No supe el momento exacto en que me sedaron.
Lo siguiente que supe fue cuando desperté de nuevo y estaba en una camilla en movimiento, con el mismo doctor. Esperando, paciente, que me hicieran todos los estudios que debían hacerme, por lo que me explicó el doctor al notar que estaba despierta.
Placas, tomografías...
Escuché nombres tan raros durante mi paseo por el hospital que me rendí de intentar entenderles. Solo me dediqué a cerrar los ojos, buscando de nuevo esa voz que me hacía sentir tanto.
Cuando regresé a la habitación ya no la sentía fría, alguien había abierto la ventana y la luz del sol se colaba en el interior, calentándome.
Un par de enfermeras me ayudaron a acostarme con cuidado en la cama. Las vías regresaron a mis brazos pálidos, provocándome una mueca. Luego el doctor entró, seguido de un carrito de comida que traía un enfermero, sonriéndome con ciertas lágrimas cuando me puso la bandeja en la mesita de la cama.
No sabía el hambre que tenía hasta ese instante, cuando el olor de la sopa en la bandeja llegó a mi nariz y se me hizo agua la boca. Levanté una de mis manos, con algo de dificultad por los temblores que venían a mí por la debilidad, tomé la cuchara con una mueca, pero no pude seguir.
Miré al sujeto con tristeza, desechando mi intento de comer sola, y dejé que el enfermero con el tapabocas, la bata y el gorro del hospital se sentase a mi lado para ayudarme a comer.
— ¿Puedes hablar? — preguntó el doctor sosteniendo una tablilla metálica en sus manos.
El enfermero, con mucho cuidado me ayudó a probar un poco la comida, haciendo que un gemido de satisfacción se me escapara.
Asentí en dirección al doctor luego de saborear otra cucharada y este levantó una ceja esperando que le demostrara que sí podía hacerlo.
— Si puedo, pero duele un poco — respondí con voz rasposa, todavía sintiendo el maltrato del tubo de oxígeno.
— Bien, esto será rápido — aceptó el doctor con un leve asentimiento.
El enfermero tomó una de mis manos, dándome calor y fuerza, y luego me guiñó uno de sus ojos claros antes de llevarme otra cucharada de sopa a la boca. Estaba deliciosa.
— ¿Sabes en qué año estamos? — pregunta el doctor, mirándome.
Negué con la cabeza con una mueca.
Recuerdo que cuando dormí era un año relacionado con dos mil, pero no sé exactamente cuál.
— ¿Sabes tu nombre? — el enfermero me dio de nuevo una cucharada bajo la atenta mirada del doctor que esperaba mi respuesta.
— No — susurre, sintiendo como ardía mi garganta por el maltrato.
Con un movimiento le pedí más al enfermero. Aunque ahora lo sentía un poco triste mientras me miraba. Sus ojos claros estaban apagados, sin mostrar la vida que tenían cuando entró a la habitación, y por un momento quise preguntarle sobre el motivo de su tristeza, pero el doctor me llamó para una nueva pregunta de la que seguramente no tendría respuesta.
— ¿Cuántos años tienes? — Pregunta el hombre, mirándome más serio que antes.
— Cumplí veintiún años hace unos meses — respondí en voz baja, diciendo los pocos datos que sé sobre mí.
— ¿En qué mes?
Bebo un poco más de sopa, frunciendo el ceño, tratando de recordar. Los ojos de ambos me miraban a la expectativa, pero yo no tenía una fecha exacta para darles, mi mente estaba en blanco totalmente.
«— Ya, dime lo que era tan importante que no podía esperar el inicio del programa — dije con diversión, encerrándonos en uno de los estudios de grabación del estudio.
— ¿Quieres ser mi novia? — preguntó de inmediato, tomando mis manos entre las suyas.
— Yo... Yo... — respondí con una amplia sonrisa, arrojándome a sus brazos — ¡Por supuesto que sí!»
— El 27 de Noviembre — murmuré la única fecha que vino a mi mente con ese recuerdo.
El doctor soltó un suspiro frente a mí, negando con la cabeza ante mi respuesta.
Me sentía como un examen de la preparatoria donde de mi resultado dependía mi alta de este estúpido hospital. Miré al enfermero para pedir un poco más de comida, ya que estaba deliciosa, pero este tenía la mirada gacha y estaba... ¿Llorando?
—Sal, dile a la enfermera Solange que entre — le dice el doctor al joven, mirándolo con lástima.
Los miré confundida con la situación, el doctor se notaba igual de triste que el chico que acaba de salir de la habitación y yo no estaba entendiendo nada de esto. Me sentía un espectador fantasma al que nadie quiere darle las respuestas de lo que está sucediendo a su alrededor.
— Tú nombre es Bianca Turner, y tienes veintidós años, el pasado 4 de enero los cumpliste — explica el doctor, dejando la tablilla metálica en el soporte a los pies de la cama.
Una enfermera de tez morena y cabello rulo entra con una amplia sonrisa, saludándome. Le indica que debe ayudarme a comer y, estuvo a punto de abandonar la habitación con la misma mirada gacha que tuvo al notar mi falta de memoria, pero mi curiosidad pudo conmigo y alcancé a preguntarle:
— ¿Cuánto tiempo estuve en coma?
La tensión en el cuerpo se notó claramente en su espalda, demostrando que lo tomé con la guardia baja con mi pregunta. Sus hombros se movieron con una pequeña rotación para relajarse, mirándome sobre su hombro con una mueca de tristeza en el rostro que me erizó la piel.
— Nueve meses — dice en voz baja.
— ¿Qué...? — Pregunté con labios temblorosos, deteniendo la cuchara de comida que me ofrecía la enfermera.
Mis manos fueron las siguientes en comenzar a temblar, luego las lágrimas regresaron a mi rostro con el gran nudo en mi garganta y estómago, apoyando en este último mi mano mientras mi llanto se desbordaba enfrente de ellos sin que yo lo entendiera en lo absoluto. Murmullos lejanos se escuchaban en mi mente, una conversación con alguien que me animaba a intentarlo.
Pero ¿A intentar qué?
Cerré los ojos con fuerza, llevando mis manos a la cabeza para presionar mi mente y que así me regresara mis recuerdos. La enfermera y el doctor buscaron evitar que yo me hiciera daño, calmando los espasmos del llanto que me cargaron por completo del resto de la habitación.
El plato de comida estaba volcado, toda la sopa se deslizaba por la mesita temblorosa en mis piernas, perdida por completo como el apetito que tenía hace unos momentos.
Quería volver a dormir, volver al coma para recuperar mis recuerdos donde sea que se hayan quedado olvidados. Quiero recuperar mi vida, todos los lazos que hice a lo largo de mi vida con las personas que me importan, no quiero vivir en la ignorancia por culpa de lo que sea que me trajo hasta este hospital.
— Bianca ¡Por favor! — grita el doctor, tomándome de los hombros para sostener mi cuerpo contra la cama y detener así los temblores del llanto.
— ¡Quiero mis recuerdos de vuelta! — Lloré, mirándolo —. Quiero saber quién soy.
— Y lo sabrás nena, lo sabrás — me consuela con un deje ronco en la voz, como si también estuviera aguantando su propio dolor —, pero primero debes recuperarte. Salir de este hospital.
— Me duele — hablé apoyando una de mis manos sobre mí pecho, donde mi corazón latía acelerado con la misma frustración que yo estaba sintiendo.
— Ya pasará, Bianca — me consoló el hombre.
La enfermera retiró la mesita de la comida en silencio, de seguro viéndome con lástima por mi estado deplorable. El doctor me acunó en sus brazos mientras lloraba y yo me aferré a él, sintiendo que era mi ancla a esta nueva realidad, a esta nueva vida.
— Vas a recuperar tus recuerdos, ya lo verás — murmura el doctor, mientras me arrulla en sus brazos y una aguja pincha mi brazo, adormeciendo mis movimientos segundo a segundo —. Yo te voy a ayudar a recuperarlos.
— ¿Cómo? — murmuré, comenzando a cerrar mis ojos por el cansancio.
— Pronto sabrás cómo.
Y como en ese recuerdo, los acordes suaves de una guitarra se escucharon en la habitación cuando cerré los ojos, siendo arrullada de nuevo por esa voz.
¿Quién eres?
Eso era lo que quería preguntarle al cantante en mis sueños antes que la oscuridad me reclamara de nuevo. Ese que me mantenía anclada con una luz de esperanza al final del camino.





