Secuestro de Amor Inesperado

El plan era sencillo, o al menos eso parecía en mi cabeza.

Secuestrarla, pedir el rescate, pagar el tratamiento de Lupita y desaparecer.

Pero ahora, mirando a la chica atada en la única silla de mi cabaña ruinosa, me di cuenta de que nada era sencillo.

Especialmente con ella.

Se llamaba Sofía del Castillo, la única hija del rey del tequila, Don Ricardo del Castillo. Lo sabía porque pasé semanas estudiándola, observando su rutina desde lejos.

Lo que no sabía, lo que ningún periódico o revista de chismes mencionaba, era que la chica estaba loca.

No loca de una manera linda y peculiar.

Loca de verdad.

Llevábamos aquí seis horas y ya había intentado suicidarse tres veces.

La primera vez, trató de morderse la lengua hasta desangrarse. Tuve que meterle un trapo en la boca, y ella me miró con unos ojos que no eran de miedo, sino de profundo enojo, como si le hubiera arruinado su fiesta de cumpleaños.

La segunda vez, intentó golpearse la cabeza contra la pared de madera. Corrí y la detuve, mi rodilla mala gritando de dolor. Ella se desplomó en mis brazos, no como una víctima, sino como una actriz al final de una obra dramática.

La tercera vez fue la más extraña. Trató de comerse las cuerdas que le ataban las muñecas, como si quisiera morir ahogada con un trozo de soga barata.

"¿Qué diablos te pasa?", le grité, mi voz sonando más desesperada que amenazante.

Ella me miró, con los labios hinchados y un trozo de fibra de cuerda pegado en la mejilla.

"Intento facilitarte el trabajo", dijo con una calma espeluznante. "Si me muero, no tienes que preocuparte por alimentarme".

Mi nombre es Miguel Ramírez, pero en mis buenos tiempos, en el ring, la gente me gritaba "¡El Lobo! ¡El Lobo!". Era fuerte, era rápido. Ahora solo era un hombre corpulksento con una rodilla que sonaba como una matraca vieja y una deuda que me ahogaba.

Necesitaba trescientos cincuenta mil pesos.

No para mí. Yo podía vivir comiendo frijoles el resto de mi vida.

Eran para mi hermana, Lupita.

Ella era todo lo que me quedaba en el mundo, y una enfermedad se la estaba comiendo por dentro, poco a poco. Los doctores dijeron que había un tratamiento nuevo, uno caro. Trescientos cincuenta mil pesos. Una cifra que se repetía en mis sueños y en mis pesadillas.

Así que aquí estaba, en una cabaña olvidada en la sierra, convertido en un secuestrador de primera, con una víctima que parecía tener más ganas de morir que yo de conseguir el dinero.

La miré de nuevo. Estaba callada, con la vista perdida en una telaraña en el techo. A pesar de la situación, era increíblemente hermosa. Tenía el pelo largo y negro como la noche, la piel blanca y unos ojos enormes y oscuros que parecían contener todos los secretos del mundo. Parecía una de esas muñecas de porcelana que mi mamá coleccionaba, frágil y costosa.

"Oye", le dije, tratando de sonar rudo, como un verdadero secuestrador. "¿Quieres agua o algo?".

Ella giró la cabeza lentamente y me miró. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

"¿Podrías matarme, por favor?", preguntó con la misma naturalidad con la que alguien pide la hora.

Me quedé helado.

"No voy a matarte", respondí, mi voz un gruñido.

"¿Por qué no? Sería un favor para ambos".

"Porque necesito el dinero", espeté, más para convencerme a mí mismo que a ella.

"Oh", dijo ella, como si acabara de entender una broma complicada. Luego se inclinó hacia adelante tanto como las cuerdas se lo permitían. "Entonces, si quieres el dinero, tendrás que mantenerme viva. Y eso, mi querido secuestrador, te va a costar extra".

Me acerqué a ella, el corazón latiéndome con fuerza. Me agaché hasta que nuestros rostros quedaron a centímetros de distancia. Olía a un perfume caro, a flores y a problemas.

"No juegues conmigo, niña rica".

Ella no parpadeó.

"No estoy jugando", susurró. "Estoy negociando".

En ese momento, supe que secuestrar a Sofía del Castillo había sido el peor error de mi vida. O tal vez, el mejor.

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