Un Corazón Reconstruido

Sofía Ramírez abrió los ojos.

Todo era blanco.

Un pitido constante sonaba a su lado.

"¿Dónde estoy?", preguntó, la voz ronca.

Valeria Vargas, su mejor amiga, se inclinó sobre ella.

"En el hospital, Sofi. Tuviste un accidente de coche."

Sofía frunció el ceño.

"¿Accidente? No recuerdo..."

Valeria la observaba con una mezcla de preocupación y algo más, algo que Sofía no pudo descifrar.

"Llamó Alejandro. Estaba... bueno, preguntó por ti."

Sofía la miró, confundida.

"¿Alejandro? ¿Quién es Alejandro?"

Valeria suspiró, un gesto de cansancio.

"No empieces otra vez con tus bromas, Sofía. Sabes perfectamente quién es Alejandro Vargas."

"No, de verdad," insistió Sofía, la confusión genuina en su rostro. "No sé quién es."

Para convencerla, Sofía juró por la memoria de su abuela, lo más sagrado para ella.

Valeria vio la sinceridad en sus ojos.

La ligera irritación en el rostro de Valeria se transformó en pura alarma.

"Dios mío, Sofi. ¿De verdad no lo recuerdas?"

Sofía negó con la cabeza, sintiendo un vacío donde debería haber un nombre, un rostro.

Valeria se sentó al borde de la cama, con el rostro pálido.

Le costaba empezar, las palabras parecían atascarse en su garganta.

"Alejandro Vargas..." comenzó Valeria con voz temblorosa. "Lo conociste en la universidad. Estabas... bueno, estuviste obsesionada con él durante siete años."

Sofía escuchaba, intentando encajar esa información en su mente en blanco.

Obsesionada. Siete años.

"Lo perseguiste," continuó Valeria, la voz cargada de un dolor antiguo, como si reviviera cada momento. "Soportaste desprecios, humillaciones. Él... él nunca te tomó en serio."

Sofía sintió una punzada, un dolor que no era suyo pero que resonaba en su interior.

"El accidente," Valeria tragó saliva, "ocurrió porque Alejandro te dejó tirada en una carretera secundaria. Había una tormenta terrible."

"¿Me dejó tirada?", repitió Sofía, incrédula.

"Sí. Para ir a recoger a Isabella Montoya. Su exnovia. La que él siempre ha idealizado. Volvía del extranjero."

Isabella Montoya. Otro nombre vacío.

Sofía se llevó una mano a la cabeza. Sentía que iba a estallar.

Valeria le pasó el móvil a Sofía.

"Mira. Quizá esto te ayude."

Sofía lo tomó con manos temblorosas.

La contraseña. Valeria se la dijo.

"Es la fecha de cumpleaños de Alejandro."

Sofía la introdujo. El móvil se desbloqueó.

Abrió la galería de fotos. Cientos de imágenes.

Muchas de un hombre atractivo, de sonrisa fácil pero mirada fría. Alejandro.

En las fotos donde aparecía ella, una versión de sí misma que no reconocía, él casi nunca la miraba. Y si lo hacía, era con indiferencia, a veces con fastidio.

Luego, los mensajes. Conversaciones unilaterales. Declaraciones de amor de ella. Respuestas cortas, monosilábicas de él. O silencios.

Encontró un diario íntimo digital.

Entradas desgarradoras. Días, semanas, meses, años de anhelo y dolor.

"Hoy Alejandro me ha ignorado en la presentación."

"Isabella ha vuelto a escribirle. Él parecía feliz."

"Me ha dicho que soy una carga."

Sofía leía y sentía el dolor de esa otra Sofía, la que había olvidado. Un dolor ajeno, pero profundo.

Se horrorizó. ¿Cómo pudo alguien vivir así?

Con una determinación fría, Sofía empezó a borrar.

Primero las fotos de Alejandro. Todas.

Luego su número de la agenda de contactos.

Después, los mensajes. Hilo por hilo.

Cambió la contraseña del móvil. Ya no sería su cumpleaños.

Cada toque en la pantalla era un pequeño acto de liberación.

Sentía como si estuviera limpiando una herida infectada.

El dolor por su "yo" del pasado era intenso, una empatía que la ahogaba.

Pero también sentía una rabia sorda contra ese hombre, Alejandro, que solo conocía por imágenes y palabras crueles.

Y una rabia contra sí misma, la Sofía olvidada, por haberse sometido a tanto.

Cuando terminó, respiró hondo.

Llamó a sus padres. Vivían en Sevilla.

"Mamá, papá... he decidido aceptar la beca."

Hubo un silencio sorprendido al otro lado de la línea.

"¿La beca de investigación en arquitectura sostenible en Sevilla?", preguntó su madre.

"Sí. La que pospuse." Sofía no añadió "por Alejandro". No hacía falta. Ellos lo sabían.

"Hija, ¿estás segura? ¿Y Alejandro?", preguntó su padre con cautela.

"No hay ningún Alejandro," dijo Sofía con firmeza. "Ese capítulo se cerró."

Era su forma de romper, de empezar de nuevo.

Sevilla. Un nuevo comienzo. Lejos de Madrid, lejos de un pasado que, aunque olvidado, la llenaba de una tristeza prestada.

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