Felix alzó la vista en cuanto Hannah entró a su oficina. Sus palabras, afiladas, destilaban sarcasmo. "¿Así que la dedicada ama de casa se dignó a aparecer para vernos caer?", soltó él. "Lo siento, pero tengo trabajo que hacer. No tengo tiempo para atenderte".
Felix tenía sobradas razones para guardarle resentimiento a Hannah. Cuando la empresa era un éxito rotundo y los pedidos llegaban más rápido de lo que podían procesar, ella se había marchado sin mirar atrás. Nadie logró convencerla de que se quedara. Y en los cinco años transcurridos desde entonces, no se había puesto en contacto con nadie de la compañía, ni una sola vez. Por eso, al verla ahora, no se molestó en suavizar sus palabras ni en ocultar lo que en verdad sentía.
"Lamento mi ausencia", dijo Hannah en voz baja y con la mirada gacha. "Solo vine a ver si hay algo en lo que pueda ayudar".
Felix soltó una risa fría y amarga. "Ah, ¿ya te cansaste de jugar a la perfecta ama de casa a puerta cerrada? ¿Creíste que podías aparecer por aquí y salvarnos ahora?".
Lanzó una carpeta al suelo y el golpe resonó con fuerza en la silenciosa oficina. Su mirada lo decía todo. "Es demasiado tarde. No necesitamos tu ayuda. La empresa está acabada. ¿Estás feliz ahora?".
Hannah respiró hondo para calmarse y respondió con un tono uniforme: "Felix, entiendo que estés molesto, pero ahora deberíamos concentrarnos en resolver la crisis de la empresa".
Él, con la voz cargada de ira, replicó: "Estamos al borde de la bancarrota. ¿Qué demonios puede hacer un ama de casa como tú para cambiar algo?". No se molestó en esperar una respuesta. Ya estaba recogiendo sus cosas, como si fuera a marcharse para siempre.
Ella apretó la mandíbula. Tras un instante en que un destello cruzó su mirada, habló. "Voy a divorciarme".
Felix se quedó helado, con una expresión de total incredulidad. "¿Qué acabas de decir?".
"Si todo sale como espero, obtendré una buena compensación", dijo ella, enfatizando cada palabra. "Así que…". Extendió la mano hacia él. "Entonces, ¿qué dices? ¿Quieres que levantemos juntos nuestro negocio de nuevo?".
...
Hannah salió de la empresa con una pila de documentos que Felix le había dado para que comprendiera la magnitud de la crisis.
Sin embargo, al llegar a casa y abrir la puerta de su habitación, se quedó paralizada. Allí, en su cama, estaba Brinley, acurrucada en los brazos de Vincent.
Un escalofrío recorrió a Hannah y la dejó entumecida. De pronto, se le escapó una risa, no por diversión, sino una nacida de un corazón destrozado y una furia contenida. ¿Acaso Vincent no podía controlarse? ¿Tenía que hacerlo en su propia casa? O quizá, simplemente, lo excitaba la idea de ser descubierto.
"¿En serio, Vincent? ¿Ahora traes a la otra a nuestra casa?", reclamó Hannah.
El hombre ayudó a Brinley a incorporarse con cuidado y luego caminó hacia su esposa. "¿Por qué no me avisaste que habías salido?".
Hannah esbozó una mueca de burla. "¿Para qué? No es que mi horario te haya impedido alguna vez traer a casa a tu amante".
El tono de Vincent se tornó grave. "Brinley y yo nos conocemos desde niños. Es como de mi familia. Eso es todo. No hay nada entre nosotros".
Hannah no pudo evitar rodar los ojos. "¿De verdad? ¿Entonces ahora te acuestas con tu familia?".
La tensión endureció el rostro de Vincent. Abrió la boca para responder, pero Brinley se le adelantó.
Le tendió la mano a Hannah. "Hola, soy Brinley. Es un placer conocerte al fin. La gente siempre me decía que nos parecemos mucho". Luego miró al hombre. "Por favor, no lo malinterpretes. Vincent solo me estaba ayudando…".
Hannah mantuvo los brazos pegados a los costados. No tenía la menor intención de corresponder al saludo de Brinley. Sus palabras adquirieron un filo cortante. "¿Malinterpretar qué? ¿Que sedujiste a mi esposo?".
Brinley apretó los labios y le dirigió una mirada dolida a Vincent.
Él espetó con la voz dura y fría: "Hannah, ya te expliqué la situación. Deja de hacer un escándalo por nada".
"¿Por nada? ¿No es ella tu primer amor?". Un torbellino de emociones se reflejó en el rostro de Hannah. Su voz se convirtió en un susurro cuando finalmente liberó la pregunta que la había atormentado desde que presenció la escena del otro día. "Vincent, ¿te casaste conmigo solo porque me parezco a ella?". Alzó un brazo y señaló a Brinley, sin apartar la mirada de Vincent.
Él desvió la mirada. Ninguna respuesta salió de sus labios.
Ese silencio dolió más que cualquier palabra que pudiera haber dicho. Hannah sintió que algo se rompía dentro de ella. En el fondo, ya sabía la respuesta, pero confirmar la verdad en su silencio fue como si una cuchilla la partiera en dos. "Ya entiendo", dijo con una risa amarga. "Mejor divorciémonos. No tiene sentido seguir alargando esto".
Vincent frunció el ceño. "¿De verdad? ¿Amenazas con el divorcio por esta tontería? ¿Cuándo vas a madurar un poco?". Su expresión se volvió gélida. "Está bien. Como no te agrada Brinley, no la traeré más a casa. ¿Contenta?".
Hannah no se molestó en responder. Ya lo había engañado para que firmara el acuerdo de divorcio. Estaba decidida a alejarse de ese suplicio de matrimonio, y discutir con él le parecía inútil.
El tono de Vincent dejaba claro que la conversación había terminado. "Todo este alboroto se acaba aquí. No quiero volver a oír la palabra divorcio".
Dicho esto, acompañó a Brinley hasta la puerta.
Hannah no perdió el tiempo y le pidió al ama de llaves que le preparara una habitación de invitados. No pensaba volver a dormir en la cama contaminada por su amorcito.
Recordó los tres años de noviazgo con Vincent y los cinco que llevaban de casados. Sus sentimientos por él habían comenzado simplemente por su atractivo físico.
En ese entonces, él acababa de salir de una decepción amorosa. Atraída por su apariencia, ella se le había pegado prácticamente todos los días para dejarle claros sus sentimientos. A cualquiera que quisiera escucharla, le decía con certeza: "Voy a lograr que Vincent Jones se enamore de mí".
Su estrategia había sido sencilla: llevarle flores a diario, aparecer con bocadillos y preguntarle, una y otra vez: "¿Ya te enamoraste de mí?".
En aquella época, había sido atrevida. Declaraba su amor por él frente a todos, sin importarle las miradas. La mayoría de las veces, sin embargo, Vincent actuaba como si ella no existiera.
Más tarde, un momento a solas en el depósito de material deportivo de la universidad finalmente le dio la oportunidad que buscaba. Lo acorraló contra la pared, le dedicó una sonrisa traviesa y lo provocó: "Si no aceptas ser mi novio, te voy a besar ahora mismo".
Ese día, él no dijo ni sí ni no. En cambio, simplemente la atrajo a sus brazos. Ahora, al recordarlo, se daba cuenta de que no debió interpretar su silencio como un consentimiento.
La razón por la que su matrimonio se desmoronaba era dolorosamente simple: el amor de Vincent por ella nunca fue lo suficientemente fuerte para sostener la relación. Y ella lo había apostado todo por él, amándolo con todo su ser, pero lo que recibía a cambio nunca estuvo a la altura, dejándola sumida en la frustración. Con el tiempo, la decepción la fue consumiendo hasta que su corazón quedó adormecido. La presencia de su primer amor simplemente fue la gota que derramó el vaso y la quebró por completo.
De camino a casa de Brinley, el rostro de Vincent permaneció sombrío. La chica extendió la mano y rozó su brazo con los dedos. "Vincent, yo…".
Él se zafó de su mano y le adirtió: "Brinley, asegúrate de que lo de hoy no se repita".





