Ricardo regresó a casa una semana después de nuestra pelea.
Cuando abrió la puerta, yo estaba sentada en el sofá, esperándolo.
Al verme, no mostró sorpresa, solo una profunda fatiga en sus ojos. Dejó su maletín y se aflojó la corbata, con un suspiro que pareció llenar toda la sala de estar de una pesadez sofocante.
"Ximena, estoy cansado. ¿Podemos no hablar de eso ahora?"
Su voz era monótona, sin emoción, como si estuviera hablando del clima con un extraño.
Pero yo ya no podía soportarlo.
"¿Cansado? Ricardo, te fuiste una semana. ¡Una semana! ¿Dónde estabas? ¿Con ella?"
Cada palabra salía con un esfuerzo, mi pecho se sentía apretado, a punto de explotar.
Él frunció el ceño, una expresión de impaciencia cruzó su rostro. "No empecemos otra vez. Dije que estoy cansado."
Se sentó en el sillón individual, lo más lejos posible de mí, y encendió la televisión, creando una barrera de ruido entre nosotros.
La indiferencia en sus ojos era peor que cualquier grito. Me hizo sentir pequeña, insignificante.
Al día siguiente, actuó como si nada hubiera pasado.
"El fin de semana hay un evento familiar en el instituto," dijo mientras se ponía la chaqueta. "Sofía estará feliz de ir. Deberíamos ir juntos."
Era la primera vez en años que me invitaba voluntariamente a un evento de su trabajo. Antes, siempre decía que eran aburridos, que no me gustaría.
Luego añadió: "Si quieres, podemos ir de compras antes. Cómprate un vestido nuevo."
Lo dijo sin mirarme, como si estuviera cumpliendo con una obligación. Pude ver el esfuerzo en su mandíbula, la forma en que sus labios se apretaban después de hablar. No era una oferta genuina, era una estrategia de paz, una forma de callarme.
Acepté. Por Sofía, me dije a mí misma. Por la fachada de una familia normal.
Pero en los días siguientes, una sensación pegajosa y pesada se instaló en nuestra casa. Era como si el aire se hubiera vuelto espeso, difícil de respirar. Cada conversación era forzada, cada silencio estaba lleno de cosas no dichas. La tensión era una presencia física, algo que casi podías tocar. Sentía una opresión constante en la garganta, como si me estuviera ahogando lentamente.
Una noche, estaba acostada en la cama, mirando el techo, cuando la puerta de mi habitación se abrió silenciosamente.
No me moví. Sabía que era él.
Oí el crujido del colchón cuando se acostó a mi lado. El silencio se estiró, pesado y expectante. Luego, sentí su mano en mi cintura, sus dedos moviéndose lentamente bajo mi pijama.
Su toque era frío, mecánico.
No había pasión, ni deseo. Era un gesto calculado, una especie de rendición forzada. Era como si me estuviera dando una limosna, un pago para que dejara de causar problemas. Era su forma de "hacer las paces", una ofrenda para restaurar la calma en su vida.
Me quedé rígida, sintiendo una oleada de náuseas. La luna fuera de la ventana era brillante y fría, tan indiferente como el hombre a mi lado.
No pude más.
Me di la vuelta para mirarlo en la penumbra.
"¿Fue por Estrella?"
El nombre salió de mis labios como un veneno.
Su mano se detuvo de golpe. Su cuerpo se tensó.
Por un momento, el único sonido fue nuestra respiración. Luego, explotó.
"¡Ya basta!" Su voz fue un rugido bajo y furioso en la oscuridad. "¡Te dije que no la mencionaras!"
Se levantó de la cama de un salto, su silueta recortada contra la ventana.
"¡No vuelvas a decir su nombre en esta casa! ¿¡Entendido!? ¡No vuelvas a decirlo!"
La furia en su voz era tan pura, tan intensa, que me dejó sin aliento. No era la ira de un hombre culpable, era la ira de un hombre cuyo santuario había sido profanado.
Y en ese momento, lo entendí.
No se arrepentía. No había vuelto por mí. Había vuelto a su casa, a su vida cómoda, pero su corazón, su devoción, seguían con ella. Con Estrella.





