Un Amor Tan Intenso

Los padres de Amelia decidieron dejar de pagar a la muchacha que cuidaba de ella, ya que estaba tranquila en las cocinas, además que tenía a su amigo que jugaba con ella, que nadie ha visto nunca y tenía que ser seguramente el hijo del señor de los establos.

— Tienes que hacerlo de nuevo — le reprendía Víctor a su amiga.

— Ya no quiero jugar a esto, quiero ir a jugar con el arlequín y el león — dice de mal humor Amelia.

— Si no continúas serás mediocre — dice Víctor de la misma manera en que le reprendía su profesor.

— Pero ya no quiero tocar el piano, y no lo haré — contesta la niña, se levanta enojada de la silla, dejando el piano atrás y cruza los brazos con expresión molesta.

— Muéstrame las manos

— ¿Para qué?

— Tienes que mostrarme las manos porque soy el profesor y te lo ordeno

Amelia levanta las manos y se las muestra. Víctor toma la varilla que estaba encima del piano y con ella, azota las manos de la pequeña, quien se asusta, sintiendo el dolor por el golpe, lo que la hace llorar.

— Eso pasa cuando no haces caso a lo que dice el profesor — respondía Víctor con tono severo.

— YA NO TE QUIERO... YA NO QUIERO JUGAR MÁS CONTIGO... ERES MALO — Grita Amelia gimoteando y sale corriendo en dirección a la puerta, pero Víctor la logra alcanzar antes de que salga de la habitación.

— Espera... no te vallas, perdóname. Pero eso hace el profesor cuando ya no quiero seguir

— Quiero a mi mamá... te acusaré con ella — Amelia seguía llorando.

Víctor la abraza para consolarla, puesto que estaba preocupado de que su amiga ya no quiera volver a jugar con él.

— Ya no te volveré a pegar, es una promesa.

Amelia se seca las lágrimas en el hombro de Víctor y le mira de frente.

— ¿A ti te pegan mucho? — pregunta Amelia

— Si... pero ahora no tanto como antes, en las manos duele más

Ella estaba sorprendida, ahora sentía lastima por su amigo.

— Pobrecito... y ¿lloras mucho?

— No puedo llorar, si lloro me golpea nuevamente

Amelia vuelve a abraza a Víctor, le da un beso en la mejilla.

— Cuando golpeen tus manos, las soplaré para que sanen rápido ¿Si?

Víctor sonríe y asiente con la cabeza.

Durante la cena de esa noche, los Fortunato miran a su hijo como charlaba con el arlequín de porcelana, a quien le contaba un cuento, como si fuera una persona real, mientras comía.

— Te gusta mucho ese muñeco, te traeré otro cuando regrese de mi viaje — dice Agustín de manera sonriente al ver tan feliz a su hijo.

— Ese muñeco es su amiga, tu hijo es el profesor y le está enseñando a leer — reía Mercedes

— ¿Tu amiga? yo veo que ese arlequín es un muchacho — cuestionaba Agustín

— No, este muñeco no es mi amiga, es el muñeco que a ella más le gusta, así que le cuento historias para que mañana el arlequín se las cuente a ella

— Ah... perdón, pensé que el muñeco era tu amiga — decía Mercedes en forma de juego.

— ¿Y cómo se llama tu amiga? — pregunta Agustín

— Amelia

Mercedes le hace una señal a su esposo que esa era una amiga imaginaria.

— Ah, mira que bien. Tienes que seguir enseñándole todas tus lecciones — reía Agustín, encariñado por la historia de su hijo.

— Si trato, pero ella quiere jugar y a veces no quiere aprender.

— Tienes que castigarla, los niños que no quieren aprender son malos niños

— Si la castigue, pero se puso a llorar

— Trata de seguir estudiando con tu amiga, pero no los golpees — aconseja su madre.

— Si, ya dije que no lo volveré a hacer — responde Víctor muy feliz por los consejos de sus padres, mientras come un trozo de pastel, esperando que ya sea mañana para volver a ver a su amiga.

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