Ricardo se recompuso, alisando el frente de su camisa con una calma deliberada que enfureció aún más a Miguel Ángel. La bofetada había sido un impulso, una liberación de la ira reprimida de una vida de dolor. Ahora, era el momento de la estrategia.
"¿El prometido de Sofía?", Ricardo arqueó una ceja, su tono era burlón. "¿Desde cuándo? ¿Desde que te metiste en su cama a mis espaldas? ¿O desde que le prometiste una fortuna que no es tuya?".
La cara de Miguel palideció ligeramente. No esperaba esta resistencia, esta acusación directa. En su plan, Ricardo debía ser un cordero fácil de sacrificar, un tonto abrumado por la confusión y la vergüenza.
"¡No sé de qué estás hablando!", espetó Miguel, recuperando la compostura. "Estás loco. Celoso porque Sofía me eligió a mí, al verdadero hombre, no a un bueno para nada como tú". Se volvió hacia uno de los vendedores, un joven oportunista llamado Carlos que siempre lo había adulado. "Carlos, dile a este payaso quién es el cliente aquí. Dile quién va a casarse con la señorita Sofía del Valle".
Carlos, el vendedor, vio la oportunidad de congraciarse con quien creía que era el futuro yerno del poderoso Don Fernando del Valle. Se acercó a Ricardo con aire de superioridad.
"Señor, con todo respeto", dijo, aunque no había respeto en su voz, "el señor Miguel Ángel es nuestro cliente VIP. Está aquí para elegir su traje para la boda con la señorita Sofía. Le pido que se retire para no causar más problemas".
La humillación era la misma que en su vida pasada. La misma gente, las mismas palabras. Pero esta vez, el veneno no lo alcanzó.
"¿Cliente VIP?", repitió Ricardo, mirando a Carlos con una frialdad que lo hizo estremecer. "¿Y quién paga la cuenta de este 'cliente VIP'? ¿Él? ¿O la tarjeta de crédito que yo le di por lástima?".
Miguel se sintió expuesto y se apresuró a contraatacar, usando su arma favorita: la manipulación emocional.
"Ricardo, ¿cómo puedes decir eso?", dijo con voz dolida, como si Ricardo le hubiera roto el corazón. "Después de todo lo que he hecho por ti. Te he apoyado, te he ayudado a encajar en la familia. ¿Y así me lo pagas? Humillándome en público. Deberías estar agradecido, primo. Ahora, sé un buen chico y vete a casa. Sofía y yo tenemos cosas importantes que hacer".
Era asqueroso. La forma en que se presentaba como una víctima, un benefactor traicionado. En su vida anterior, estas palabras lo habían hecho dudar de sí mismo. Ahora, solo alimentaban su determinación.
Justo en ese momento, el gerente de la boutique, un hombre arrogante y clasista llamado Alberto, salió de su oficina, alertado por el alboroto.
"¿Qué está pasando aquí? ¡Señor Miguel Ángel! ¿Este hombre lo está molestando?", dijo el gerente, ignorando por completo a Ricardo y dirigiéndose directamente a Miguel con una sonrisa servil.
"Alberto, qué bueno que llegas", dijo Miguel, señalando a Ricardo con desdén. "Este pariente lejano mío está teniendo una especie de crisis. Insiste en que él es el prometido de Sofía. Necesito que lo saquen de aquí. Es vergonzoso".
El gerente miró a Ricardo de arriba a abajo, su mirada evaluando su ropa, su postura, y decidiendo que no era nadie importante. "Señor, le voy a pedir que se retire inmediatamente o me veré obligado a llamar a la policía", dijo Alberto con voz autoritaria.
La amenaza flotó en el aire. Todos esperaban que Ricardo se acobardara, que se fuera con el rabo entre las piernas.
Pero Ricardo simplemente sonrió.
"¿Señor Miguel Ángel?", dijo Ricardo, su voz resonando con una nueva autoridad. "¿Desde cuándo se dirige a un perro adoptado con el título de 'señor'? Su nombre es Miguel Ángel, a secas. Y en cuanto a llamar a la policía... por favor, hágalo. De hecho, insisto".
Sacó su teléfono del bolsillo. "Mientras espera, yo también haré una llamada. Quiero denunciar un fraude. Un hombre está intentando hacerse pasar por mí para robar mi herencia y a mi prometida".
La confianza de Ricardo era tan absoluta que Alberto y el vendedor se quedaron helados. Miguel lo miró, una chispa de pánico genuino en sus ojos por primera vez. Este no era el Ricardo que conocía. Este no era el plan.





