Veintiún años después
Perspectiva del Príncipe Emeriel
"Es tan guapo", murmuró una voz.
"Es el príncipe de rasgos femeninos", dijo otra.
El tercer hombre los miró con lujuria. "Ningún hombre debería tener un cabello tan precioso".
El príncipe Emeriel los ignoró a todos mientras avanzaba por los terrenos del palacio, con la cabeza bien alta.
Aunque estaba acostumbrado a la atención no deseada, eso no evitaba que se le pusiera la piel de gallina.
Había vivido como un chico toda su vida, pero eso no lo mantenía del todo a salvo. Los hombres de Navia meterían su pene en cualquier cosa que tuviera un agujero, sobre todo si parecía remotamente femenina.
Por eso, Emeriel siempre estaba alerta. Por eso, probablemente era el único virgen de veintiún años de Navia.
A eso se sumaba el hecho de que su hermana, la princesa Aekeira, siempre hacía todo lo posible para protegerlo y asegurarse de que sus secretos permanecieran bien ocultos.
Un accidente de carruaje había matado a sus padres quince años atrás, y el rey Orestus los adoptó. Sin embargo, ese tirano les hizo la vida imposible.
Emeriel entró en el pasillo que conducía a las habitaciones de Aekeira, cuando oyó algo terrible:
gemidos suaves y llenos de dolor.
Ese sonido venía de...
La rabia estalló en el interior de Emeriel. ¡Otra vez no!
Con determinación, se lanzó por el pasillo y abrió la puerta de golpe, desenvainando la espada.
"¡Aléjese de mi hermana ahora mismo, Lord Murphy, o juro por el cielo que lo mataré aquí mismo!", espetó.
El ministro de Asuntos Humanos frunció el ceño con irritación y dejó de empujar. "Vete, principito. Estás arruinando la diversión".
Emeriel odiaba el apodo de "principito", pero no tanto como detestaba que lo llamaran "príncipe débil". A lo largo de los años, los navianos le habían puesto apodos debido a su aspecto pequeño y femenino.
"¡Aléjate de ella ahora mismo!". Emeriel avanzó con determinación hacia la cama, agarró al lord y lo apartó de Aekeira.
Con un golpe seco, el viejo patán cayó al suelo. Aekeira se levantó de la cama, cubriendo su cuerpo vulnerable, con el rostro enrojecido por el llanto y los ojos cansados e hinchados.
"Lo siento, lo siento mucho, Keira", dijo Emeriel, abrazando a su hermana con fuerza.
"No fue culpa tuya".
"¡¿Por qué demonios hiciste eso?!". Lord Murphy se incorporó furioso. "¡Gané a la princesa Aekeira con todas las de la ley en la partida de cartas de la reunión de anoche! ¡El rey apostó con ella y perdió contra mí! ¡Se suponía que la tendría al menos dos horas!".
Los ojos de Emeriel centellearon mientras se giraba para enfrentarse a él. "Si vuelves a ponerle las manos encima, juro por el cielo que te cortaré el pene, Lord Murphy".
"¡No te atreverías!".
"Aceptaré con gusto cualquier castigo que me imponga el rey", afirmó el otro con convicción. "Pero tú te quedarás sin tu hombría. Elige sabiamente".
Lord Murphy abrió los ojos de par en par, llevándose las manos instintivamente a la entrepierna, y su rostro enrojeció de ira.
"¡El rey se enterará de esto!", espetó el ministro. Recogiendo su ropa, salió de la habitación.
"Oh, Em, ¿por qué hiciste eso?", preguntó Aekeira, con los ojos llenos de preocupación. "El rey podría castigarte de nuevo con el látigo al rojo vivo".
"No me importa. Vamos a mi habitación". Emeriel ni siquiera pudo mirar a su hermana a los ojos, al borde de las lágrimas, mientras guardaba la espada. Ayudó a Aekeira a vestirse y la sacó de allí, por el pasillo.
Esa vieja culpa se deslizó por la columna de Emeriel. Aekeira siempre lo protegía, incluso cuando eso la convertía en el blanco principal. Su hermana nunca lo odió, pero Emeriel se odiaba a sí mismo por eso.
Aekeira siempre había sido alegre y vivaz. Pero en momentos como este, cuando violaban su cuerpo, lucía agotada, harta del mundo y preocupada por el próximo aristócrata al que el rey la entregaría.
Mucho más tarde, ya fresca, Aekeira se tumbó en la cama y cerró los ojos.
"¿Em? Mi peor pesadilla cuando era más joven era que me vendieran a un aristócrata de Cavar, pero ahora casi desearía que ese rey desalmado lo hubiera hecho en lugar de cambiar de opinión", susurró.
"Por favor, no digas eso", dijo Emeriel, tomándole la mano. "Ese reino es un lugar de pesadilla. Cualquier lugar es mejor que Cavar, hermana. Bueno, excepto más allá de la gran montaña, claro".
La sola idea lo hizo estremecerse. Los Urekai habitaban más allá de esas montañas.
"A veces desearía poder abandonar este reino olvidado de la mano de Dios". Una lágrima se deslizó por la mejilla de Aekeira.
'Yo también, Keira', pensó Emeriel. 'Yo también'.
•••••••••
Esa noche, después de bañarse, Emeriel se quedó de pie frente al espejo, mirando su reflejo.
Su largo y sedoso cabello negro caía sobre sus hombros, como una cascada. Con el cabello suelto así, revelaba lo que realmente era: una chica.
¿Qué se sentiría vivir libremente, como la persona que reflejaba el espejo, sin vivir con miedo al próximo hombre que pudiera intentar aprovecharse de él, como hacían con su hermana?
Emeriel fantaseaba con casarse con el hombre de sus sueños. Un protector. Alguien lo suficientemente poderoso como para mantenerla a salvo, protegerla de los depredadores y arrastrarla con su inmensa fuerza y amor.
Todo era una ilusión, pero una dulce al fin y al cabo.
La realidad era demasiado fea.
Sacudiendo la cabeza, se metió en la cama y cerró los ojos, dejándose llevar por el sueño. . .
El sueño comenzó como siempre.
El hombre ocupaba todo el umbral, oculto en las sombras. Era enorme, más grande y masculino que cualquier hombre que Emeriel hubiera visto jamás.
Alto como un gigante, hacía sentir a Emeriel pequeño, como una presa atrapada.
"¿Quién eres?", preguntó con voz somnolienta, temblorosa y cargada de miedo. "¿Qué quieres de mí?".
"Eres mía", respondió él, con una voz profunda como un trueno. "Estás destinada a arrodillarte ante mí, a tumbarte boca arriba, a que te folle tan fuerte que te tiemblen las piernas, a penetrarte hasta que tus agujeros estén abiertos y dilatados para mí. Estás destinada a suplicar por mi polla todo el tiempo. Solo la mía".
El rostro de Emeriel se sonrojó de la impresión. Completamente escandalizada, se incorporó. "¡No deberías decirme cosas tan indecentes! ¡Está mal!".
Pero el misterioso hombre entró en el dormitorio de Emeriel, saliendo de las sombras. Al hacerlo, su cuerpo se convirtió en una... bestia.
La más espeluznante que Emeriel había visto jamás.
Un Urekai.
"Dios mío, Dios mío", Emeriel contuvo el aliento, aterrorizado, mientras el pánico se apoderaba de él. De todos los cambiaformas del mundo, ¿por qué un Urekai?
Avanzó con determinación. Sus brillantes ojos amarillos se clavaron en Emeriel, llenos de hambre.
Sacudiendo la cabeza con fuerza, Emeriel retrocedió de un salto. "¡No, no, no! ¡Déjame en paz!", gritó. "¡Guardias! ¡Que alguien me ayude!".
Pero nadie acudió.
La bestia saltó sobre la cama, se puso encima de Emeriel, atrapándolo bajo su peso. Las garras desgarraron su ropa, y el vulnerable cuerpo de mujer de Emeriel quedó expuesto a sus ojos amarillos.
Luego, con sus poderosos muslos separó los de Emeriel, y una enorme polla monstruosa rozó su intocable intimidad y penetró...
Emeriel se despertó de un sobresalto con un grito. Con el cuerpo temblando y empapado en sudor, miró alrededor de la habitación oscura y vacía.
"Solo fue un sueño", susurró, temblando. "Gracias a Dios. Solo un sueño".
Era el mismo sueño otra vez, el que llevaba meses teniendo.
Tragó saliva y se pasó una mano temblorosa por el cabello.
"¿Por qué sigo teniendo una pesadilla tan aterradora?", se preguntó, realmente asustado.
¿Un Urekai?
Nadie en este mundo rezaba por encontrarse con un Urekai en su vida. Y desde luego, Emeriel no era la excepción.
Sin embargo, incluso con todo el terror en su interior, el ardor del sueño permanecía en su cuerpo. Su intimidad se sentía diferente, húmeda.
¿Qué significaba eso?





