Se Embaraza de su Tío Millonario

Los días siguientes al regreso de Sofía fueron una constante lucha interna para ella y Alejandro. La conexión que había surgido entre ellos en el aeropuerto parecía haberse intensificado, llenando el ambiente de una tensión palpable cada vez que se encontraban.

Sofía se esforzaba por mantener la compostura, evitando mirar demasiado tiempo a los ojos de Alejandro, temerosa de que él pudiera leer en su mirada los pensamientos que la atormentaban. Por su parte, Alejandro se debatía entre la culpa y el deseo, intentando convencerse de que sus sentimientos hacia su sobrina eran inapropiados e imposibles de llevar a cabo.

Cuando Alejandro invitaba a Sofía a cenar o a pasar el rato juntos, ella aceptaba con finga naturalidad, pero por dentro, su corazón latía con una mezcla de emoción y ansiedad. Durante esos momentos, ambos intercambiaban miradas furtivas, rozaban las manos accidentalmente y se deleitaban en la cercanía del otro, sabiendo que cruzar esa línea invisible sería un pecado imperdonable.

Una tarde, mientras Alejandro y Sofía paseaban por el parque, la tensión entre ellos alcanzó un punto álgido. Caminaban en silencio, disfrutando de la brisa suave y del perfume de las flores, cuando sus miradas se encontraron y ya no pudieron apartar los ojos.

—Sofía —susurró Alejandro, su voz ronca cargada de emoción—, no puedo dejar de pensar en ti. Desde que regresaste, todo ha sido diferente.

Sofía tragó saliva, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.

—Tío, yo también... —titubeó, mordiéndose el labio inferior— también siento algo que no debería.

Alejandro dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos.

—Sofía, ¿te das cuenta de lo que estás pasando? Esto está mal, es algo que no podemos permitir —dijo, su mirada llena de conflicto interno.

—Lo sé, tío —respondió Sofía con un suspiro—. Pero no puedo evitar sentir lo que siento. Desde que te vi en el aeropuerto, algo cambió dentro de mí.

Alejandro cerró los ojos por un momento, tratando de aclarar sus pensamientos.

—Sofía, eres mi sobrina. Yo soy mucho mayor que tú y estoy comprometido con Valeria —murmuró, su voz llena de pesar—. Esto está mal, no podemos estar juntos de esa manera.

Sofía sintió que las lágrimas le picaban en los ojos, pero se esforzó por mantenerlas a raya.

—Yo también lo sé, tío —dijo en voz baja—. Sé que lo nuestro es imposible, pero no puedo evitar sentir esto por ti.

Alejandro la miró con una mezcla de ternura y desesperación.

—Sofía, eres una mujer maravillosa y no puedo negar que siento una atracción por ti —admitió, su voz cargada de emoción—. Pero mi deber es casarme con Valeria y ser un hombre de bien.

Sofía avanzaba lentamente, sintiendo que su corazón se rompía en mil pedazos.

—Entonces, ¿qué haremos, tío? —preguntó, con un hilo de voz.

Alejandro la tomó suavemente de los hombros, mirándola con intensidad.

—Lo mejor será que mantengamos las distancias —dijo con firmeza—. Yo me casaré con Valeria como está planeado, y tú deberías intentar conocer a otros hombres, Sofía. Esto entre nosotros no puede ser.

Sofía sintió que las lágrimas se deslizaban por sus mejillas, pero se acercó con resignación.

—Tienes razón, tío —murmuró—. Esto está mal y no podemos permitirnos seguir con esto.

Alejandro la atrajo suavemente hacia él y la abrazó con fuerza, aspirando el suave perfume de su cabello. Sofía se aferró a él, disfrutando de la calidez de su cuerpo y sabiendo que sería la última vez que podría estar así.

Lentamente, se separaron, impidiendo mirarse a los ojos. Alejandro le dedicó una última mirada cargada de pesar y se dio la vuelta, alejándose por el sendero del parque, dejando a Sofía sola con su corazón destrozado.

Durante los siguientes días, Alejandro y Sofía mantuvieron una distancia prudente, evitando estar a solas y limitándose a los saludos cordiales cuando se encontraban. Sin embargo, la tensión entre ellos era palpable, y ambos luchaban por ocultar los sentimientos que los atormentaban.

Alejandro, por su parte, se sumergió en los preparativos de su boda con Valeria, tratando de mantener su mente ocupada y alejada de los pensamientos sobre Sofía. Pero en las noches, cuando estaba solo, no podía evitar recordar la calidez de su abrazo y la belleza de su rostro.

Valeria, ajena a los conflictos internos de su prometido, estaba emocionada con la inminente boda. Alejandro se esforzaba por mostrar interés y entusiasmo, pero a veces no podía evitar que su mirada se desviara hacia la puerta, esperando que Sofía apareciera.

Por su parte, Sofía se sumergía en el trabajo, tratando de mantener su mente ocupada y alejada de los recuerdos de Alejandro. Sin embargo, en la soledad de su habitación, las lágrimas brotaban sin control, y su corazón se llenaba de una profunda tristeza.

Una noche, Alejandro se encontraba sentado en su estudio, revisando algunos documentos relacionados con la boda, cuando la puerta se abrió lentamente. Levantó la vista y se encontró con la figura de Sofía, que lo miraba con ojos vidriosos.

—Tío, ¿podemos hablar? —murmuró ella, con voz temblorosa.

Alejandro sintió que su corazón se aceleraba al verla. Asintió en silencio, invitándola a acercarse.

Sofía se sentó frente a él, sin atreverse a mirarlo directamente.

—Tío, yo... —comenzó, luchando por encontrar las palabras—. No puedo dejar de pensar en ti. Sé que esto está mal, que no podemos estar juntos, pero...

Alejandro la interrumpió, alzando una mano.

—Sofía, por favor, no sigas —dijo, con voz grave—. Yo también he estado luchando contra estos sentimientos. Pero sabes que no podemos permitirnos nada más que una relación de tío y sobrina.

Sofía acercandose, las lágrimas deslizándose por sus mejillas.

—Lo sé, tío. Sé que lo nuestro es imposible —susurró—. Pero no puedo dejar de amarte.

Alejandro sintió que su resolución flaqueaba ante esas palabras. Se levantó de su silla y se acercó a Sofía, arrodillándose junto a ella.

—Sofía, mi dulce Sofía —murmuró, acariciando suavemente su rostro—. Yo también te amo, más de lo que debería. Pero no podemos estar juntos, por más que lo deseemos.

Sofía lo miró con ojos suplicantes.

—Entonces ¿qué haremos, tío? ¿Acaso tendremos que vivir con este dolor para siempre?

Alejandro la envolvió en un abrazo, sintiendo que su corazón se partía en dos.

—No lo sé, mi niña —susurró—. Pero te prometo que haré todo lo posible por protegerte y mantenerte a salvo, incluso si eso significa sacrificar nuestros sentimientos.

Sofía se aferró a él, sollozando en silencio. Ambos sabían que su amor era una batalla perdida, pero aún así, no podía evitar sentir que sus corazones latían al unísono, condenados a una tragedia que parecía inevitable.

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