Kyra se sintió aliviada al dejar el gran salón, aquellas fiestas no le gustaban mucho, despreciaba ver a los hombres borrachos, sobre todo a los de su reino. Todas las noches la princesa de Britania salía a caminar y siempre terminaba en el mismo lugar, a los pies de una caída de agua a la que llamaban caño cristales, por el color cristalino de aquella agua. Se acostó en el verde pasto y miró el cielo, que a esa altura de la noche estaba despejado y hermosamente decorado con una infinidad de estrellas. Recostada allí en ese húmedo pasto, Kyra recordó aquella mirada fría y obscena del hijo del rey de Moravia, al recordarla un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. De pronto unos ruidos la sacaron del letargo en el que se encontraba, eran unos ruidos de pasos acercándose a través de los árboles, la joven se paró de inmediato y trató de ver quién era el que producía los ruidos pero no vio nada, la oscuridad de la noche y la espesura de aquel bosque no le permitían ver más allá de poca distancia.
-¿quien anda hay?-. Preguntó Kyra. -¿eres tú Neil?-.
De entre los arboles surgió la figura de un joven muchacho, que vestía ropas humildes y con una gran daga en el cinto. Apenas Kyra vio al joven corrió hacia él y se le abalanzó pasándole los brazos sobre el cuello y abrazándolo con fuerza, luego le dio un beso, que el joven correspondió.
Neil era un joven casi de la misma edad de Kyra, era el hijo del jefe de las caballerizas, desde pequeño había recibido clases de combates y su mayor deseo en la vida era servir a su rey y llegar a convertirse en maestro de armas y gran general de los ejércitos del reino al servicio del rey Teófilo. Para ello, todos los días tenía una agenda apretada, recibiendo con otros jóvenes del reino escogidos y aspirantes a entrar al ejército, clases de manejo de armas y combate cuerpo a cuerpo, sin duda Neil era uno de los adelantados de su clase y era el preferido por sus maestros por la voluntad y firmeza que mostraba.
-no te vi en la fiesta y supuse que estarías aquí-. Dijo Neil mientras acariciaba el suave rostro de Kyra.
De nuevo los dos jóvenes se unieron en un coqueto beso, luego Kyra dijo –no me sentí cómoda en aquel festejo y decidí venir aquí, sabía que en este lugar me encontrarías-.
Por un buen tramo de la noche los dos jóvenes se quedaron en aquel romántico lugar, los dos solos en la negrura de la noche, observando las estrellas, disfrutando de la mutua compañía.





