Seducción irresistible: casada por engaño, amada de verdad

Hannah estaba reclinada en el salón privado, bebiendo un cóctel colorido tras otro. Cada uno era dulce, pero engañosamente fuerte. Pronto, un rubor le encendió las mejillas y el alcohol le nubló la mirada.

Observó a los acompañantes que la rodeaban: todos jóvenes, atractivos y de cuerpos esculturales. Sin embargo, aun rodeada de tanta atención, una profunda tristeza la oprimía. Sentía ganas de llorar. Por más que bebía, sus pensamientos regresaban una y otra vez a su desgraciado marido.

Hannah levantó la muñeca, mostrando la pulsera de diamantes. "Quien logre hacerme sentir más feliz esta noche se la queda", anunció con voz suave y seductora. "Vale cien mil".

Era un regalo de Vincent, algo que había atesorado, pero ya no la quería, ni al hombre que se la había regalado.

Los acompañantes no tardaron en actuar. Uno comenzó a bailar pegado a su espalda, moviéndose al compás de la música. Otro se le acercó para susurrarle palabras seductoras al oído. Un tercero exhibía sus abdominales y pectorales, como si posara en un concurso de fisicoculturismo.

Entonces, uno de ellos, más atrevido que los demás, se inclinó y le susurró: "¿Sabes? Soy un experto con la lengua. ¿Quieres comprobarlo?".

A Hannah se le escapó una sonrisa lánguida. "¿Por qué no?". El chico era guapo: de ojos tiernos, como los de un cachorro, y de aspecto gentil. Nada que ver con Vincent, cuyos rasgos afilados y mirada fría siempre le daban un aire inaccesible. Ya había pasado demasiado tiempo con Vincent. Quizás era hora de un cambio.

Hannah se quitó la pulsera y se la entregó sin dudarlo. "Tómala. Ahora es tuya".

Cuando el joven se inclinó para besarla, ella correspondió a su avance con una sonrisa. Pero antes de que sus labios se rozaran, un brazo fuerte la apartó, atrayéndola hacia un pecho que reconoció al instante.

El aroma la envolvió de inmediato. Era un olor limpio, fresco… inconfundiblemente suyo. Ni siquiera necesitó mirar hacia arriba. Sabía quién era. "Suéltame", murmuró, con la voz pastosa por el alcohol y teñida de un orgullo terco. "Aún no he podido ni besarlo".

Vincent la sujetó con más fuerza, sin intención de soltarla. "Basta ya".

A su alrededor, los acompañantes se quedaron inmóviles, entre confundidos e irritados.

"¿Y tú quién diablos eres?", preguntó uno de ellos. "No puedes llegar así y llevarte a nuestra clienta".

El rostro de Vincent se ensombreció. "Lárguense", ordenó.

El tono de su voz no admitía réplica. Los acompañantes recogieron sus cosas a toda prisa y se marcharon sin decir una palabra.

Mientras aún sujetaba a Hannah, Vincent reparó en la pulsera, que ahora estaba en la mano de uno de los hombres que se iba.

"Espera", espetó Vincent. "Devuelve esa pulsera".

El hombre se detuvo, bajando la vista hacia la joya. "Pero ella me la dio".

Vincent lo fulminó con la mirada, incrédulo. Recordaba esa pulsera. Hannah la atesoraba como su posesión más preciada. Jamás la habría regalado estando sobria. Seguramente, ese sujeto se la había sonsacado, aprovechándose de su estado.

"Devuélvela", repitió Vincent, con voz baja y amenazante.

Sin más protestas, el hombre le entregó la pulsera.

Aún mareada, Hannah intentó alcanzar al chico. "No te vayas todavía", lo llamó con voz soñadora. "¿No decías que eras un experto con la lengua? Todavía no lo he comprobado…".

Hannah forcejeó en los brazos de Vincent, quejándose, hasta que él la besó con firmeza. En un instante, su resistencia se quebró.

Más tarde, de vuelta en casa, Vincent la apoyó con suavidad contra la puerta. Tenía el cabello revuelto y la mirada perdida. Un intenso rubor, producto del alcohol, le encendía las mejillas.

Silenciosamente, el hombre le colocó de nuevo la pulsera en la muñeca. "Póntela. De ahora en adelante, pasaré más tiempo en casa".

A ella se le escapó una risita. ¿Así que eso era lo que él pensaba? ¿Que estaba montando una escena porque no pasaba suficiente tiempo en casa?

Intentó apartarse, pero él la atrajo de nuevo hacia sí. Ella se tensó entre sus brazos, a punto de estallar.

Vincent se inclinó despacio, sus labios casi rozando los de ella. Fue entonces cuando percibió el aroma que él desprendía. El perfume de otra mujer. La furia le descompuso el rostro. Lo empujó y se limpió la boca con el dorso de la mano. "No me toques".

Una oleada de repulsión la invadió y corrió hacia el baño.

Vincent la siguió de cerca. Le sostuvo el cabello mientras ella se inclinaba sobre el lavamanos, con una mano apoyada con delicadeza en su espalda. "¿Te sientes tan mal?".

Ella no respondió.

En ese instante, el teléfono de él vibró. Hannah alcanzó a ver el nombre en la pantalla: Brinley.

Él se alejó para contestar. Un momento después, regresó, tomó su chaqueta y dijo: "Me llamaron del trabajo. Tengo que irme".

¿Trabajo? Hannah salió del baño y su mirada se posó en el reloj: las tres de la mañana. ¿Quién llamaba del trabajo a esas horas? Solo podía significar una cosa: iba a ver a su primer amor.

La lucidez la golpeó de pronto. "Espera. Tu madre necesita que firmes unos papeles". Rebuscó en un cajón, sacó unos documentos y se los entregó.

Vincent apenas les echó un vistazo antes de garabatear su firma. Luego, salió sin mirar atrás. De haber prestado más atención, habría notado que el último documento era un acuerdo de divorcio.

Brinley lo había llamado diciendo que sufría un dolor de estómago repentino. Vincent no tardó en llevarla al hospital, donde se quedó con ella hasta la mañana.

Cuando finalmente regresó a casa, Hannah todavía dormía profundamente, acurrucada y aún vestida con la ropa de la noche anterior. Él le puso la pijama, le preparó un vaso de agua con limón y lo dejó sobre la mesa del comedor antes de marcharse en silencio al trabajo.

Horas más tarde, Hannah despertó con un dolor de cabeza punzante y una sensación de agotamiento total. Vio que tenía un mensaje de Vincent en el teléfono: "¿Te sientes mejor?".

Decidió no responder. Al salir de su habitación, vio el vaso de agua con limón que la esperaba sobre la mesa del comedor. "Gracias, Aubrey", le dijo al ama de llaves.

Aubrey Palmer le sonrió. "Señora Jones, creo que lo preparó el señor Jones".

Hannah bajó la mirada. Vincent siempre había sido considerado, tanto durante el noviazgo como en el matrimonio. Sin embargo, ahora esa amabilidad le resultaba hueca. No era gentil con ella por amor, sino porque su rostro se parecía al de Brinley, la mujer a la que amaba de verdad.

Hannah tomó unos sorbos con cuidado. "Por favor, tira esto", le dijo a Aubrey.

Luego, tomó el acuerdo de divorcio firmado y llamó a Danica. "Puedes iniciar la transferencia de propiedades".

La voz de Danica denotaba un entusiasmo evidente. "¿Así que lo firmó?".

"Sí, lo hizo". Hannah hizo una pausa un momento. "Esperemos un mes antes de comunicar a la familia lo del divorcio. Yo me mudaré después".

La razón para esperar era sencilla: Sharon Jones, la abuela de Vincent, estaba a punto de cumplir setenta años. Conmovida por la constante bondad que Sharon siempre le había mostrado, Hannah no quería arruinarle la celebración con la noticia.

Cuando colgó, una noticia apareció en su teléfono: "Se rumora que Nova Tech está al borde de la bancarrota".

Nova Tech era la empresa que Hannah había fundado en la universidad. Había logrado hacerse un nombre a nivel nacional con su especialización en productos de seguridad para mujeres. Pero después de casarse, lo abandonó todo: su negocio, sus sueños, su futuro. Se había perdido por completo en el amor, permitiendo que Vincent se convirtiera en su único mundo.

A Hannah se le encogió el estómago al leer el titular. Después de meditarlo un momento, se vistió para ir a ver a su antiguo socio, Felix Wade.

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