Te Recuerdo

Ya cuando mis ojos volvieron a abrirse no estaba sola en la habitación, ni estaba sobre una camilla para hacerme exámenes sin final. Cuando desperté era de noche, una mujer de cabello azabache sostenía mi mano con fuerzas, dormida mientras estaba sentada en la silla junto a la cama. Y un desconocido de cabello castaño miraba por la ventana con el ceño fruncido.

La luz de la ciudad se colaba brevemente por la ventana, donde yo alcanzaba a apreciar las pequeñas luces de colores a la distancia. Intenté recordar las diferentes calles de la ciudad más allá de esta habitación de hospital, pero como todo en lo que mi vida concierne desde que desperté: estaba en blanco.

— ¡Gracias al cielo! — soltó la mujer a mi lado, levantándose con una sonrisa de ojos llorosos mientras sus manos apretaban las mías —. Bianca, cariño ¿Cómo estás?

Sus ojos azules se encontraban acuosos, aclarándose cada vez más con las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas. Se veía mayor con las pequeñas arrugas similares a una patita de gallo junto a sus ojos, y con las leves canas que no alcanzaba a ver mientras dormía incómodamente en esa silla.

La miré sin demostrar mucha emoción, no podía hacerlo después de todo, no la conocía.

¿Qué puedo decir en momentos como este?

Solo me puedo permitir apreciar las vestimentas de ambos sujetos para ver si evocan algún recuerdo en mi memoria. Tanto del hombre, que ahora me mira con una amplia sonrisa igual a la de la mujer que está a mí lado, como de la mujer que parece querer arrancar la mano de mi cuerpo.

Él luce como todo un hombre de negocios, tiene un traje negro con camisa blanca y corbata negra, aunque esta última estaba desatada y los tres primeros botones de la camisa estaban abiertos. Lucía bien, como alguien que fue bastante atractivo en su época joven. Sus ojos cafés me miraban con gran emoción, y un cierto deje de admiración se denotaba en la mirada, trayendo un leve recuerdo de una niña pequeña corriendo a sus brazos diciendo:

— ¿Papá?

La mujer soltó un sollozo, enterrando su rostro de nuevo entre sus manos y el colchón de la cama donde estoy, murmuraba miles de cosas que no alcanzaba a entender del todo, pero que si se alcanzaba a escuchar un leve agradecimiento a un Dios. Comencé a detallarla con el mismo cuidado que el hombre que acaba de asentir con emoción desde la ventana. Su cabello azabache estaba amarrado en un pequeño moño desaliñado, dejando caer algunos mechones sobre su pálido rostro. Llevaba ropa formal, casi como el hombre de la ventana, una camisa azul bebé holgada y pantalones negros apretados. Bastante bella.

Y cuando levantó la mirada, sus ojos estaban rojizos por el llanto, tan azules como los míos cuando desperté en uno de los pasillos del hospital esperando a que hicieran algún examen de rutina para mi estado actual y alcancé a vislumbrarlos en una de las rendijas metálicas que el hospital siempre mantiene impecables y limpias.

No estaba sonriendo como el hombre, ella todavía estaba en un tiempo donde seguramente yo seguía dormida.

Cerré mis ojos un momento, pensando en sus ojos azules, en la familiaridad que tiene su rostro en mí...

— Hola mamá — murmuré con media sonrisa, recordando a esta mujer, aunque un poco más joven, ayudándome a hacer tartas de chocolate para un proyecto de la preparatoria.

Era lo único que podía recordar, intentar forzar a mi mente para que me diera más detalles era inútil, no los obtendría en este momento. Solo me ganaría un dolor de cabeza que no me va a hacer bien en lo absoluto.

El doctor Scott me explicó que el proceso sería lento, que no tengo una pérdida de memoria total. No es algo relacionado a mí accidente, es más algo psicológico. Yo misma resguardé mis recuerdos para no ser herida, según escuché a una psicóloga que me examinó hoy cuando viajaba en la camilla con todos los demás. Luego la conocería a fondo, o bueno, eso alcancé a escuchar en mi estado de mareo e inconsciencia por el calmante que me aplicaron.

Mi memoria regresaría, pero lo haría cuando yo me sintiese segura.

— ¿Qué tanto recuerdas? — Pregunta mi padre, sentándose con cuidado en la cama, tomando mi otra mano entre las suyas — El doctor dijo que tenías pérdida de memoria, cariño.

— ¿Te duele algo? — Pregunta entonces mi madre, levantándose de un salto de la silla. Toma mi rostro en sus manos y frunce el ceño preocupada — ¿Tienes hambre?

— Sé que me llamo Bianca porque el doctor me lo dijo, al igual que me dijo mi edad y mi cumpleaños —explico en voz baja a papá ya que no sabía cómo responder a mi madre.

¿Me dolía algo? Sí, pero no es algo físico.

¿Tengo hambre? Tal vez, no he probado un bocado bien desde que desperté.

La tarea de hablar se me seguía dificultando un poco por la incomodidad en la garganta y porque mi boca tendía a dormirse en algunas oportunidades. Algo normal también, despertar de un estado de coma de nueve meses no es tan deteriorado como cuando son años, pero el cuerpo si comienza a perder musculatura y algunas funciones se me dificultaran. Como dijo el doctor: Fue como si yo volviese a nacer.

— ¿Sabes cómo nos llamamos? — Pregunta de nuevo, mi papá.

No. Respondí en mi mente, buscando sus nombres en la nada de mi cabeza sin obtener mayor resultado.

— ¿Eso que importa? — Exhala mamá, mirándolo con el ceño fruncido—. Debemos preocuparnos por lo que siente, el doctor dijo que no ha podido comer mucho desde que despertó.

En eso tenía razón, la última comida que recuerdo terminó en el olvido por mi descontrol en mis emociones, o como sutilmente lo dicen aquí en el hospital: Ataque de pánico.

— Me han tenido que dormir — admito con un cierto deje de vergüenza en mi voz.

No puedo mentir, ellos de seguro recibieron cada informe de mi progreso en esta habitación.

— Nos dijeron que te dieron algunos ataques de pánico — responde mi padre palmeando mi mano con media sonrisa —. Vas a estar bien.

— Voy a traerte algo de comida, debes tener hambre — dice mi madre, tomando su bolsa de la mesa con apuro.

— Gracias, supongo — murmuro, bajando la mirada.

¿Qué tan extraño es recibir el afecto de tus padres sin saber corresponderle?

Me siento como una extraña que le intenta robar la vida a alguien más. Ellos me quieren, tienen muchísimos recuerdos de mí, pero yo no tengo nada, solo tengo vagos trozos de mi vida con ellos que no comprendo. Haciéndome sentir más excluida que nunca.

¿Cómo esperan que actúe normal cuando no sé ni siquiera como hablarles?

— Ya se fue, cariño — murmura él, levantando mi rostro con sus dedos para que lo mire —. Tranquila, nosotros entendemos que no nos recuerdes, no te fuerces a hablarnos como en el pasado, vive tu presente.

— Quiero saber quién soy — digo con un nudo en mi garganta, un par de lágrimas cayeron por mis mejillas y yo cerré los ojos, llorando —. Odio sentirme perdida, siento que ocupo el lugar de otra persona.

— Te ayudaremos a recordar — me anima con media sonrisa. Toma su teléfono del bolsillo del saco y sonríe, buscando algo en el —. Este vídeo es viejo, pero es de una presentación que hiciste en el programa. Cuando cantaste a modo de apertura para los cuartos de final.

Los recuerdos de mi vida de pequeña en el estudio vinieron como pequeños flashes. Mostraban a una niña cantando, bailando, riendo, jugando... Toda mi vida estuve en el estudio de la familia.

— Mira.

Tomé el celular que me tiende con manos temblorosas, viendo un bello escenario con luces de diferentes colores, donde una pequeña tarima se eleva en el centro, trayendo consigo a una chica con shorts negros, top y chaqueta de cuero.

— Soy yo — suspiro, sorprendida, viéndome sonreír en ese escenario mientras me acercaba al micrófono sostenido por un soporte.

— Así es.

Tomé el micrófono en mis manos, mirando al público. Mis ojos claros se notaban nerviosos, como si buscaran a alguien ¿Al hombre de mis sueños, el que canta, tal vez?

— Gracias por venir hoy aquí — decía, ajustando el micrófono a mí altura —. Espero que la estén pasando bien.

¿Esa soy yo?

Miré a mi padre, con la pregunta reflejada en mis ojos, seguramente. Porque la mujer en el teléfono se veía segura, feliz, cantando como si su corazón estuviera en el escenario y yo no me veía así ahora. No después de todo lo que he olvidado.

— Esa eres tú, cariño — respondió con algunas lágrimas en sus ojos —, brillando como siempre en el escenario.

— ¿Cuál es el nombre de la canción? — Pregunté con voz temblorosa.

— Bring Me To Life de Evanescence.

Abrió una pestaña de búsqueda en el navegador del teléfono, tecleando el nombre en una aplicación de color rojo que mostraba muchos videos, y luego le dio a reproducir al primero de ellos que mostraba la letra de la canción. Llenando la habitación de una voz maravillosa, potente, única...

¿Cómo pude cantar algo como eso?

Dejé que la canción fluyera en el pequeño espacio, que la melodía se mezclara con mi cuerpo incitándolo a bailar, que la letra se grabara en mi mente como un nuevo mantra. No supe cuando comencé a llorar en silencio, tampoco me molesté en ocultar las gruesas lágrimas que bajaban por mis mejillas cuando cerré los ojos.

Por un momento me imaginé en el escenario que papá me mostró, cantándole a un público que me quería, que le gustaba escucharme. Me vi feliz, dejándome llevar por la música. Incluso pude imaginar a las personas del público, a una mujer que, sentada en una solitaria silla me sonreía con cariño. Hasta que vi una sonrisa sin igual entre las personas que me aceleró el corazón con una emoción distinta.

Miré mis manos de nuevo, las notaba borrosas por las lágrimas, pero no podía haber dudas: estuve en un recuerdo.

¿De quién era esa sonrisa? Quise saber de inmediato al sentir este extraño sentimiento en mi pecho, cuando escuché los latidos acelerados de mi corazón.

¿Qué significa?

— La música es tu mundo, Bianca — habló papá trayéndome de nuevo a la habitación con más dudas que respuestas, apartando el teléfono de mi mano para luego limpiar mis lágrimas con sus dedos pulgares. Con cariño.

Abrí la boca, buscando las palabras para describir lo que siento con esta nueva revelación; pero alguien abrió la puerta y me miró con la misma sorpresa que yo a él.

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