Isabella Vargas, con cuatro meses de embarazo, llegó sin avisar a la hacienda en las afueras de Sevilla.
Era para un ensayo de flamenco, o eso creía ella.
Pero lo que vio la dejó helada.
Su marido, Mateo Herrera, estaba en medio de una celebración. Un bautizo.
Él sostenía en brazos a un bebé que no era suyo, junto a una mujer llamada Sofía. Sofía, la supuesta viuda desconsolada de uno de sus antiguos banderilleros.
Mateo actuaba como el padre de la criatura. Su cuadrilla, su séquito de aduladores, lo rodeaba, aplaudiendo su "gran corazón".
Isabella se escondió detrás de una columna de piedra, el corazón martilleándole en el pecho.
"Isa se ha vuelto tan celosa últimamente, tan dramática", escuchó decir a Mateo. "Es mejor que no sepa nada de esto, no quiero alterarla con su estado".
El mundo de Isabella se vino abajo. Siete años de amor, de confianza, hechos añicos en un instante.
Sacó su teléfono con manos temblorosas y marcó un número.
"Papá", dijo con la voz rota. "Tenías razón".
Hizo una pausa, tragando saliva para contener un sollozo.
"Quiero volver a casa. Prepara todo para que mi hijo y yo nos vayamos de España".
Al otro lado de la línea, la voz de Don Alejandro Vargas sonó firme, sin un atisbo de duda.
"Ya está todo en marcha, hija. Vuelve a casa".
Isabella colgó. Miró una última vez la escena. Mateo, su marido, el hombre por el que lo había dado todo, sonreía a otra mujer y a otro niño.
Llevaban siete años juntos, tres de casados.
Ella, una bailaora de renombre. Él, un extorero cuya fama se desvanecía.
Ella había financiado su nuevo negocio de "experiencias taurinas" con su propio dinero, con el capital de su familia.
Y él le pagaba así.
"Isa no sabe nada, ¿verdad?", preguntó uno de los amigos de Mateo.
"Claro que no", respondió otro, con una risa burlona. "Mateo prefiere tenerla en la ignorancia. Así disfruta de lo mejor de dos mundos".
La rabia empezó a sustituir al dolor.
Mateo, ajeno a todo, levantó su copa.
"Si Isa se entera y no lo acepta, pues se acaba. No voy a rogarle a nadie".
Qué frías sonaban sus palabras. Qué crueles.
Isabella recordó todas las veces que Mateo había desaparecido. Las noches que no había vuelto a casa.
"Tengo que ayudar a Sofía, la pobre lo está pasando muy mal", le decía.
Y ella, ciega de amor, le creía. Le daba dinero, le ofrecía su apoyo.
Ahora veía la verdad. No era ayuda, era un engaño.
Sofía, la "pobrecita", se acercó a Mateo con lágrimas en los ojos.
"Mateo, no sé qué haría sin ti. Eres un ángel para mí y para mi hijo".
Él la abrazó, protector.
"Tranquila, Sofía. Siempre cuidaré de vosotros".
Los amigos de la cuadrilla se reían por lo bajo.
"Este Mateo es un campeón. Tiene a dos mujeres comiendo de su mano".
"Apuesto a que la bailaora nunca lo dejará. Lo quiere demasiado".
Isabella apretó los puños. El dolor era inmenso, pero una extraña calma la invadió.
Este sufrimiento tenía fecha de caducidad.
Pronto, muy pronto, todo terminaría.





