Traición y Amor: El Regreso de Elena

La mansión de los Mendoza estaba ahogada en el brillo falso del lujo, una celebración para el cumpleaños de Brenda Flores, la supuesta protegida de la familia. Yo, Elena "Nena" Castillo, la verdadera heredera de este imperio textil, observaba desde un rincón, invisible como siempre. Mi padre, Ricardo Mendoza, y mi madrastra, Sofía, la paseaban como un trofeo, mientras mi hermanastro Mateo la devoraba con la mirada.

Brenda, con su vestido blanco y su fingida inocencia, era el centro de todo. Sopló las velas de un pastel exageradamente grande y todos aplaudieron. Luego, caminó hacia mí, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

"Nena, ¿por qué tan sola? ¿No te gusta mi fiesta?"

"Feliz cumpleaños, Brenda", dije, con una sequedad que no pude ocultar.

Ella tomó una copa de champán de una bandeja que pasaba. Justo cuando estaba a mi lado, soltó un grito agudo, tropezó y el líquido helado se derramó sobre su pecho. Cayó al suelo en un montón de tela blanca y lágrimas fingidas.

"¡Nena! ¿Por qué hiciste eso?"

La música se detuvo. Todos los ojos se clavaron en mí. Mateo fue el primero en correr hacia ella, ayudándola a levantarse.

"¿Estás bien, Bren? ¿Te lastimó?"

"Me empujó", sollozó Brenda, señalándome con un dedo tembloroso. "Solo quería ser su amiga, pero ella siempre me ha odiado".

El murmullo se convirtió en un coro de acusaciones. Vi a los "amigos" de la familia, los mismos que sonreían a mi madre cuando aún estaba aquí, mirándome con desprecio.

Mi padre se acercó, su rostro una máscara de furia contenida.

"Elena, discúlpate con Brenda ahora mismo".

Su voz era un látigo. Siempre era así conmigo. Exigencias, órdenes, nunca una pregunta.

"Yo no la toqué", respondí, mi voz sorprendentemente firme. "Ella se tropezó sola".

"¡Mentirosa!", gritó Mateo, poniéndose de pie. "¡Todos vimos cómo la mirabas! ¡Estás celosa de ella, siempre lo has estado!"

Sofía, mi madrastra, abrazó a Brenda, dándole palmaditas en la espalda como si fuera una niña asustada.

"Ricardo, querido, no seas tan duro con Nena. Probablemente no fue su intención", dijo con una dulzura venenosa. "Pero una disculpa sería lo correcto. Por el bien de la familia".

"Por el bien de la familia", repetí, y una risa amarga escapó de mis labios. "Pídele una disculpa. Ahora", ordenó mi padre de nuevo, su paciencia agotándose.

Me negué. Sentí algo romperse dentro de mí, el último hilo de sumisión que me ataba a este circo. Me enderecé, sintiendo el poder de la verdad acumulado durante años.

"No voy a disculparme por algo que no hice".

Miré directamente a mi padre, luego a mi hermanastro.

"Hablan de familia, de este imperio, como si fuera suyo. Qué gracioso".

Una calma helada se apoderó de mí. Era hora.

"Déjenme aclararles algo a todos", dije, mi voz resonando en el silencio repentino. "La verdadera dueña de Textiles Castillo, de esta casa y de cada centavo que gastan, es mi madre, Carmen Castillo".

El rostro de mi padre perdió todo su color.

"Tú, papá", continué, saboreando cada palabra, "eres solo un empleado. Un gerente general con un sueldo generoso, pero nada más. Un peón en el juego de mi madre".

La mandíbula de Ricardo se tensó. Sofía lo miró, confundida.

Luego, giré hacia Mateo, quien me miraba con puro odio.

"Y tú, hermanito... lamento reventar tu burbuja, pero ni siquiera eres hijo biológico de mi madre. Ella te crió, sí, pero no llevas su sangre. Legalmente, no tienes derecho a heredar absolutamente nada".

El shock en la cara de Mateo fue mi primera victoria. Se quedó sin palabras, boqueando como un pez fuera del agua.

Los invitados se miraban unos a otros, el escándalo era mucho más jugoso de lo que esperaban.

Mi padre me agarró del brazo, su mano como una garra de acero.

"Cállate, Elena. Estás diciendo estupideces".

"¿Lo son?", le reté, sin retroceder. "Sabes que es la verdad. Y estoy cansada de sus mentiras y manipulaciones".

En medio del caos, Brenda se acercó a mí, sus lágrimas se habían secado milagrosamente. Nadie más podía oírla.

"Esto no ha terminado, estúpida", susurró, su voz llena de veneno. "Voy a quitarte todo. A ti y a tu mami".

La miré, y por primera vez en toda la noche, sonreí genuinamente. Una sonrisa fría, afilada.

"Inténtalo, gata".

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