No soy una loca.
No soy una mujer irracional y celosa que inventa cosas. Antes de esa noche, yo era Ximena, la esposa comprensiva, la madre devota, la mujer que todos envidiaban.
Pero la traición tiene una forma de despojarte de todas tus capas, de dejarte cruda y expuesta, hasta que lo único que te queda es el grito.
Necesito que entiendan por qué llegué a ese punto. Por qué tuve que romper todo en pedazos para poder respirar de nuevo.
Ricardo y yo nos conocimos en la universidad. Él era el estudiante brillante de ingeniería, ambicioso y carismático. Yo estudiaba comunicación y estaba enamorada de su inteligencia y su empuje. Nuestro noviazgo fue de película, de esos que todos admiran. Nos casamos un año después de graduarnos.
Nuestra vida era perfecta, o eso parecía desde fuera.
Compramos una casa bonita en un buen vecloeindario. Tuvimos a Sofía, nuestra hija, que se convirtió en el centro de mi universo. Todo era tranquilo, estable, envidiable.
Éramos el modelo de la familia feliz.
Pero esa felicidad no se construyó sola.
Cuando Ricardo empezó a trabajar en el instituto de investigación, era solo un ingeniero más con grandes sueños. El instituto estaba lleno de mentes brillantes, la competencia era feroz. Yo vi su potencial, y decidí que mi misión era ayudarlo a alcanzarlo.
Usé mis habilidades en comunicación, mis contactos. Me hice amiga de las esposas de sus superiores, organicé cenas, recordé cumpleaños.
Me acuerdo de hornear pasteles y postres para la madre del director, una mujer mayor y muy influyente a la que Ricardo apenas le dirigía la palabra. Ella tenía diabetes, así que investigué y aprendí a hacer postres sin azúcar, deliciosos y seguros para ella.
"Ximena, querida, siempre piensas en todo," me decía, apretándome la mano.
Cuando Ricardo necesitaba presentar un proyecto importante, yo pasaba noches enteras revisando sus diapositivas, puliendo su discurso, asegurándome de que cada palabra fuera perfecta.
Él a veces se burlaba. "Son solo ingenieros, Ximena, no les importan estas tonterías."
Pero sí importaban. Esas "tonterías" le construyeron una reputación de ser no solo brillante, sino también agradable y considerado. Le abrieron puertas.
Cuando Sofía nació, tomé una decisión. Dejé mi prometedora carrera en una agencia de publicidad para convertirme en madre a tiempo completo. No me arrepentí. Ver crecer a Sofía, cuidar de mi familia, me hacía sentir completa. Era mi elección, mi sacrificio voluntario. Mis antiguas compañeras me decían que estaba loca, que estaba desperdiciando mi talento.
Pero yo les sonreía y les mostraba fotos de mi familia feliz. "Esto es lo que siempre quise," decía, y en ese momento, lo creía de verdad.
Ricardo ascendía rápidamente. Se convirtió en jefe de departamento, luego en subdirector. Su éxito era mi éxito. Su felicidad, mi felicidad.
La primera vez que oí el nombre de Estrella fue hace poco más de dos años.
Ricardo llegó a casa emocionado, hablando de una nueva investigadora joven y talentosa que se había unido a su equipo.
"Se llama Estrella. Es increíblemente brillante, sus ideas son revolucionarias," dijo con un entusiasmo que no le había visto en mucho tiempo.
Unas semanas después, mientras revisaba una lista de asistentes para un evento, vi su nombre.
"Estrella... qué nombre tan poético," dije en voz alta, bromeando. "Ten cuidado, Ricardo, no te vayas a enamorar de tu estrellita."
Me reí, pero él no.
Por una fracción de segundo, vi algo en sus ojos. Un destello. No era molestia, no era diversión. Era... ternura. Una ternura suave y privada que no era para mí.
Duró menos de un segundo, y luego desapareció, reemplazado por su habitual expresión tranquila.
"No digas tonterías," dijo, y cambió de tema.
Pero esa imagen, ese destello de ternura ajena, se quedó conmigo. Fue la primera grieta en el perfecto edificio de mi vida. Una grieta tan fina que casi no se veía, pero que anunciaba el derrumbe que estaba por venir.





