Gerardo pareció momentáneamente confundido por su pregunta.
"¿Qué quieres decir con por qué hoy?".
Comenzó a repetir su excusa anterior.
"Te dije que acaba de regresar...".
"Basta", lo interrumpió Adriana, su voz baja pero cortante. "Hoy es mi cumpleaños, Gerardo. Elegiste mi cumpleaños para hacerme esto".
Miró a Jimena, que ahora escondía el rostro entre las manos, con los hombros temblando por los sollozos. Pero Adriana vio el destello de triunfo en sus ojos antes de que apartara la mirada.
"Y ella lo sabe, ¿verdad? Está disfrutando de esto".
Adriana pensó en todos los años que había pasado moldeándose para ser la esposa perfecta de un Garza. Renunció a su personalidad apasionada, a su amor por la música a todo volumen, a su ropa informal. Aprendió sobre bellas artes, ópera y las complejidades del derecho corporativo, todo para estar a su lado, para ser un crédito para él. Había renunciado a sí misma.
¿Y para qué? Para que él desestimara su dolor, para que defendiera a la hija de un ama de llaves por encima de ella, en su propio cumpleaños. La injusticia de todo aquello era un peso físico en su pecho.
"Estás exagerando", dijo Gerardo, con la voz teñida de desdén.
Ese fue el empujón final. Adriana se soltó de su agarre con una fuerza que los sorprendió a ambos. Se dio la vuelta y caminó de regreso a su auto sin decir una palabra más.
La voz de Jimena la siguió, un susurro suave y herido.
"Gerardo, tal vez debería irme... He hecho tan infeliz a la señora Cárdenas".
Adriana sintió una oleada de náuseas. La actuación de la chica era impecable.
Subió a su camioneta y condujo, sin un destino en mente. Las luces de la ciudad se desdibujaban a través de sus lágrimas no derramadas. Recordó la propuesta de Gerardo, tan formal y correcta. Le había prometido una vida de respeto, de compañerismo. Una mentira. Cada palabra una mentira. Se arrepentía de su elección tan profundamente que le dolía respirar.
Su teléfono sonó, sobresaltándola. Era Alejandro Villarreal.
"Feliz cumpleaños, Adri", su voz alegre retumbó a través de los altavoces del auto. "Te extraño como loco. Di una palabra y vuelo para allá ahora mismo".
Adriana logró una sonrisa débil.
"Estás en Tokio, Álex. No seas ridículo".
"Por ti, cruzaría el océano a nado", dijo, y ella supo que lo decía en serio. Su devoción era un contraste agudo y doloroso con la frialdad que acababa de dejar atrás.
Después de una hora de conducir sin rumbo, finalmente se fue a casa. Era tarde, pasada la medianoche. Esperaba una casa oscura y silenciosa.
En cambio, la mansión estaba resplandeciente de luces. La música y las risas se derramaban sobre el césped bien cuidado.
Entró y se detuvo en seco. Su sala de estar estaba llena de gente. Era una fiesta. Una fiesta de cumpleaños sorpresa que nunca quiso.
Y en el centro de todo estaba Jimena, actuando como anfitriona. Saludaba a los invitados, dirigía al personal de catering, con una sonrisa radiante en el rostro.
Entonces Adriana lo vio. Jimena llevaba puesto el vestido Chanel vintage que Adriana había estado guardando para una ocasión especial. Su ocasión especial.
Adriana se sintió como una extraña en su propia casa.
Gerardo la vio y se apresuró a acercarse, con una sonrisa forzada en el rostro.
"¡Adriana! Has vuelto. Estábamos preocupados. Pensé que, como la noche empezó tan mal, una pequeña celebración podría...".
Los ojos de Adriana estaban fijos en Jimena.
"¿Qué está haciendo ella, Gerardo? ¿Organizando mi fiesta de cumpleaños?".
"Solo intentaba ayudar", dijo él, con la voz a la defensiva. "Organizó todo esto para compensarte".
"¿Y el vestido?", la voz de Adriana era de hielo. "¿También le diste permiso para usar mi ropa?".
"No seas tan mezquina, Adriana", espetó él. "Es solo un vestido".
Jimena los observaba desde el otro lado de la habitación, con una pequeña sonrisa triunfante en los labios. Algunos invitados, amigos de la familia, comenzaron a acercarse a ellos, sintiendo la tensión.
"¡Adriana, Gerardo, feliz cumpleaños!", dijo uno de ellos, tratando de calmar la situación.
Gerardo fue arrastrado a una conversación, dejando a Adriana sola.
Jimena aprovechó la oportunidad. Se deslizó hacia Adriana, su voz un susurro venenoso que solo ella podía oír.
"¿Ves? Este es mi lugar ahora".
Se inclinó más cerca.
"Recibiste lo que merecías. Nunca fuiste suficiente para él".
"Él y yo", ronroneó Jimena, "estamos destinados a estar juntos. Siempre lo hemos estado".
Adriana miró a la mujer más joven, a su rostro petulante y victorioso.
"¿Estás tratando de ser una robamaridos, Jimena?", preguntó, con la voz peligrosamente suave.
"Tenemos una historia de la que no sabes nada", se burló Jimena. Se inclinó, sus labios casi tocando la oreja de Adriana. "Me dijo que en la cama eres un pescado muerto".
Las palabras golpearon a Adriana con más fuerza que un golpe físico. En ese momento, todas las reglas, toda la disciplina, toda la compostura cuidadosamente construida se hicieron añicos.
Sin pensarlo dos veces, la mano de Adriana voló y se estrelló contra la mejilla de Jimena. El sonido de la bofetada resonó en la habitación repentinamente silenciosa.





