Un Salto de Mi Amor

A la mañana siguiente, Ximena se despertó con un dolor agudo en el estómago, vomitó sangre en el pequeño lavabo del baño de servicio, la enfermedad avanzaba más rápido de lo que esperaba, cada día era una batalla por mantenerse en pie.

Se vistió lentamente, tratando de ignorar las náuseas y el mareo, justo cuando iba a salir, su teléfono sonó, era Julián.

"¿Dónde estás?" su voz sonaba extrañamente suave, casi preocupada.

Por un instante, el corazón de Ximena dio un vuelco, una tonta esperanza floreció en su pecho, quizá todavía quedaba algo del hombre que amaba.

"En mi cuarto," respondió, tratando de que su voz sonara normal.

"Saldré de viaje de negocios por unos días, te dejé algo en la mesa de la cocina, no hagas estupideces mientras no estoy."

La esperanza se desvaneció tan rápido como había llegado, la llamada no era por preocupación, era una orden, una advertencia.

"Está bien," dijo sin más y colgó, se dirigió a la cocina y sobre la mesa encontró una caja de sus pastelillos favoritos, los de la panadería a la que solían ir cuando eran novios, un gesto tan pequeño, tan contradictorio con su crueldad habitual, que la dejó confundida y con el corazón adolorido.

¿Por qué hacía esto? ¿Era una forma de torturarla, de recordarle lo que habían perdido?

Comió uno de los pastelillos, aunque su estómago se revolvía, el sabor dulce le trajo recuerdos agridulces, recuerdos de risas y manos entrelazadas, de un futuro que nunca llegó.

Unas horas más tarde, Julián regresó inesperadamente, Ximena estaba en la sala, acariciando a Mochi, cuando él entró como una tormenta.

"¿Por qué no contestas el teléfono?" gritó, su rostro estaba rojo de ira.

Ximena se encogió, "Lo siento, no lo oí."

"¡Mentiras! ¡Siempre estás con tus excusas!" se acercó a ella, amenazante.

Para protegerse, para alejarlo, Ximena recurrió a la única arma que le quedaba: palabras hirientes.

"¿A qué viniste? ¿Se te olvidó algo para tu viajecito con Valeria?" dijo con un veneno que no sentía.

La cara de Julián se contrajo de furia, "¿Qué dijiste?"

"Dije que te largues, no te necesito, solo quiero tu dinero, ¿no es eso lo que siempre has pensado?" escupió las palabras, cada una era una daga en su propio corazón.

Él la agarró del brazo con fuerza, sus dedos se clavaron en su piel, "Repítelo."

"¡Suéltame!" gritó ella, tratando de liberarse.

En el forcejeo, Mochi, asustado por los gritos, saltó del sofá y arañó la mano de Julián, Julián soltó a Ximena y miró el rasguño con furia.

"¡Maldito gato!" gritó, y de una patada, lanzó a Mochi contra la pared.

El pequeño cuerpo del gato golpeó con un ruido sordo y cayó al suelo, inmóvil.

"¡Mochi!" gritó Ximena, corriendo hacia su mascota, el terror y el dolor la ahogaban.

Julián la miró con desprecio, "Te lo mereces, por ser una zorra desagradecida," dio media vuelta y se fue, dando un portazo que hizo temblar la casa.

Ximena se arrodilló junto a Mochi, temblando, el gato respiraba con dificultad, pero estaba vivo, lo levantó con cuidado, su corazón roto por la crueldad de Julián.

Había logrado su objetivo, lo había alejado, pero el precio había sido demasiado alto, se sentía vacía, sola, envuelta en una tristeza tan profunda que era casi física.

Los días siguientes fueron una tortura, el dolor en su estómago se hizo insoportable, tuvo que duplicar la dosis de morfina para poder funcionar, ocultaba los frascos vacíos en el fondo de la basura, asegurándose de que nadie los viera.

Un día, un chófer vino a recogerla, "El señor Julián me pidió que la llevara a la cena de gala de su empresa," dijo el hombre con amabilidad.

Ximena no tenía fuerzas para discutir, aceptó en silencio, se sentía como una marioneta, moviéndose según los caprichos de su dueño.

Durante el trayecto, el chófer, un hombre mayor llamado Ricardo que la conocía desde hacía años, la miró con compasión por el espejo retrovisor.

"Señorita Ximena, no se ve bien," dijo con suavidad, "he oído que el señor Julián está saliendo con su prima, Valeria, dicen que es idéntica a usted, a como era antes."

Las palabras de Ricardo confirmaron sus peores temores, no era solo una aventura, Julián estaba tratando de reemplazarla, de borrarla por completo.

Ximena forzó una sonrisa, "No se preocupe, Ricardo, estoy bien, solo un poco cansada."

Tenía que seguir con la farsa, tenía que ser fuerte hasta el final, por él, aunque él ya no la mereciera, era la última promesa que se había hecho a sí misma.

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