El aire en la boutique de bodas de lujo era espeso, cargado con el perfume caro de las flores y una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Ricardo "Rico" Mendoza estaba de pie junto a un maniquí vestido con un traje de novio impecable, el mismo que se suponía que usaría. Pero el día que debía ser el más feliz de su vida se estaba convirtiendo en una pesadilla.
"Ricardo, ¿qué crees que estás haciendo aquí?", la voz de su primo adoptado, Miguel Ángel, goteaba desdén. "Este lugar es para mí y para Sofía, no para un muerto de hambre como tú".
Los vendedores y otros clientes se giraron para mirar, sus rostros una mezcla de curiosidad y desprecio.
Ricardo sintió una oleada de ira, pero era una ira fría, familiar. Porque ya había vivido esto antes.
En mi vida pasada, pensó Ricardo, con una calma aterradora que no sentía la primera vez, me quedé aquí, humillado, mientras este bastardo me robaba todo.
En su vida anterior, Miguel Ángel, el primo que su abuela había acogido por caridad, se había presentado el día de la boda. Había afirmado ser el verdadero prometido de Sofía del Valle, la heredera con la que Ricardo estaba a punto de casarse. Lo había acusado de ser un impostor, un estafador que solo buscaba la fortuna de los Mendoza. Y Ricardo, ingenuo y confiado, había sido aplastado. Lo perdió todo: su prometida, su herencia, su honor. Terminó en la calle, traicionado por las dos personas en las que más confiaba, y murió en la miseria, viendo en las noticias cómo Miguel y Sofía celebraban su éxito.
Pero el destino, o quizás un dios misericordioso, le había dado una segunda oportunidad. Había renacido, despertando esa misma mañana, el día de la boda, con cada doloroso recuerdo intacto.
Esta vez, no sería la víctima.
"¿Muerto de hambre?", repitió Ricardo, su voz baja y uniforme. Miró a Miguel Ángel, realmente lo miró por primera vez desde que había renacido. Vio la arrogancia en su postura, la codicia en sus ojos, la sonrisa burlona que practicaba frente al espejo.
"Sí, eso es lo que eres", se burló Miguel. "Un simple estorbo. Sofía y yo vamos a elegir nuestros trajes. Lárgate antes de que llame a seguridad".
El recuerdo de la humillación pasada ardía en el pecho de Ricardo. El recuerdo de Sofía mirándolo con lástima fingida mientras se aferraba al brazo de Miguel. El recuerdo de su padrino, Don Fernando, el padre de Sofía, mirándolo con decepción porque no supo defenderse.
No más.
Ricardo dio un paso adelante. El movimiento fue tan rápido que Miguel no tuvo tiempo de reaccionar.
¡PLAS!
La bofetada resonó en el silencio de la boutique. La cabeza de Miguel Ángel se giró violentamente hacia un lado, una marca roja floreciendo en su mejilla. El aire quedó suspendido. Los espectadores jadearon.
"¿Quién te crees que eres para hablarme así?", siseó Ricardo, su rostro a centímetros del de su primo. La sorpresa en la cara de Miguel era casi cómica. En la vida pasada, Ricardo nunca había levantado la voz, y mucho menos la mano.
Miguel se tocó la mejilla, sus ojos se abrieron con incredulidad y luego se llenaron de furia. "¿Te atreves a ponerme una mano encima? ¡Maldito bastardo! ¡Soy el verdadero prometido de Sofía, el heredero de la fortuna del Valle por matrimonio! ¿Y tú? No eres nadie".
Ricardo soltó una risa seca y sin humor. "Tú no eres nada más que un perro callejero que mi abuela recogió por lástima. Nunca olvides tu lugar, Miguel".
El rostro de Miguel se contorsionó de ira. La mención de su origen siempre fue su punto débil. "¡Tú... pagarás por esto! ¡Seguridad! ¡Saquen a este hombre de aquí!".
Pero Ricardo no había terminado. Recordaba cada humillación, cada palabra venenosa, cada mentira. Recordaba cómo Miguel y Sofía habían conspirado para robarle la herencia que su abuela le había destinado, cómo habían manipulado a todos a su alrededor.
En mi vida pasada, me robaste a mi prometida, mi fortuna y mi vida, pensó Ricardo, una oscuridad helada asentándose en su corazón. En esta vida, te quitaré todo lo que anhelas y me aseguraré de que te pudras en el infierno que mereces.
Miró a Miguel, que todavía lo fulminaba con la mirada, y una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en sus labios. El juego acababa de empezar, y esta vez, Ricardo conocía todas las reglas.





