De este modo iba creciendo Paloma, quien, al llegar a los diez y ocho años, era la imagen acallada de la inocencia y de la hermosura, hasta el punto de que las madres del dominio la presentaban a sus hijas como modelo de generosidad, recato, sencillez y, en resumen, de las más preciosas virtudes que deben adornar a una joven.
A esto se debió que se prendara de ella un valiente y apuesto caballero, llamado el conde Sigifredo, el cual era igualmente querido y respetado de todos por la nobleza de su estirpe y las bellas cualidades de su carácter.
Habiendo un día salvado la vida al duque en una batalla, éste le invitó, al terminarse la campaña, a que pasara une temporada en su castillo, durante cuyo tiempo llegó a cobrarle tal cariño, que gustoso se prestó a darle su hija en matrimonio.
El día en que Paloma debía partir con su esposo, fue de verdadero dolor para todos los habitantes de la comarca en que se hallaba situado el castillo del duque, sin que hubiera uno solo que, al ausentarse la joven, dejara de derramar lágrimas, con las cuales confundíanse también las de Paloma, así como las de su padre, el cual dijo a aquélla, al darle el abrazo de despedida:
"Ve, hija mía; tu madre y yo llegamos ya a la ancianidad, e ignoramos si aun nos es dado aguardar la dicha de volverte a ver algún día. Confía en Dios, sin embargo, y no dudes que Él te acompañará adondequiera que se dirijan tus pasos; sigue constantemente fiel a los preceptos de virtud que te han inculcado tus padres, y jamás abandones la senda del deber, pues, de este modo, nosotros estaremos siempre tranquilos respecto a tu suerte y moriremos satisfechos."
Luego, su madre, abrazándola a su vez, díjole con la voz ahogada por los sollozos:
"Adiós, mi querida paloma. Dios te acompañe y te dé su bendición. Ignoro lo que el destino te tiene reservado, pero abrigo los presentimientos más crueles, aunque no acierte a explicarme la causa de ellos. No obstante, siempre has sido una hija obediente y cariñosa para tus padres; nunca, nos diste el más leve, motivo de pesadumbre, y así debes conservarte en lo sucesivo, apartándote siempre de cuanto pueda avergonzarte ante tu propia conciencia. Te lo repito; sé siempre buena y virtuosa, aunque jamás debamos volver a vernos en este mundo."
Acto seguido, los padres de Paloma volviéronse hacia el conde y le hablaron en esta forma, cada cual a su turno:
"Puesto que es necesario, lleváosla, hijo mío; ella es nuestro más preciado tesoro y la mejor recompensa a que podíais aspirar. Amad a la pobre niña y sed para ella el padre y la madre de que habrá de carecer en lo sucesivo."
Así lo prometió el conde Sigifredo, y arrodillándose, así como Paloma, ambos recibieron la bendición paternal. En aquel instante apareció el obispo que había de bendecir la unión de los dos jóvenes esposos, el cual llamábase Hidolfo y era un piadoso y venerable anciano, de cabellera blanca como la nieve, si bien sus mejillas estaban aún frescas y sonrosadas. Cuando estuvo ante los jóvenes, dióles también su bendición y díjoles, aunque dirigiéndose particularmente a Paloma.
”No lloréis, noble condesa. Dios os tiene reservada una inmensa dicha, aunque por caminos muy distintos de los que podéis imaginar al presente. Llegará un día en que, cuantos nos hallamos aquí, daremos por ello gracias con lágrimas de alegría. No olvidéis nunca, hija mía, las palabras que acabo de pronunciar, y creed que pronto os sobrevendrá unacontecimiento extraordinario. ¡Quiera Dios no abandonaros jamás!"
Estas misteriosas palabras del piadoso anciano, llevaron al corazón de todos los circunstantes la firme creencia de que Paloma estaba destinada providencialmente a pasar por grandes y maravillosas aventuras, y esto mitigó algún tanto el dolor que les causaba su partida. Inmediatamente, el conde ayudó a su joven y desconsolada esposa, cuyas mejillas, inundadas por el llanto, parecíanse a los lirios cuajados de rocío, a montar en el magnífico palafrén, espléndidamente enjaezado y dispuesto para ella, lanzándose a su turno sobre su brioso corcel, y en breve desaparecieron ambos, escoltados por una brillante comitiva.





