El recuerdo de sus manos en mi cuello, apretando hasta que el aire se convirtió en un lujo, era tan vívido que me hizo jadear.
En mi vida anterior, esa fue mi noche de bodas.
Mateo me estranguló, con los ojos llenos de un odio que nunca entendí, culpándome por la vida miserable de Isabela, su verdadero amor.
Ahora, he renacido.
Estoy de vuelta en la polvorienta terminal de autobuses de mi pueblo, en el momento exacto en que todo se fue al infierno.
El motor del autobús chárter roncaba, impaciente. Nos llevaría a la Ciudad de México, y de ahí, un vuelo a España. Una beca prestigiosa de la Fundación Ramírez, un sueño para todos nosotros.
Mateo, mi prometido, sostenía todos los boletos y documentos en su mano, una cartera de cuero que parecía un arma.
"No podemos subir todavía," dijo, su mandíbula tensa. "Isabela no ha llegado."
En mi vida pasada, le rogué. Lloré. Le supliqué que subiéramos, que no podíamos perder esta oportunidad.
Él se negó.
Perdimos el autobús, perdimos la beca, perdimos el futuro.
Ahora, con el recuerdo de la muerte todavía frío en mi piel, solté su mano. El contacto me quemaba.
"Entonces, espérala tú," dije, mi voz tranquila, vacía de la histeria de antes.
Mateo me miró, confundido. "¿Qué dices, Sofía? No te pongas difícil."
"Digo que yo voy a subir a ese autobús," respondí, mirándolo directamente a los ojos. "Tú puedes quedarte aquí y esperar a tu amada Isabela."
Su rostro palideció. El pánico parpadeó en sus ojos, el mismo pánico que yo sentí en mi otra vida.
Javier, otro chico del pueblo que también había ganado la beca, se acercó, nervioso. "Chicos, el conductor dice que ya nos vamos. Sofía tiene razón, tenemos que subir."
La madre de Javier, una mujer que trabajaba en tres empleos para mantenerlo, nos miraba desde la distancia con una esperanza desesperada.
"¡No! ¡Ella no se va a ninguna parte sin mí!" gritó Mateo, agarrándome del brazo con fuerza. "Tú y yo somos uno, Sofía. A donde yo voy, tú vienes."
"Eso se acabó," dije, y con una fuerza que no sabía que tenía, me solté de su agarre. "Dame mi boleto y mis documentos."
"Están a mi nombre, como tu prometido. Son míos."
Mentira. La beca era individual. Él solo se había ofrecido a "cuidar" los papeles de todos, un gesto de control que en mi vida anterior acepté como amor.
Justo en ese momento, Isabela apareció, corriendo sin aliento, con una sonrisa falsa de disculpa en su rostro. Llevaba un vestido demasiado caro para nuestro pueblo, un regalo de Mateo, sin duda.
"¡Ay, lo siento tanto! ¡No encontraba mis zapatos!" dijo, aferrándose al brazo de Mateo de una manera que era todo menos fraternal.
Isabela, la mujer que se hacía pasar por la "hermana adoptiva" de mi padre, la leyenda del fútbol. Una mentira construida por el padre de Mateo, el corrupto líder sindical, para que ella pudiera acercarse a mi herencia.
El conductor del autobús tocó la bocina, un sonido largo y final.
"¡Espera!" gritó Mateo.
Pero las puertas se cerraron con un silbido neumático. El autobús comenzó a moverse lentamente, dejando una nube de humo diésel.
Todos los demás becarios nos miraban desde las ventanas con una mezcla de lástima y enojo.
Mateo e Isabela se quedaron congelados, viendo cómo su futuro se alejaba por la carretera.
Yo, sin embargo, sentí una extraña calma.
El primer paso de mi venganza acababa de comenzar.





