A la mañana siguiente, la oficina central de "Sabores Del Valle", el imperio restaurantero de Sofía, fue el escenario de un espectáculo sin precedentes. A las nueve en punto, una flota de camiones de reparto de "Tacos El Güero" se estacionó frente al moderno edificio de cristal. Los empleados, confundidos, vieron cómo los repartidores comenzaban a descargar cientos, luego miles de cajas de cartón blanco.
Ricardo estaba allí, supervisando la operación con los brazos cruzados y una expresión impasible. Había pasado toda la noche llamando a cada taquería de la ciudad, haciendo un pedido masivo a nombre de Sofía Del Valle. Quería tacos, ¿no? Pues tendría tacos. Tacos hasta que el olor a cilantro y cebolla se le impregnara en las paredes de su lujosa oficina.
Los repartidores inundaron el lobby, subieron por los elevadores y comenzaron a apilar las cajas en el piso ejecutivo, específicamente, dentro y fuera de la oficina de Sofía. Cajas y más cajas de tacos al pastor, de suadero, de longaniza, de bistec. Todos con doble ración de la salsa más picante que tuvieran. El aire se cargó con un aroma abrumador que hacía llorar los ojos.
Cuando Sofía llegó, su rostro pasó de la confusión al horror y luego a una furia incontenible. Atravesó el mar de cajas de tacos, que ya llegaban a la altura de su cintura, y encontró a Ricardo de pie en medio del caos, tan tranquilo como un matador esperando en el centro del ruedo.
"¡Ricardo! ¿Qué demonios significa esto?", gritó, su voz resonando en el silencioso caos de comida.
"Te gustaron tanto los tacos de anoche que pensé en darte un gusto", respondió él, sin alzar la voz. "Considera esto un regalo de aniversario. Un poco tarde, pero seguro".
"¡Estás demente! ¡Esto es una humillación! ¡Mira a mis empleados!", siseó ella, señalando a los rostros curiosos y asustados que se asomaban por las puertas.
"¿Humillación?", Ricardo soltó una risa seca. "¿Humillación es preparar una cena de aniversario durante ocho horas para que mi esposa la desprecie por unos tacos grasientos que le trae su nuevo perrito faldero? ¿Humillación es escuchar cómo me llamas 'dramático' e 'intenso' con tu madre mientras el otro imbécil está parado en nuestra sala? Eso, Sofía, eso es humillación. Esto", dijo, abriendo los brazos para abarcar el desastre, "esto es una declaración".
Justo en ese momento, Mateo "El Charro" Rodríguez apareció, corriendo por el pasillo.
"¡Señora Sofía! ¿Está usted bien? Me llamaron de recepción, dijeron..."
Se detuvo en seco, mirando la escena con los ojos desorbitados.
Ricardo se giró lentamente hacia él. Una sonrisa depredadora se dibujó en su rostro. Se acercó a una de las cajas, la abrió, sacó dos tacos de suadero que chorreaban grasa y salsa roja, y caminó hacia Mateo.
"Tú", dijo Ricardo, con la voz baja y amenazante. "Tú eres el del detallito, ¿verdad?".
Mateo retrocedió un paso, tragando saliva. "Yo... yo solo quería ser amable con la señora Sofía".
"Ah, qué amable", dijo Ricardo. Y en un movimiento rápido y brutal, le estampó los dos tacos en la cara, uno en cada mejilla. La grasa y la salsa se escurrieron por el rostro pálido de Mateo, manchando el cuello de su camisa blanca impecable. El cilantro y la cebolla picada se le pegaron en las cejas y el pelo.
Hubo un jadeo colectivo de los empleados que observaban. Mateo se quedó paralizado, con los ojos llenos de lágrimas, no por la emoción, sino por el picor de la salsa que se le metía en los ojos. La humillación era total y absoluta.
"¡Ricardo, basta!", gritó Sofía, corriendo a limpiar la cara de Mateo con un pañuelo. "¡Ya fue suficiente!".
Lo defendió. Frente a todos, lo defendió a él. Esa fue la última prueba que Ricardo necesitaba.
"¿Suficiente?", repitió él, con una calma que helaba la sangre. "No, Sofía. Apenas estoy empezando".
Se acercó a ella, su mirada dura como el acero. "Quiero que lo despidas. Ahora mismo".
Sofía miró a Ricardo, luego al humillado Mateo que sollozaba en silencio. Su rostro se endureció.
"No", dijo, desafiante. "No voy a despedirlo. No ha hecho nada malo. ¡El que está actuando como un loco eres tú!".
Ricardo asintió lentamente, como si esperara esa respuesta.
"Bien", dijo.
Se quitó el anillo de matrimonio del dedo. Era una banda de oro gruesa y pesada. La sostuvo entre el pulgar y el índice por un momento, luego la arrojó al suelo. El anillo rebotó en una caja de cartón y aterrizó con un pequeño tintineo en medio de un charco de salsa verde.
"Entonces, esto se acabó", declaró. "Quédate con tu casa, con tu oficina y con tu... asistente. Disfrútenlos".
Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida, abriéndose paso entre las montañas de tacos. No miró atrás. No necesitaba hacerlo. El olor a traición y a salsa picante era todo lo que necesitaba para recordar por qué se iba.





