El palacio central del reino de Britania en esta ocasión lucia más hermoso y majestuoso que de costumbre. Este en particular era un día esplendoroso, el sol en lo alto iluminaba y desde las montañas del norte venían vientos refrescantes que hacían que los estandartes flanearan. Los visitantes ya estaban en el castillo, escoltados por una veintena de jinetes impecablemente vestidos y fuertemente armados, los visitantes entraron al castillo. Esta era la primera vez en cuatro años que el rey Wenceslao visitaba la ciudad de Efóras. Con el venían su esposa, la reina Katerin y también su hijo no primogénito pero heredero al trono de Moravia y Saravia, el príncipe Wenceslao II, que según se decía tenía el mismo temperamento de su padre, con el rey también viajaban criados y demás ayudantes y por supuesto los otros hijos del rey y la reina.
En las puertas mismas del gran palacio y vestido para la ocasión el rey de Britania, Teófilo y su reina Margoh les daban la bienvenida a los visitantes. Wenceslao ayudado por uno de sus súbditos ya que el rey era un hombre viejo descendió de su carruaje. El rey tenía como siempre un rostro duro y austero, pero esta vez dejo ver una tenue sonrisa. A pesar de la edad, Wenceslao aun inspiraba temor y respeto entre los suyos, sus amigos y por supuesto sus enemigos, sin duda alguna seguía siendo un hombre que inspiraba amores y odios.
-sean todos bienvenidos a mi reino-. Dijo Teófilo.
Wenceslao le puso las manos en los hombros a su colega y dijo –mil gracias, amigo, es un placer el de volver a estas tus tierras-.
Uno a uno todos los visitantes fueron saludados y recibidos con honores dignos de reyes y luego fueron conducidos al gran salón principal de aquel hermoso palacio, allí les tenían preparado un gran recibimiento, que incluía comida y música.
Los comensales pasaron a la mesa y allí se sirvieron de exquisitos platos, sin duda alguna el anfitrión no había dejado escapar ni un solo detalle para agradarle a Wenceslao.
Teófilo era el hijo primogénito de Abel y había sido coronado rey de Britania hacia cuatro años, cuando su padre había muerto. Su esposa era Margoh una mujer hermosa, de cabello rubio rizado, ojos claros y piel blanca y tersa, hija de una familia burgués del reino. Era padre de tres hermosas hijas y de un barón que tristemente había muerto dos años atrás a causa de una extraña enfermedad, este hecho era motivo de gran tristeza para Teófilo, su reina y todo el reino completo.
-quiero ver a mi viejo amigo-. Dijo Wenceslao, después que estuvo satisfecho con toda la comida. Teófilo asintió y le indico el camino al rey.
Desde la llegada de los visitantes del reino vecino, Kyra había notado que el hijo del rey Wenceslao no le quitaba los ojos de encima, aquella mirada le incomodaba mucho, era una mirada fría, enigmática, incomoda. El príncipe era un hombre mayor, mucho mayor que ella. Tenía un rostro fino y alargado muy parecido al de su padre con la misma expresión de fiereza, sus cabellos eran color negro azabache y sus ojos oscuros. La princesa de Britania tan solo una vez le había devuelto la mirada a aquel hombre, ahora y después de ver a su padre salir junto con el rey Wenceslao, la joven buscó entre la multitud el rostro que quería ver y lo encontró al otro lado del salón. Ambas miradas se cruzaron, ella se paró de su silla y caminó en dirección a la puerta, luego salió y se perdió de la vista de todos incluyendo a la de Wenceslao II que la había seguido con la mirada.
Este lugar en particular y para ser una cripta estaba bastante iluminado y decorado con muchas flores que despedían olores agradables. Allí reposaban la mayoría de los reyes de antaño del reino entre ellos por supuesto estaba Abel y al lado de Abel reposaba Luis, el amado hijo de Teófilo. Al pie de la tumba de Abel se erguía una estatua del mismo rey en épocas gloriosas, sin duda alguna el artista escultor tenía mucho talento pues la estatua era muy fiel a la apariencia del rey cuando estaba con vida.
-tu padre era un buen hombre-. Dijo Wenceslao poniéndole la mano en el hombro a Teófilo.
-Era un buen padre y un buen rey-. Respondió Teófilo sintiendo la pesada y fría mano en su hombro. Con disimulo dio unos pasos al frente para quitarse aquella mano que le producía un escalofrió en todo el cuerpo.
-él era más que un rey, era mi amigo, un amigo muy querido-. Volvió a decir Wenceslao, cuanto tuvo la atención del rey de Britania siguió –para honrar a su querida memoria es que he viajado a estas tierras. Le prometí a tu padre te ayudaría a proteger tu reino de cualquier amenaza-.
Teófilo asintió y entendió de lo que estaba hablando pues su padre en el lecho de muerte le había dicho exactamente lo mismo.
-he tenido noticias que ha habido incursiones de orcos en tu país-.
-hace cerca de un año hubo un gran ataque de orcos en la ribera occidental del rio Plas, muy cerca de Omilion y desde allí han sido ataques esporádicos en otros puntos del reino-.
-jamás los orcos habían bajado tanto, si me dices que llegaron tan cerca de Omilion. Es extraño-.
-estos orcos parecen diferentes-.
-¿diferentes? ¿A qué te refieres?, todas esas criaturas son iguales-.
-no. Estos orcos no bajaron de las montañas solitarias, estos son orcos que viajan hacia el norte, y viajan a plena luz del día y lo hacen sin ningún temor-.
-¿estás seguro de lo que dices?-.
-lo estoy-. Respondió Teófilo con una aire de serenidad mientras su mirada se clavaba en la tumba de su primogénito, luego siguió –en los últimos meses el avistamiento de estas criaturas ha aumentado y los que los ven concuerdan que van al norte-.
-me pregunto qué siniestra voluntad hace que esos engendros viajen a las tierras donde fueron masacrados en la última guerra-.
-no lo sé-. Respondió Teófilo. –Lo cierto es que por donde pasan van dejando muerte y destrucción-.
El viejo rey Wenceslao mostró una genuina preocupación. Durante un momento no hubo más que silencio en aquella cripta. Finalmente el rey de Saravia y Moravia rompió el silencio diciendo –ya habrá tiempo para hablar de estas cosas. Volvamos y disfrutemos de la fiesta que tan amablemente me has ofrecido-.
En efecto los reyes volvieron al gran salón que como era de esperarse estaba repleto. Los hombres ya estaban bastante borrachos, aquí y allá todos se servían de inmensas jarras de la más rica cerveza y copas de sabroso vino oriental, el más rico de todo el mundo





