Tu Traición En Nuestro Gran Día

Encontré refugio en un hotel anónimo en el centro de la ciudad, un lugar sin recuerdos ni fantasmas. Pagué en efectivo por una noche, usando el dinero de emergencia que siempre guardaba en mi bolso. La recepcionista me miró con una mezcla de lástima y curiosidad, observando mi vestido de novia arrugado y mi maquillaje corrido.

Dentro de la habitación, lo primero que hice fue quitarme el vestido. La cremallera se atascó y luché con ella con una furia desesperada, rasgando la tela en el proceso. Finalmente, la prenda cayó al suelo, un montón de tul y satén blanco que parecía una nube muerta. Me quedé en ropa interior, temblando, no de frío, sino del shock que finalmente se apoderaba de mi cuerpo. Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente cayera sobre mí, arrastrando los restos de rímel, de perfume y de sueños rotos.

Me senté en el borde de la cama, envuelta en una toalla áspera. El silencio de la habitación era abrumador. Y entonces, mi teléfono, que había arrojado sobre la colcha, comenzó a vibrar sin descanso. Era Ricardo.

Una llamada. Dos. Tres. Luego una avalancha de mensajes.

"Sofía, contesta el teléfono" .

"¿Dónde diablos te metiste?"

"Tenemos que hablar. Esto es una locura" .

"¡Estás arruinando todo! ¡Mis padres están furiosos!"

"Contéstame, carajo. No me hagas ir a buscarte" .

Apagué el sonido, pero la pantalla seguía iluminándose, un faro de acoso en la penumbra de la habitación. Miré los mensajes, cada uno un pequeño golpe, una confirmación de que para él esto no era una traición, sino un inconveniente logístico.

Con los dedos temblorosos, escribí una respuesta.

"Se acabó, Ricardo. No me busques más" .

Envié el mensaje y, por un momento, sentí una oleada de poder, de control. Fue efímero.

Diez minutos después, llamaron a la puerta. No con la discreción del servicio de habitaciones, sino con golpes secos y urgentes. Mi corazón dio un vuelco. Sabía quién era.

"¡Sofía, sé que estás ahí! ¡Abre la puerta!"

La voz de Ricardo, distorsionada por la madera, sonaba furiosa.

No me moví. Contuve la respiración, esperando que se rindiera y se fuera.

"Sofía, por favor" , sonó otra voz, más suave, más manipuladora. La voz de Camila. "No hagas esto más difícil. Hablemos como la gente civilizada" .

La audacia me dejó sin palabras. Se atrevían a venir juntos. A invadir mi santuario. La ira superó al miedo. Me puse la bata del hotel, la amarré con fuerza y caminé hacia la puerta. La abrí.

Estaban allí, de pie en el pasillo, luciendo fuera de lugar. Ricardo, todavía con su traje de novio, ahora arrugado. Camila, con su vestido de dama de honor, que parecía una burla. Tenía los ojos enrojecidos, como si hubiera estado llorando. Era una actuación magistral.

"¿Qué quieren?" , pregunté, mi voz un susurro helado.

"Sofía, por favor, escúchame" , suplicó Camila, dando un paso adelante. Ricardo la observaba, permitiéndole tomar la iniciativa. "No le hagas esto a Ricardo, no te lo hagas a ti. Fue un error, un estúpido error. Yo lo provoqué, estaba confundida, no sé qué me pasó. La culpa es mía" .

Se llevó una mano al pecho, la imagen misma de la inocencia arrepentida. Era tan buena actriz que por un segundo casi le creo. Casi.

"Ah, ¿tú lo provocaste?" , respondí, una sonrisa amarga curvando mis labios. "Qué conveniente. ¿También provocaste que se te olvidara que era mi boda? ¿Que él era mi prometido? ¿O eso fue un pequeño detalle que se te pasó por alto entre beso y beso?"

Camila retrocedió, como si mis palabras la hubieran golpeado físicamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas, esta vez parecían reales, lágrimas de frustración porque su actuación no funcionaba.

Ricardo intervino, impaciente.

"Ya déjate de sarcasmos, Sofía" , dijo, su tono autoritario. "Lo hecho, hecho está. Ahora hay que arreglarlo. Mira, lo que quieras. Un viaje a Europa, el coche nuevo que viste el otro día… lo que sea, pero tenemos que volver al salón y decir que todo fue un malentendido" .

Me quedé mirándolo, incrédula. ¿De verdad pensaba que podía comprar mi perdón? ¿Que mi dignidad tenía un precio? Su visión del mundo era tan simple, tan transaccional. Todo era un negocio para él.

"No quiero tu dinero, Ricardo. No quiero tus viajes ni tus coches. Quiero que se larguen de aquí" .

Intenté cerrar la puerta, pero él la detuvo con el pie. Dio un paso dentro de la habitación, invadiendo mi espacio.

"No me voy a ir a ninguna parte hasta que entres en razón" , dijo, su voz peligrosamente baja.

Me agarró del brazo. Su contacto me produjo una oleada de repulsión tan intensa que me sacudí con violencia.

"¡No me toques!" , grité, la voz finalmente rompiéndose. "Nunca vuelvas a ponerme una mano encima" .

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