El conde residía en un castillo denominado fortaleza de Siegfridoburgo, situado en un bellísimo paraje, entre el Mosela y el Rin.
Al llegar a sus puertas el conde, acompañado de su joven esposa, estaban ya dispuestos a recibirlos todos sus sirvientes y vasallos de ambos sexos, ataviados con sus mejores galas. La amplia portada del castillo estaba adornada con verdes follajes y espléndidas guirnaldas, y por todo el tránsito hallábase el camino cubierto de flores.
Todas las miradas estaban fijas en Paloma, pues los vasallos del conde Sigifredo tenían gran curiosidad por conocer a la que sería su nueva señora.
Todos quedaron asombrados al verla, pues la belleza del alma de Paloma asomábase por completo a su hermoso rostro, cuya angelical expresión conmovió los corazones de todos los circunstantes.Apenas se apeó Paloma, saludó a todos los habitantes del señorío de su esposo con palabras llenas de dulzura y bondad; dirigíase preferentemente a las madres, que la rodeaban llevando en brazos a sus tiernos hijos, y a los cuales hablábales con cariño, informándose de la edad y nombre de los niños, y obsequiando a todos tan generosamente, que acabó por conquistarse las generales simpatías, que se convirtieron en un verdadero frenesí de agradecimiento, cuando el conde Sigifredo hizo saber a todos los presentes que, a ruegos de su esposa, iba a doblar durante aquel año el sueldo de todos sus soldados y el salario de todos sus sirvientes; que por igual tiempo quedaban libres sus vasallos de pagar arrendamiento, y que todos los pobres que no mendigaran recibirían un espléndido regalo, consistente en granos y leña. Lágrimas de gratitud brillaron en todos los ojos, y todos felicitábanse a porfía por tener unos señores tan buenos y generosos como el conde y su joven esposa, por cuya felicidad hacíanse los más ardientes votos.
Hasta los guerreros, soldados veteranos del conde, que permanecían impasibles, cubiertos con su centelleante armadura, teniendo a un lado la espada y la lanza en la mano para hacer los honores a su señor, no pudieron impedir que, sobre sus bigotes, brillaran las lágrimas que deslizábanse por sus bronceadas mejillas.





