Se Embaraza de su Tío Millonario

Las semanas siguientes pasaron como un borrón para Sofía y Alejandro. Aunque se esforzaban por mantener una distancia prudente y evitar estar a solas, la tensión entre ellos era palpable, como una carga invisible que los acompañaba a cada paso.

Alejandro se sumergió por completo en los preparativos de su boda con Valeria, tratando de mantener su mente ocupada y alejada de los pensamientos que lo atormentaban sobre Sofía. Valeria, por su parte, estaba emocionada y radiante, ajena a los conflictos internos de su prometido.

Un día, Valeria llamó a Alejandro a su apartamento, con una sonrisa que le iluminaba el rostro.

—¡Alejandro, tengo que darte una noticia maravillosa! —exclamó, tomando sus manos con entusiasmo.

Alejandro la miró con atención, intrigado por su repentina alegría.

— ¿Qué sucede, Valeria? —preguntó, tratando de ocultar el leve tono de preocupación en su voz.

Valeria lo miró con ojos brillantes y una sonrisa resplandeciente.

—¡Estoy embarazada, Alejandro! —soltó de golpe, sin poder contener la emoción—. ¡Vamos a ser padres!

Alejandro sintió que el mundo a su alrededor se detenía. Sus ojos se abrieron de par en par, y la sorpresa se reflejó en su rostro. Valeria, emocionada, lo abrazó con fuerza, riendo y tarareando una melodía de alegría.

Pero Alejandro no podía corresponder a su entusiasmo. En su mente, todo se había vuelto un torbellino de emociones encontradas. Sabía que este embarazo significaba un giro definitivo en su vida, una responsabilidad que lo ataba más a Valeria y que lo alejaba irremediablemente de Sofía.

Cuando Valeria se separó y lo miró con expectación, Alejandro trató de esbozar una sonrisa, aunque le resultó difícil.

—Esto es... realmente una gran noticia, Valeria —dijo, con voz ligeramente temblorosa—. Estoy... estoy muy feliz por ti.

Valeria lo abrazó de nuevo, sus ojos brillando de emoción.

—¡Oh, Alejandro, no sabes lo feliz que me hace! Seremos una familia, ¿no es maravilloso? —exclamó, sin percibir el conflicto interno que atormentaba a su prometido.

Alejandro avanza lentamente, tratando de convencerse a sí mismo de que este era un paso natural en su vida. Pero en el fondo, su corazón latía con la culpa y el dolor de saber que su amor por Sofía era un imposible.

Esa noche, Alejandro yacía despierto en su cama, mirando al techo, incapaz de conciliar el sueño. La noticia del embarazo de Valeria lo había golpeado con fuerza, y no podía dejar de pensar en las implicaciones que esto tendría.

Por un lado, sabía que tenía la obligación moral de casarse con Valeria y brindarle su apoyo. Ella era su prometida y ahora, la madre de su hijo. Pero por otro lado, su corazón seguía latiendo por Sofía, la sobrina a la que amaba de una manera que iba más allá de lo apropiado.

Alejandro se cubrió el rostro con las manos, soltando un suspiro de frustración. ¿Cómo podría ser un buen esposo y padre, cuando su alma le pertenece a otra mujer? ¿Cómo podría Sofía aceptar que él se casara con Valeria y formara una familia con ella?

En medio de su tormento, Alejandro se incorporó bruscamente. Tenía que hablar con Sofía, tenía que ser sincero con ella. No podía aceptar el embarazo de Valeria sin antes confesar sus sentimientos por su sobrina.

Salió de su habitación y se dirigió a la puerta de Sofía, golpeando suavemente. Después de unos instantes, la joven abrió, sorprendida por su presencia a esas horas.

—Tío, ¿qué sucede? —preguntó Sofía, con ojos preocupados.

Alejandro la miró con intensidad, tomando sus manos entre las suyas.

—Sofía, tengo que hablar contigo. Es urgente —dijo, con voz grave.

Sofía lo miró con cautela, consciente de la tensión que había surgido entre ellos.

—Claro, tío. Pasa —respondió, haciéndose a un lado para dejarlo entrar.

Alejandro entró en la habitación y comenzó a caminar de un lado a otro, visiblemente nervioso. Sofía lo observaba en silencio, esperando a que él hablara.

—Sofía, Valeria... Valeria está embarazada —soltó Alejandro, sin rodeos.

Sofía sintió que el mundo a su alrededor se derrumbaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su corazón se estrujó dolorosamente. Alejandro, al ver su reacción, se acercó a ella y la tomó de los hombros.

—Sofía, yo... no sé qué hacer —murmuró Alejandro, con voz temblorosa—. Siento que estoy traicionando mis verdaderos sentimientos.

Sofía levantó la mirada, enfrentándose a esos ojos que tanto amaba.

—Entonces, ¿qué harás, tío? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Te casarás con Valeria y formarás una familia con ella?

Alejandro la miró con pesar, sintiendo que su corazón se partía en pedazos.

—No lo sé, Sofía. Sé que debo hacerlo, es lo correcto, pero... —titubeó, sin poder terminar la frase.

Sofía soltó un sollozo ahogado y se apartó de él, dándole la espalda.

—Entonces, lo ha decidido —murmuró, con amargura—. Te casarás con Valeria y dejarás que nuestro amor se consuma en la oscuridad.

Alejandro la abrazó por detrás, sintiendo cómo el cuerpo de Sofía temblaba.

—Sofía, mi amor, perdóname —susurró, con la voz quebrada—. Pero no puedo hacer otra cosa. Debo cumplir con mi responsabilidad.

Sofía se giró lentamente, enfrentándose a Alejandro con los ojos llenos de lágrimas.

— ¿Y qué hay de mí, tío? ¿Acaso no soy tan importante como esa responsabilidad? —reclamó, con voz dolida.

Alejandro la miró con impotencia, sintiendo que su alma se desgarraba.

—Sofía, tú eres lo más importante para mí —musitó, acariciando suavemente su rostro—. Pero no puedo poner nuestro amor por encima de mi obligación. Valeria está embarazada y debo casarme con ella.

Sofía se alejó de él, negando con la cabeza.

—Entonces, ¿eso significa que nuestro amor no vale nada? —preguntó, con amargura—. ¿Acaso no eres capaz de luchar por lo que sientes?

Alejandro la miró con pesar, sintiendo que las lágrimas amenazaban con desbordarse.

—Sofía, mi niña, no puedo hacer esto. No puedo dejarlo todo atrás y huir contigo —dijo, en voz baja—. Sería un acto egoísta y traicionaría todos mis principios.

Sofía se cubrió el rostro con las manos, sollozando amargamente. Alejandro se acercó a ella y la envolvió en un abrazo, sintiendo cómo su propio corazón se desgarraba.

—Perdóname, Sofía —susurró, con la voz Rota—. Pero debo hacer lo que creo que es lo correcto, aunque eso signifique renunciar a nuestro amor.

Sofía se aferró a él, sintiendo que su mundo se desmoronaba. En ese momento, supo que su tío había tomado una decisión, y que nada ni nadie podría hacerlo cambiar de opinión.

La mentira de Valeria sobre su embarazo había terminado por sellar el destino de Alejandro y Sofía, condenándolos a un amor prohibido que tendría que marcharse en las sombras.

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