lo habían incriminado para proteger a su propio hijo, el verdadero culpable.
Ximena, que en ese entonces era una prometedora bailarina de ballet a punto de unirse a una compañía de danza internacional, lo dejó todo por él, abandonó su sueño, vendió sus pertenencias y usó cada centavo que tenía para pagar abogados, para luchar por su libertad.
Se enfrentó a los De la Vega, a su poder, a su corrupción, fue humillada, amenazada e incluso agredida, pero no se rindió, porque lo amaba, porque creía en su inocencia, su lucha culminó en un acto desesperado frente a la Embajada de México, donde se arrodilló durante días, pidiendo justicia.
Finalmente, su sacrificio dio frutos, el embajador intervino, la verdad salió a la luz y Julián fue liberado, los De la Vega cayeron y Julián recuperó su nombre y su carrera, volviéndose más exitoso y poderoso que nunca.
Pero el hombre que salió de la cárcel no era el mismo Julián que ella amaba, estaba lleno de amargura y resentimiento, y culpaba a Ximena por todo, la acusaba de haberlo abandonado, de no haber luchado lo suficiente, aunque ella había sacrificado su vida por él.
Desde entonces, su vida se convirtió en un infierno, Julián la atormentaba día y noche, la humillaba, la menospreciaba, y ella lo soportaba todo en silencio, ¿por qué? Porque el cáncer que ahora la consumía era hereditario, su madre había muerto de lo mismo, y el médico le había dicho que el estrés extremo por el encarcelamiento de Julián había acelerado la enfermedad.
Ella nunca se lo dijo, no quería que sintiera culpa o pena, quería que él fuera feliz, que viviera la vida que le habían robado, así que soportó el abuso, creyendo que era su penitencia, su forma de protegerlo del dolor.
Ahora, viendo a Julián con Valeria, se dio cuenta de su error, su sacrificio había sido en vano, él nunca la había amado de verdad, solo la había utilizado.
Se retiró en silencio a su habitación, que ahora era el pequeño y frío cuarto de servicio, su única compañía era Mochi, un pequeño gato blanco que Julián le había regalado en uno de sus pocos momentos de aparente ternura, el gato se acurrucó en su regazo, ronroneando suavemente, como si sintiera su dolor.
Ximena lo abrazó con fuerza, las lágrimas finalmente corrían por sus mejillas, "Solo te tengo a ti, Mochi," susurró, "pronto me iré, y no sé qué será de ti."
El pequeño animal era el último vestigio de la vida que había perdido, un recordatorio constante de su amor fallido y su inminente final.





