La noche fue larga.
Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Lupita en la cama del hospital llenaba mi mente. Pálida, delgada, pero siempre con una sonrisa valiente.
"Todo va a estar bien, hermano", me decía, aunque ambos sabíamos que era una mentira.
Abría los ojos y veía a Sofía. A veces estaba en silencio, inmóvil como una estatua. Otras veces, empezaba a tararear una canción triste, una melodía que se me metía bajo la piel y me hacía sentir un escalofrío.
Me sentía culpable. Por asustarla, por tenerla aquí. Aunque, para ser honesto, ella no parecía muy asustada. Parecía… aburrida.
"Oye", le dije en medio de la noche, cuando el silencio se hizo demasiado pesado. Ella levantó la vista.
"¿Sabes? No te voy a hacer daño", dije, mi voz sonando extrañamente suave en la pequeña cabaña. "Solo quiero el dinero. En cuanto tu papá pague, te dejaré ir. Lo juro".
Ella me estudió por un momento, inclinando la cabeza.
"¿Cuánto pediste?".
"Trescientos cincuenta mil pesos", respondí, sintiéndome casi avergonzado. Para su mundo, esa cantidad probablemente era lo que su padre gastaba en una caja de puros.
Sofía soltó una risa. No una risa de miedo o de burla. Una risa genuina, como si le hubiera contado el chiste más gracioso del mundo.
"¿Trescientos cincuenta mil?", repitió, incrédula. "¡Por mí! ¿Estás bromeando?".
Me quedé mirándola, confundido.
"¿Qué tiene de malo?".
"¡Todo!", exclamó ella, con un dramatismo que me recordó a las telenovelas que veía mi vecina. "¡Es una miseria! ¿Sabes lo que va a pensar mi padre cuando vea esa cantidad? ¡Va a pensar que me secuestró un amateur, un principiante!".
"¡Soy un principiante!", le grité, frustrado. "¡Nunca he hecho esto antes!".
"¡Ya me di cuenta!", respondió ella. "¡Es insultante! Mi vida vale más que un auto de gama media. ¡Deberías haber pedido un millón! ¡Como mínimo!".
Me pasé las manos por el pelo, completamente desconcertado. Esta mujer estaba negociando su propio rescate.
"Mira", dijo ella, de repente seria. "Mi padre es un hombre de negocios. Piensa en números, en prestigio. Si pides una cantidad tan baja, no te tomará en serio. Pensará que es una broma, o peor, que no valgo la pena el esfuerzo".
Su voz se quebró un poco al final. Por un segundo, vi algo más allá de la locura y el drama. Vi a una chica triste.
"Dame papel y pluma", ordenó.
Dudé un momento, pero se lo di. Ella, con las manos todavía atadas, empezó a darme instrucciones.
"Okay, escucha con atención, novato", dijo, adoptando un tono de jefa. "La carta de rescate tiene que ser intimidante. Tienes que sonar como si no tuvieras nada que perder".
Me senté frente a ella como un niño en la escuela, mientras mi rehén me enseñaba a ser un mejor secuestrador.
"Escribe esto", comenzó. "'Don Ricardo, tenemos a su preciada hija. Es más ruidosa de lo que parece, pero sigue viva. Por ahora'". Hizo una pausa dramática. "Eso es bueno, crea suspenso".
Seguí escribiendo, mi mano temblando un poco.
"'Queremos un millón de pesos. No negociables. Si intenta contactar a la policía, le enviaremos uno de sus lindos deditos en una caja de regalo'".
Me detuve. "¿Un dedo?".
"¡Claro! ¡Es un clásico!", dijo ella, emocionada. "¡Demuestra que vas en serio! Y no te preocupes, puedes usar uno de los míos. Tengo diez, después de todo".
Terminamos de escribir la carta. Era la cosa más aterradora que había leído en mi vida, y la había co-escrito con la víctima. Sofía parecía orgullosa.
"Mucho mejor", dijo, asintiendo con la cabeza. "Ahora sí pareces un criminal de verdad".
Esa noche, cuando finalmente el sueño me venció, no soñé con Lupita.
Soñé con un millón de pesos.
Y con los ojos oscuros y locos de Sofía del Castillo.
De repente, me desperté de un salto, con el corazón en la garganta y sudando frío.
Había tenido una pesadilla. En el sueño, estaba en el banco, feliz, con la maleta llena de dinero. Pero cuando el cajero revisaba la cuenta, negaba con la cabeza. "Número incorrecto", decía. El dinero desaparecía.
¡El número de cuenta!
Me levanté de un brinco. Habíamos escrito la carta, pero olvidamos lo más importante. La prisa, el pánico…
"¡Sofía!", grité, sacudiéndola para que despertara. "¡Despierta! ¡El número de cuenta!".
Ella abrió los ojos, confundida y soñolienta.
"¿Qué número de cuenta?", murmuró.
"¡El de la carta de rescate, tarada! ¡Lo olvidamos!".
Ella me miró, parpadeó un par de veces y luego esbozó una pequeña sonrisa.
"Vaya, Lobo", dijo, usando el apodo que le había contado. "Realmente eres malo en esto".





