La música retumbaba en la lujosa hacienda de los Castillo, pero el verdadero espectáculo no estaba en la pista de baile.
Estaba en el salón privado, donde Máximo Castillo, el hijo del presidente, y su círculo de amigos ricos jugaban a su juego favorito.
Un mapa enorme del país colgaba en la pared, cubierto con fotos de las jóvenes más deseadas de la élite.
Máximo sostenía un dardo, su sonrisa era a la vez encantadora y cruel.
"Las reglas son simples", anunció a la sala llena de risas. "A quien le atine, le pido matrimonio esta misma noche. Una alianza es una alianza, ¿no?"
Todos sabían que era una farsa, un juego de poder.
Y todos sabían que la foto en el centro, rodeada por un círculo rojo dibujado con marcador, era la mía. Lina Garcia.
Mi corazón latía con fuerza. A pesar de todo, una parte de mí, la niña que había amado a Máximo desde la infancia, quería creer que esto era real.
Vi cómo todos lanzaban sus dardos, y como si estuviera planeado, cada uno aterrizaba sospechosamente cerca de mi foto, pero nunca en ella.
Finalmente, fue el turno de Máximo.
Lanzó el dardo sin siquiera mirar, y se clavó justo en mi frente.
La sala estalló en aplausos y vítores.
Máximo se acercó a mí, se arrodilló y me ofreció un anillo deslumbrante.
"Lina, cásate conmigo".
Creí en su mirada, en sus palabras.
"Sí", susurré, con la voz quebrada por la emoción.
La noche de la fiesta de compromiso fue mi descenso al infierno.
Frente a toda la élite del país, Máximo levantó su copa.
"Un brindis", dijo, su voz resonando en el silencio. "Por la verdadera novia de esta noche".
No me miró a mí.
Miró a mi prima, Sasha Salazar, que estaba a su lado, sonriendo con malicia.
"Sasha y yo nos casaremos. Y Lina", añadió, girándose hacia mí con desprecio, "tendrá el honor de ser la asistente personal de mi futura esposa".
La risa de los invitados me golpeó como una ola.
Me quedé paralizada, el vestido de compromiso de repente se sentía como un disfraz de payaso.
Más tarde, cuando intenté irme, el círculo de amigos de Máximo me rodeó.
"¿A dónde crees que vas, asistente?"
Me arrastraron fuera, sus manos me agarraban con fuerza.
Me empujaron dentro de un viejo silo de café, oscuro y maloliente.
La pesada puerta de metal se cerró con un estruendo final.
Escuché la risa de Sasha desde el otro lado.
"Esto es por todos los años que me hiciste sentir inferior, primita. Disfruta tu nueva casa".
Grité hasta que mi garganta quedó en carne viva. Golpeé la puerta hasta que mis nudillos sangraron.
Pero nadie vino.
El hambre, la sed, la desesperación. Morí allí, sola en la oscuridad.
...
Abrí los ojos de golpe.
La música. La misma música.
Estaba de vuelta en el salón privado de los Castillo.
Máximo sostenía el dardo. El mapa estaba en la pared. Mi foto en el centro.
Renací.
Volví al momento justo antes de que mi infierno comenzara.
Mi corazón ya no latía con amor, sino con un hielo calculado.
El juego se repitió exactamente igual. Los dardos fallidos, la risa falsa.
Y luego, el dardo de Máximo, clavándose en mi foto.
Se arrodilló frente a mí, con el mismo anillo, la misma sonrisa falsa.
"Lina, cásate conmigo".
Esta vez, no hubo lágrimas de felicidad.
Mantuve mi rostro sereno, una máscara de inocencia.
"Sí, Máximo. Acepto".
Pero cuando él intentó ponerme el anillo, retiré mi mano.
"Con una condición".
La sonrisa de Máximo vaciló. Sasha, detrás de él, frunció el ceño.
"Una unión entre dos familias tan importantes como la nuestra", dije con voz clara y firme, "debe ser comunicada en persona. Quiero que me lleves a conocer a tu padre. Quiero que el presidente nos dé su bendición".
"Eso es imposible", espetó Sasha. "El presidente está muy ocupado".
Máximo me miró, su expresión se endureció. "Mi padre no se molesta con estas cosas, Lina. Un anuncio público es suficiente".
Sonreí dulcemente.
"Entonces retiro mi aceptación. Qué pena, ¿no? El gran Máximo Castillo, rechazado públicamente. Imagina los titulares".
La cara de Máximo se contrajo de ira. Ser humillado era su mayor temor.
Él y Sasha intercambiaron una mirada rápida. Pude ver los engranajes girando en sus cabezas. Probablemente pensaron que podían controlarme, que esto era solo un capricho.
"Está bien", dijo Máximo entre dientes. "Iremos a la residencia presidencial mañana. Pero no esperes nada".
"Oh, no te preocupes", le aseguré, dejando que me pusiera el anillo. "No lo haré".
Mientras salíamos del salón, me las arreglé para quedarme un poco atrás.
Escuché la voz susurrante y venenosa de Sasha.
"No te preocupes, amor. La dejaremos disfrutar su pequeño momento. Mañana, después de que tu padre la ignore, la humillación será aún más dulce. Y luego, nos desharemos de ella. Para siempre".
La confirmación de su plan asesino no me causó dolor.
Solo una fría y absoluta determinación.
Esta vez, la que moriría no sería yo.





