El pánico estalló.
"¡Perdimos el autobús! ¡Por su culpa!" gritó una chica, señalando a Isabela.
La madre de Javier se llevó las manos a la boca, sus ojos llenos de lágrimas. El sueño de su hijo se había hecho humo.
Isabela comenzó a sollozar, escondiendo su rostro en el pecho de Mateo. "No fue mi intención, lo juro..."
Mateo la abrazó con fuerza, lanzando una mirada asesina a los demás. "¡Cállense! ¿Creen que esto se ha acabado?"
Su arrogancia era asombrosa. Pero entonces, dijo algo que me heló la sangre, a pesar del calor sofocante.
"Tontos. ¿Realmente pensaron que dependíamos de ese estúpido autobús?" Se giró para mirarme, una sonrisa torcida en sus labios. "Sofía, mi amor, no te preocupes. Tengo un plan B. Igual que la última vez."
Mi corazón se detuvo.
Igual que la última vez.
Esas palabras no estaban en el guion de mi vida pasada.
Me miró fijamente, y en sus ojos vi un reconocimiento, una chispa de conocimiento compartido que no debería estar allí.
"Yo también renací, Sofía," susurró, solo para que yo lo oyera. "Y esta vez, me aseguraré de que Isabela tenga todo lo que se merece. Y tú nos ayudarás a conseguirlo."
El shock me golpeó como una ola. Él también recordaba. Recordaba haberme matado. Y no sentía remordimiento, solo una determinación renovada para repetir su traición.
Se irguió, dirigiéndose al grupo desesperado. "¡Escuchen todos! Mi padre nos ha conseguido un coche. Nos llevará a la Ciudad de México. Conozco un atajo, llegaremos al aeropuerto incluso antes que ese autobús."
Una chispa de falsa esperanza se encendió en los ojos de los demás. Confiaban en él, en el poder de su padre.
Yo también confiaba. Confiaba en que los llevaría directamente a su propia ruina.
Mientras Mateo organizaba al grupo, fingiendo ser su salvador, me deslicé hacia una pequeña tienda de la esquina.
El interior olía a polvo y a dulces rancios. En la pared, un viejo teléfono público de monedas.
Busqué en mi bolso, mis manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de anticipación. Encontré unas monedas y marqué el número de la oficina de telegramas.
La voz de la operadora sonó distante.
"Telegrama urgente para el Señor Ramírez, Corporación Ramírez, Ciudad de México," dije, mi voz firme.
"Mensaje," dijo la operadora con aburrimiento.
"Isabela es un fraude. No es hija adoptiva de mi padre. El padre de Mateo falsificó documentos. Investiguen sus finanzas. Están en camino a su oficina para la conferencia de prensa. No los detengan. Dejen que hablen." Hice una pausa y añadí la última parte. "Atentamente, Sofía, la única hija de su amigo."
"Recibido. Se enviará de inmediato."
Colgué el teléfono. El clic del auricular al volver a su sitio sonó como el cerrojo de una celda cerrándose.
Cuando volví, el coche ya estaba allí, un sedán negro y brillante que parecía fuera de lugar en nuestro humilde pueblo. Mateo me abrió la puerta con una sonrisa posesiva.
"Sube, mi amor. Nuestro futuro nos espera."
Me senté en el asiento trasero, junto a una sonriente Isabela.
El coche arrancó, levantando polvo del camino.
No iba a detenerlos.
Iba a dejarlos subir a la cima más alta solo para disfrutar del estruendo de su caída.





