Días después, en el tablao donde Isabella actuaba, Sofía apareció.
No fue una casualidad.
Se acercó a su mesa, con una sonrisa provocadora.
"Qué bien te lo pasas, Isabella. Mientras, Mateo estaba en el bautizo de mi hijo. Fue una ceremonia preciosa".
Isabella la miró, sin decir una palabra.
"Me ha dicho que quiere divorciarse de ti", continuó Sofía, subiendo el tono. "Quiere casarse conmigo, darle su apellido a nuestro hijo".
La palabra "nuestro" fue un golpe directo al corazón de Isabella.
De repente, Sofía tropezó, cayendo al suelo justo cuando Mateo entraba en el local.
"¡Ay!", gritó, haciéndose la víctima. "¡Isabella me ha empujado!".
Mateo corrió hacia Sofía, sin siquiera mirar a su esposa.
"¡Isa, por el amor de Dios! ¿Qué te pasa?", le espetó, mientras ayudaba a Sofía a levantarse. "¡Ten un poco de compasión!".
La humillación fue pública. Todo el tablao los miraba.
"Mateo, ese niño...", empezó a decir Isabella, buscando una explicación.
"¿Qué pasa con el niño? ¡Es el hijo de mi amigo fallecido! ¡Tengo una responsabilidad!", la cortó él, sin dejarla terminar.
"O ella o yo, Mateo. Elige", dijo Isabella, dándole un ultimátum.
Él se rio, como si ella fuera una niña caprichosa.
"No seas dramática, Isa. No me hagas elegir".
La cuadrilla, que había llegado con él, empezó a murmurar.
"Qué intensa es esta mujer".
"Siempre montando un escándalo".
"Pobre Mateo, la que tiene que aguantar".
Isabella se sintió completamente sola, rodeada de lobos.
Cansada de luchar, se levantó y se fue, sin mirar atrás.
Los amigos de Mateo la vieron marchar.
"Ya volverá. Siempre vuelve".
Mateo, convencido de ello, sonrió.
"Luego hablaré con ella y se le pasará el berrinche".
Pero Isabella no volvió.
Al llegar a casa, a la finca que ella había comprado, empezó a empaquetar.
Sacó de las paredes los cuadros, las fotos, los recuerdos. Todo lo que la unía a él.
Poco después, vio el coche de Mateo entrar por el camino de la finca.
No venía solo. Sofía y su bebé estaban con él.
Los vio instalarse en la casa de invitados, como si fuera lo más normal del mundo. Los vecinos los miraban desde sus jardines, asumiendo que eran una familia feliz.
La rabia le quemaba por dentro.
Mateo entró en la casa principal y la encontró en medio del salón, rodeada de cajas.
"¿Qué haces?", preguntó, molesto.
"¿Qué crees que hago? Me voy", respondió ella con frialdad.
"¿Y ellos?", preguntó Isabella, señalando hacia la casa de invitados.
"No tienen a dónde ir, Isa. Sé comprensiva", dijo él, con fastidio.
"¿Y si no quiero serlo?".
Mateo la miró con desdén.
"Pues si no te gusta, la puerta es muy grande. Te puedes ir".
En ese momento, Isabella se dio cuenta de algo terrible.
Él había olvidado que ella estaba embarazada. Había olvidado todas las promesas que le hizo, la ilusión con la que esperaban a su hijo.
Para él, ahora solo existían Sofía y su bebé.
"Me iré", dijo Isabella, con una calma que lo desconcertó. "Pero no me iré sola".
Se tocó el vientre.
"Mi hijo y yo nos vamos".





