"Dado que no le interesan los autos deportivos, el señor Hughes está dispuesto a ofrecerle treinta millones adicionales como compensación…", prosiguió Dean.
"Eso no será necesario", lo interrumpió Natalie.
"¿Qué? ¿No está satisfecha?", soltó el desconcertado asistente, congelándose por un momento.
Sin decir nada, ella sacó un tarjetero de su bolso y lo deslizó sobre la mesa.
"Aquí están todas las tarjetas bancarias que Connor me dio. No las he usado. Por favor, devuélveselas. Y con respecto al dinero y las propiedades…", empezó. Tras soltar una risita, negó con la cabeza y añadió: "No lo necesito".
"Puede estar tranquila: los documentos legales fueron notariados por el abogado del señor Hughes. No hay ninguna condición oculta. Además, debido a la integridad de mi empleador, él nunca solicitaría el dinero de vuelta. Así que puede quedárselo sin preocupaciones…", respondió con calma el siempre impasible Dean, pues hasta él había asumido que ella era una mujer movida por la codicia.
"El código de acceso a la Villa Tranquil es 0921", dijo Natalie, levantándose de su asiento, claramente desinteresada en seguir con esa conversación. "Sacaré mis pertenencias antes de las ocho de la noche. Después de eso, los invito a revisar el lugar".
Acto seguido, se dio la media vuelta y se fue.
Dean dudó brevemente antes de contactar a los bancos en los que se habían abierto esas cuentas.
"¿Nunca las usó?", exclamó atónito, tras escuchar la confirmación del otro lado de la línea.
No podía creer que esa fuera la misma mujer que, tres años atrás, había pasado la noche con Connor, aprovechándose de que estaba ebrio, y que supuestamente después se había vendido a él por cinco millones.
Tras una breve pausa, el asistente guardó todos los documentos y se dirigió a la oficina.
Luego, parado frente al escritorio de Connor, repitió las palabras de Natalie.
El jefe dejó de trabajar y entrecerró sus afilados ojos, que tenía clavados en el tarjetero frente a él. "¿Nunca gastó ni un centavo?", preguntó.
"Verifiqué con los bancos. No solo están los fondos intactos, sino que también hay tres millones adicionales en las cuentas", corroboró Dean.
La expresión de Connor se ensombreció tras oír eso.
"En cuanto a la Villa Tranquil, la señorita Simpson me pidió que recogiera las llaves esta noche a las ocho", añadió con cautela el empleado, al percibir el cambiante humor de su patrón.
Connor permaneció callado unos segundos, antes de volver casualmente a su trabajo, como si ese asunto no tuviera importancia, mientras decía: "Encárgate de eso".
Natalie se fue de Villa Tranquil y regresó al modesto departamento que rentaba.
Nunca se había engañado pensando que pertenecía al lujoso fraccionamiento; por eso, había mantenido su departamento en buen estado, así que regresar a él fue relativamente sencillo.
Ahora, con los seis meses que le quedaban de vida, podía despedirse de todo en sus propios términos.
La noche pasó en silencio.
Al amanecer, Natalie se levantó temprano. A diferencia de Villa Tranquil, su departamento estaba mucho más lejos del Grupo Hughes, donde trabajaba, así que se saltó el desayuno y salió apresuradamente de su hogar; apenas llegó a tiempo al trabajo.
Mientras se acomodaba, sus ojos se posaron en la carta de renuncia que mostraba la pantalla de su computadora. Las dudas comenzaron a invadirla.
"¡¿Oye, se enteraron?! Hoy viene un pez gordo. ¡Vi a la directora maquillándose cuando le llevé su café!".
Natalie borró la última línea de su carta, pues se le había ocurrido una mejor forma de redactarla.
"¡Qué sorpresa! ¿La directora, que nunca deja que nadie se le acerque, realmente está haciendo un esfuerzo por este hombre? Lleva años ignorando al heredero de los Bailey, ¿pero ahora se arregla para alguien más? ¿Quién es el misterioso sujeto?".
"Escuché que tiene fuertes lazos con la directora. La familia Bailey la ha estado acosando por ese contrato, así que este hombre viene a ponerle un alto".
"¿Un héroe inesperado? ¡Vaya! Imagínense tener el poder de espantar a los Bailey así".
Kaitlin Marsh, que estaba sentada cerca de los chismosos, soltó una risita burlona y luego les lanzó una mirada despectiva.
"¿De verdad no saben quién es?", preguntó, con una sonrisa de suficiencia. "Todo el mundo en la alta sociedad lo sabe. El único hombre que podría hacer que nuestra directora se enamore es…".





