Máximo se disculpa inmediatamente.
"Lo siento, Lina, lo olvidé por completo. Estoy un poco distraído esta noche".
Se apresura a prepararme otra taza, esta vez sin miel. Su amabilidad me duele más que su olvido. Es como si me estuviera cuidando, pero pensando en otra persona.
A la mañana siguiente, me despierto sola en la enorme cama. El lado de Máximo está frío.
Lo busco por la casa. Lo encuentro en su estudio, de espaldas a la puerta.
Está mirando algo en sus manos. Cuando me oye entrar, lo esconde rápidamente en un cajón de su escritorio.
"Buenos días, mi Yemayá", dice, girándose con una sonrisa que no llega a sus ojos. "¿Dormiste bien?".
"Sí", miento. "¿Qué hacías?".
"Nada importante. Solo revisando unos papeles viejos".
Se acerca y me besa en la frente. Su gesto es cariñoso, pero siento una distancia entre nosotros.
Más tarde, cuando él sale a hacer unas gestiones, la curiosidad me vence. Entro en su estudio y abro el cajón.
Dentro hay una fotografía antigua, con los bordes gastados.
Es Yolanda.
Está de pie bajo un flamboyán en flor, sonriendo a la cámara con una alegría desbordante. Se ve joven, libre, llena de vida.
Siento un dolor agudo en el pecho. Cierro el cajón justo cuando oigo el coche de Máximo regresar.
Cuando él entra, me encuentra sentada en el sofá, pálida.
"¿Estás bien, Lina? Pareces cansada".
"Solo es el cansancio de la boda", respondo, forzando una sonrisa.
Esa tarde, me miro al espejo. Las ojeras, la piel pálida. He perdido el brillo que tenía cuando bailaba. Esta misión, este amor, me está consumiendo.
Tomo una decisión desesperada.
Abro mi neceser y saco un labial rojo intenso, un rojo granada. El color que Yolanda siempre usa. Me pinto los labios con cuidado, intentando imitar su estilo audaz.
Cuando Máximo me ve, se queda quieto por un momento.
"Qué parecida...", murmura, casi para sí mismo.
La palabra me atraviesa. No dice "qué guapa", sino "qué parecida".
"Te amo, Máximo", le digo, buscando alguna seguridad en sus ojos.
"Y yo a ti, mi amor", responde, acariciando mi mejilla.
"¿Solo a mí?".
Él no responde directamente. En lugar de eso, me da un beso suave en los labios, manchando los suyos de rojo.
"Eres la única que está a mi lado, Lina".
Su respuesta es una evasiva perfecta, y me deja con el corazón más vacío que antes.





