Es nuestra noche de bodas.
La fiesta en la mansión colonial ha terminado, y ahora solo quedamos Máximo y yo en la enorme habitación.
Llevamos cinco años juntos. Cinco años desde que yo, una camarera con el sueño roto de ser bailarina, conocí al hombre más poderoso y triste de La Habana, el magnate del ron, Máximo Castillo.
Él me sostiene por la cintura, bailamos una rumba lenta y silenciosa. Su cuerpo es cálido y su mirada, intensa.
"Mi Yemayá", susurra en mi oído.
Es el apodo que me puso, comparándome con la diosa del mar, poderosa y libre.
Pero yo sé que "Yola", el apodo de su primer amor, Yolanda Salazar, suena peligrosamente parecido.
Ella estaba en la boda, recién llegada de Miami. La vi. Vi el tatuaje de una mariposa monarca en su tobillo.
Sé que Máximo tiene uno a juego en la espalda: un árbol de ceiba. Un símbolo sagrado de conexión en Cuba.
Un escalofrío recorre mi cuerpo.
"Abuela", digo en voz baja.
Es nuestra palabra clave. La señal para detenernos si algo no está bien. Máximo se detiene al instante, su rostro muestra confusión.
"¿Te sientes mal, Lina?".
"Sí, un poco. Voy a buscar agua".
Bajo al salón principal, ahora silencioso y vacío. Sobre una mesa, hay una pequeña caja de regalo que no había visto antes.
La abro. Dentro hay una pintura en miniatura, un paisaje vibrante de Miami. Es el estilo de Yolanda.
Le doy la vuelta. Hay una nota escrita a mano, no de Yolanda, sino de Máximo.
"Deseaba que estuvieras a mi lado, pero sé que amas tu libertad".
Mi teléfono vibra. Es un mensaje de mi Padrino, el santero que me ha guiado todo este tiempo.
"El aché de ese hombre para ti ha bajado. 59%".
Recuerdo sus palabras cuando lo conocí, después del accidente que casi me deja sin poder caminar.
"Para sanar tu espíritu y tu cuerpo, debes lograr que el hombre más atormentado de La Habana, Máximo, te ame de verdad. Su corazón está cerrado".
He hecho 99 "obras", rituales y ofrendas, para ganar su corazón. Pero siempre me estanco en el 59%.
El Padrino me lo mostró en una consulta con caracoles: el aché de Máximo por Yolanda es de un brillante 90%.
"Esta es tu centésima obra, Lina. Si fallas, debes aceptar tu destino. Abandona este mundo y busca otro camino".
Máximo baja las escaleras y me encuentra de pie, temblando, con la pintura en la mano.
"¿Qué pasa, mi amor? ¿Te duele el estómago?".
Él me quita la pintura de la mano sin mirarla y la deja sobre la mesa. Me guía a la cocina.
"Te prepararé un té de manzanilla. Te calmará".
Con gestos tiernos y familiares, prepara el té. Pero justo antes de dármelo, abre un frasco y le añade una cucharada de miel.
Él olvida que no soporto la miel.
Quien ama la miel es Yolanda.





